Desde la carretera llegamos por un camino de terracería flanqueado de árboles florecidos de amarillo y rosado. El pueblito se nos apareció como anfibio entre mar y tierra, con jardines que se prolongan en las calles de arena. Por fin llegamos a la extensión abierta de la playa. Del mar brotaban los espectaculares Morros de Potosí, islas muy apreciadas para la práctica de buceo. Junto desagua un río, dando nacimiento a una laguna costera llena de aves y de animales, y a la barra. En la intersección vimos unas casitas precarias construidas sobre pilotes de madera. Por supuesto, todos sus habitantes son pescadores.
Teníamos las direcciones para llegar a una posada que nos recomendaron, Casa Frida. Caminando sobre Playa Blanca, llegamos a una puerta de madera flanqueada de palmas, pintada en colores brillantes. Nos abrió Anabella Martínez, dueña y mentora de Casa Frida.
Cuando traspasamos el portal de la casa, lo primero que nos sorprendió fue el caleidoscopio de espacios y colores. La abundancia de plantas, flores, frutas y sol, y la decoración vibrante y original, que logró hacernos sentir dentro del mundo pictórico de Frida, en donde todas las formas y objetos de su cotidianidad hogareña reencarnaban en de sus pinturas con una existencia sublimada, con objetos vivos y palpitantes.
En medio del patio hay una alberca; junto a ella, molinos multicolores de juguete giran con el viento. Y más acá, un gran comal de barro color arena de factura exquisita, en donde a veces se prepara pescado horneado para los huéspedes.
Nos sentamos a conversar y Anabella nos contó que era actriz de teatro y su esposo, de origen francés, es un especialista en cultura mexicana. “Ahora Frida Kahlo está de moda, en todo el mundo se consume su imagen como un producto más del mercado cultural. Pero mi admiración es antigua. En los años setenta, cuando yo era muy joven, empezó mi pasión por Frida. Lo que me fascinó de ella, además de su arte, fue su capacidad de elegir cómo quería vivir más allá de los mandatos sociales, su actitud revolucionaria ante la vida…”
Curioseando a Frida Nos dedicamos a explorar un poco. En los muros, por supuesto, reproducciones de sus pinturas y unas fotos muy interesantes de diferentes momentos de su vida. El patio está lleno de detalles, pequeñas obras anónimas del arte popular mexicano elegidas y colocadas con gusto exquisito. Hay telas, tapices, huipiles tehuanos, altarcitos de muertos, piezas de barro, platos de cerámica pintada a mano, guirnaldas de papel recortado, piezas arqueológicas, libros y objetos alegóricos relativos a Frida Kahlo. Un paraíso para fanáticos. Además existe una especie de estancia con una biblioteca y videoteca dedicada al arte en general, a México, y en particular a la pintora y todo lo vinculado a ella.
Las habitaciones son muy frescas, cómodas y divertidas, creadas personalmente por los dueños, quienes utilizaron materiales de la zona (madera, bambú, techo de palma). Todas tienen una atmósfera cálida y rústica, aunque esto último no le resta confortabilidad. Cada cabaña es diferente y única. Además de la cama king size, cada una tiene un balconcito con hamaca, tal vez para leer ahí al atardecer. A pocos pasos está la playa.
Del recetario de Frida Fuimos a comer con Anabella, lo cual fue toda una experiencia cultural. No son platillos elegidos al azar, muchos de la cocina mexicana y otros tantos de la europea. Provienen del recetario personal de Frida, un cuaderno en el que dibujaba y escribía sus recetas favoritas. La entrada fue sopa borsch, una delicada crema fría de betabel de origen húngaro (como Frida). De segundo, filete a la veracruzana, de los platos preferidos de Diego. En Casa Frida la tertulia siempre se prolonga con pereza entradas las horas de la tarde, entre conversaciones sobre política, los años 70 en México, la medicina natural, algunas películas, el budismo, la fórmula secreta de la sopa borsch… no nos daban ganas de irnos. Al final, hubo una sorpresa. Era el cumpleaños de una de las huéspedes y la dueña invitó a unos músicos para que fueran a darle serenata, y por supuesto, a cantarle Las Mañanitas.
Paseito por la tarde Al atardecer rentamos unos kayaks para recorrer los manglares en la laguna. En los espacios abiertos y en los canales es posible encontrar cocodrilos e infinidad de aves. Divisamos varios martín pescadores, siempre solitarios esperando sobre una rama en el agua; águilas negras y pescadoras, bandadas de garzas –blancas, grises y azules–, cormoranes, bellas espátulas rosadas que anidan en los islotes. Muchas especies, como el pelícano canadiense, llegan en grandes migraciones desde Canadá y Alaska para reproducirse aquí.
Casa Frida está abierto de noviembre hasta finales de abril y la condición es quedarse dos noches como mínimo, lo cual es recomendable, ya que el viaje es pesado. Pregunte por las tarifas especiales de Navidad. Si escribe al correo electrónico, espere de tres a cuatro días para recibir respuesta.
Casa Frida casa-frida@zihuatanejo.net Celular: 01 (755) 557 0049. www.zihuatanejo.net/casafrida/espanol.html
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