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Windsurf por la Península de Yucatán. 5 días retando al mar

Esta es la historia de una familia mexicana muy especial, de esas que se propone retos fuera de lo común, fuertes física y anímicamente, que un día se plantearon la idea de recorrer 350 kilómetros por mar, en la bella Península de Yucatán.

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Texto: Natalia Villalpando ()

“El tesorito”, como le decimos a mi hermano Alberto, salió otra vez con una de sus locas ideas: recorrer el norte de la Península de Yucatán en windsurf. La propuesta fue halagada, pero vista como algo imposible, especialmente por que pretendía que toda la familia participara. Sin embargo, poco a poco nos fuimos involucrando, pues la posibilidad de recorrer en cinco días el hermoso mar de Yucatán nos fue entusiasmando. Todos, por su lado, comenzamos a entrenar.

Mi papá y yo veleábamos en Valle de Bravo los fines de semana. Federico, en Boston; y Diego, en Inglaterra, así es que les tocó entrenar en aguas heladas y en horarios poco convenientes. Por último, David Mier y Terán, prácticamente se la vive en el agua, más ahora que las olimpiadas de China están tan próximas.

En fin, todos creíamos estar bien entrenados para las cinco etapas del trayecto, pero no tardaríamos en darnos cuenta de que en un viaje como éste hay muchos imprevistos para los que ningún entrenamiento te prepara. Sólo garantizar la seguridad de ocho veleristas, requiere de un trabajo abrumador. Afortunadamente se consiguió el patrocinio de lanchas de seguridad y la comunicación móvil, lo cual nos regaló cierta confianza de que las cosas marcharían bien.

Contra viento y marea
Todos teníamos experiencia suficiente, pero algunos prácticamente nunca habían veleado en el mar, donde las condiciones son muy diferentes a las de cualquier lago. Con todo y  los nervios, los pendientes eran tantos, que no quedaba mucho tiempo para pensar en otra cosa que no fuera tener todo listo para la salida. De pronto nos enteramos que la capitanía de puertos anunciaba la llegada del frente frío número cinco, por los que todos los puertos de la región deberían cerrase. Era algo así como “olvídenlo, su viaje no va a suceder”. Rápidamente nos juntamos para estudiar todas las posibilidades, en esos momentos cancelar no era una opción y menos cuando el clima en Cancún era divino, así es que decidimos avanzar por carretera hasta Chiquilá e iniciar desde ahí la primera etapa hasta la Isla de Holbox.

Tocando el agua
Finalmente, después de tantos meses de preparación, había llegado la hora de poner las tablas en el agua, pasamos poco más de tres horas bajo un intenso sol armando y ajustando el equipo. Terminamos agotados, pero no era el momento para quejas. El tiempo era un factor determinante, pues cuando el viento deja de soplar, no hay nada por hacer. Con esta presión salimos de Chiquilá y aunque fue maravilloso poder velear mientras el sol se ponía, a duras penas llegamos con el último empujoncito de la brisa marina. Ya frente a la costa de Holbox, no había ninguna señalización por parte del hotel al que llegaríamos, por lo que fuimos y regresamos unas cinco veces a lo largo de la playa antes de dar con él. Todos llegamos bien y sin ampollas, lo que fue motivo suficiente para celebrar con unas deliciosas pizzas de langosta, típicas de la isla.

No se preocupe señora, corren riesgo, pero no hay peligro
Una vez superada esa primera etapa de 34 kilómetros, la tensión y los nervios del inicio quedaron atrás, amanecimos mucho más confiados, con ganas de iniciar la segunda etapa, la cual sería más larga y complicada. La calma duró poco, mi mamá que estaba encargada de las lanchas de seguridad, nos apuraba para salir, pues los capitanes ya le habían advertido que una vez más había amenaza de tormenta. No eran ni las 10:00 horas y el viento ya soplaba arriba de los 16 nudos (32 km/hr), por lo que teníamos que salir ya. Sin pensarlo, iniciamos la etapa de 88 kilómetros con dirección a Ría Lagartos. Apenas dejamos la barra de arena blanca y las marejadas se levantaron como paredes de agua. Por momentos eran tan altas que bloqueaban las ráfagas de viento que seguían en aumento. En poco menos de una hora mi papá y yo tuvimos que retirarnos, era demasiado para nosotros. Poco después, al llegar al Cuyo, David y Alan decidieron parar también, lo que dejaba a sólo cuatro de los ocho que iniciamos con posibilidades de continuar hasta el final. Fue un momento de mucha tensión, pues incluso las dos lanchas de apoyo dudaban en seguir.

Por unos minutos parecía que hasta ahí llegaríamos. En eso una voz rompió con la tensión del grupo: “No se preocupe señora, corren riesgo, pero no hay peligro”, dijo uno  de los capitanes como aclarando que él estaba dispuesto a continuar. Sus palabras habían sonado como una bomba para mi mamá, pero de alguna manera hicieron que Alberto, Federico, David y Diego siguieran adelante. A partir de ese momento estábamos en manos del “Capitán Peligro”, como le apodamos por su ya célebre frase.

El viaje en lancha con tal marejada resultó ser una verdadera pesadilla, que por momentos parecía no tener fin. Afortunadamente, antes del atardecer, después de casi siete horas, llegamos a Ría Lagartos, en donde fuimos alegremente recibidos. Esa noche cenamos como náufragos, había sido un día largo y estábamos agotados, aun así era claro que al día siguiente tendríamos que salir más temprano para evitar complicaciones.

Todo es mental
Durante el desayuno todos nos quejamos de las dolencias, pero nadie competía contra el desgarre que traía Alberto en el brazo izquierdo ni con las ampollas de Diego, hasta dudábamos que pudieran seguir. Nuestras inquietudes desaparecieron cuando con toda tranquilidad dijo: “Todo es mental”. Nos explicó que el día anterior, ampollado, acalambrado y con sal hasta los dientes, tras mantener la misma posición durante tantas horas, sólo repetía su frase mágica, para permanecer concentrado y evitar la caída que, en esas condiciones de tormenta, hubiera sido desastrosa. Nos había desarmado a todos, las manos ampolladas, el cuerpo acalambrado,  el sol o la sal ya no podrían ser excusas suficientes para abandonar una etapa, Diego había marcado la pauta a seguir en la tercera etapa de 84 kilómetros hasta Dzilam de Bravo, la cual resultó muy placentera. El viento soplaba constante entre 12 y 16 nudos y surcábamos el mar sin contratiempos, eso y el hecho de que todo el día nos tomaban fotos, definitivamente ayudó para olvidarnos de las ampollas. El viaje de locura se estaba convirtiendo en una de las mejores experiencias de nuestras vidas. Incluso los capitanes llegaron emocionados, ya que ellos y sus embarcaciones pertenecen a la cooperativa turística de Dzilam de Bravo, lo que de alguna manera significaba estar en casa, y así nuestra llegada al muelle fue toda una celebración.

Noé y la cinta mágica
A la mañana siguiente, Tania hizo una pequeña presentación de nuestro recorrido con las fotos de Mauricio, y media comunidad asistió para verlas, parecía un cine de pueblo. Todos estaban impresionados con nuestro viaje, fue algo inolvidable.

A pesar de la algarabía, terminamos de armar las velas y fue entonces cuando llegó Noé. Venía vestido con una licra y shorts de surfer, no podía estar más preparado para entrar en acción. Después de participar en las olimpiadas juveniles representando a Yucatán, era un windsurfista preparado para una etapa como esta y más. No tuvimos mucho qué pensar para aceptar su propuesta, después de todo, éste era su mar. Estaba listo para unirse a nosotros en la cuarta etapa, 53 kilómetros hasta el Puerto de Telchac. A pesar de que su vela era bastante más pequeña, mantuvo un buen ritmo durante las primeras horas de travesía, pero poco a poco se fue quedando atrás. Entonces mi papá recordó el consejo de David de checar las quillas para no arrastrar algas y, en efecto, Noé traía unos 12 kilos atorados en la quilla. Media hora más tarde la historia se repetía. No eran algas sino la quilla, la traía boca arriba como si fuera una aleta de tiburón. Entonces salió la cinta gris, que sin duda fue de lo más valioso del viaje. La usábamos para todo, para las ampollas, para fijar la cámara al mástil, hasta para arreglar velas. En fin, a base de ingenio y mucha cinta, la quilla de Noé quedó más o menos arreglada, lo suficiente para que terminara la etapa, donde ya era esperado por sus amigos y familiares, para quienes es un gran orgullo.

Las escapadas de David
Esa mañana salimos dispuestos a todo, a dejar el cuerpo en el mar, si fuera necesario, era la última etapa y estábamos a “tiro de piedra” de Puerto Progreso. Faltaban poco más de 30 kilómetros para alcanzar nuestra meta final.

Todos estábamos en dirección y con gran ritmo, incluso Noé venía pegado. Entonces notamos que una de las lanchas se abría mar adentro. Era David González, que una vez más iba “empopado”, y no era la primera, de hecho casi diario se tiraba en una línea mucho más abierta que el resto del grupo para mantener velocidad. Por ser el más pesado, tenía que hacerlo, aún así iba demasiado lejos. Finalmente cuando llegó el momento, David bajó para acercarse a la playa. Su plan funcionó.

La conclusión
En cuatro horas llegamos a nuestro querido “Progro” que siempre resulta ser un reto por sus fuertes vientos. ¡Lo habíamos logrado! Habíamos veleado 350 kilómetros. Península 2007 resultó ser mucho más de lo que habíamos imaginado. Una semilla que esperamos ver crecer, y es que, experiencias como ésta vale la pena documentar y compartir.

RUTA PENÍNSULA 2007
1a Etapa
31 de octubre, Chiquila–Holbox,
34 Km (3 horas y media).

2a Etapa
1 de noviembre, Holbox–Ría Lagartos,
89 Km (6 horas y media).

3a Etapa
2 de noviembre, Ría Lagartos–Dzilam de Bravo,
84 Km (6 horas y 40 minutos).

4a Etapa
3 de noviembre, Dzilam de Bravo–Puerto Telchac,
53 Km (4 horas y 20 minutos).

5a Etapa
4 de noviembre, Telchac–Progreso,
37 Km (4 horas).




 

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