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Patamban, Michoacán: color y aroma fundidos

El sol asoma su rostro matinal entre las montañas, el frío cala los huesos hasta lo más hondo y el camino de terracería hace suponer un viaje difícil...

Nuestra llegada a Patamban coincide con la víspera de la principal festividad del lugar. El bullicio del comercio de diversos productos y el constante ir y venir de las personas que realizan los preparativos para la conmemoración de las fiestas de Cristo Rey, también conocidas como el del último domingo de octubre, denotan la importancia que éstas tienen para los nativos de esa localidad.

En la pequeña plaza del pueblo, poco a poco se dan cita núcleos familiares que portan cajas y cestos donde llevan una gran variedad de piezas de barro de formas, colores y tamaños diferentes, las cuales participarán en el concurso local de alfarería; cada artesano exhibe sus cerámicas para que sean admiradas por propios y extraños, convirtiendo esta muestra artesanal en una cascada de gran colorido con aroma a tierra mojada.

Por su tamaño y belleza sobresalen las inmensas piñas de ollitas engretadas, es decir, vidriadas, que en ocasiones superan los dos metros de altura. Suman en conjunto más de 320 piezas, con un valor de 2 mil pesos, lo cual en realidad representa un costo simbólico, tomando en cuenta que culminar una obra de estas características implica varios meses de labor extenuante.

Al mismo tiempo se desarrolla el concurso infantil de alfarería, con la participación de los futuros ceramistas, herederos de esta actividad ancestral. Los niños “juegan”, con sus diminutas manos, a dar vida al barro; elaboran diferentes figurillas, ollitas, alcancías y silbatos, con lo que se busca estimular el arraigo de las costumbres y tradiciones de un pueblo que se niega a perder su identidad.

La mañana del último domingo de octubre, poco tiempo después de despuntar el sol, la bruma que envuelve a Patamban es testigo del inicio de lo que será un día intenso para sus pobladores. Éstos se dedican a trazar con cal un par de líneas paralelas en el centro de las calles principales, para dar forma a un pasillo de aproximadamente 60 cm de ancho que servirá de marco a la creatividad de los lugareños en la elaboración de complicados tapetes floridos.

El aserrín es la materia prima para la realización de estas singulares alfombras; en su estado natural es usado como un colchón en donde se plasmará una gran variedad de motivos cuyos diseños surgen de la imaginación de cada participante en el momento de su creación o mediante el empleo de moldes con dibujos previamente seleccionados, los cuales, intercalados entre sí, delinean cada figura.

Mediante colorantes como la anilina, el aserrín es sometido a un proceso de teñido, y así se obtienen diversas tonalidades para rellenar cada porción del diseño hasta el ras del molde.

Las flores naturales utilizadas son recolectadas en los campos de la misma región. Resulta asombroso observar la destreza con que manejan los patambenses los pétalos de cempasúchil, bugambilia, margaritas y muchas especies más; en ocasiones, dependiendo del diseño, se colocan flores completas como campanita, arete, ave del paraíso y gladiola; resalta también el uso de semillas y frutas como maíz, trigo, aguacate, entre otras.

Para el mediodía la mayoría de las calles se encuentran tapizadas. En cada casa los moradores sacan arcos de madera adornados con papel de diversos colores, complementados con figurillas de barro que sirven para enmarcar los tapetes recién creados. En otros casos, desde las azoteas penden adornos de variadas formas y matices, que una vez más denotan la creatividad del pueblo purépecha, donde lo mismo se utiliza el papel, la madera o el plástico, en un proceso de mestizaje y modernidad a la vez.

En los costados de cada calle, por donde circularán los visitantes, se esparcen ramas de casuarinas, hasta conformar una alfombra verde que, al paso de las personas, despide un constante aroma a bosque y frescura, cual interminable río desbordado de perfume y colorido.

Llegada la tarde se inicia una procesión religiosa, cuyo recorrido está señalado por los tapetes, sobre los cuales únicamente transita el párroco local, quien porta la figura del Santísimo, y realiza una serie de paradas donde se encuentran colocados los patronos de cada barrio, hasta llegar a la ermita localizada en la cima de uno de los cerros que rodea a Patamban. Desde ese sitio se domina todo el poblado; allí se oficia una ceremonia eclesiástica, para regresar posteriormente a la iglesia, momento en el que termina la procesión. Para entonces han transcurrido varias horas y el manto de la noche hace su aparición con el fin de participar también en la fiesta.

El olor constante de los antojitos mexicanos abre el apetito a todos los presentes. Platillos típicos como corundas, huchepos, churipo, atoles de diferentes sabores y buñuelos dejarán su sabor en el paladar de los visitantes. Ya entrada la noche, los juegos pirotécnicos del castillo, que durante toda la mañana y tarde armaron en el centro de la plaza los encargados de éstos, hacen las delicias de chicos y grandes, para convertirse en un bello espectáculo que clausura esta festividad. Así, Patamban es uno de los lugares de nuestro México desconocido donde color y aroma se funden y despiertan la admiración de los que allí viven y de los que llegan a visitarlo.

SI VAS A PATAMBAN

Saliendo de la ciudad de Zamora tome la carretera federal núm. 16, en dirección este hasta llegar a Tangancícuaro. Una vez allí siga la carretera secundaria hasta Ocumicho, de donde sale un camino de terracería que lo conducirá hasta Patamban, dentro de la sierra del mismo nombre.

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