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Personas y personajes, trajes criollo y mestizo

Por: Georgina Luna Parra

Los invito a emprender un recorrido imaginario por la muy noble y leal Ciudad de México tal como era en los siglos XVIII y XIX. Un paseo por las calles principales del ahora Centro Histórico, el Zócalo, los mercados y cantinas, por los canales que nos conducen hasta los barrios pobres o de indios. A nuestro paso encontraremos por doquier un despliegue de colores y texturas en los atavíos de los habitantes de la capital.

Enseguida iremos al campo, los caminos reales y las veredas nos llevarán a contemplar los paisajes de las diferentes regiones, nos adentraremos en los pueblos, las haciendas y las rancherías. Los hombres y las mujeres, peones, arrieros, campesinos, pastores o hacendados visten a la usanza criolla, aunque de acuerdo con su raza, sexo y condición social.

Este viaje imaginario será posible gracias a los escritores, pintores y dibujantes que supieron captar lo que veían del México de entonces. Baltasar de Echave, Ignacio Barreda, Villaseñor, Luis Juárez, los Rodríguez Juárez, José Páez y Miguel Cabrera forman parte de la pléyade de artistas, mexicanos y extranjeros, que retrataron al mexicano, su manera de ser, de vivir y de vestir. Pero recordemos otra forma maravillosa de arte costumbrista, las pinturas de castas, que ilustraban, no sólo las personas que resultaban de las mezclas de razas, sino el entorno, el vestido y hasta las joyas que usaban.

En el siglo XIX, impactados por el “exótico” mundo que describieran el barón de Humboldt, William Bullock y Joel. R. Poinsett, llegaron a México innumerables viajeros ilustres, entre ellos la marquesa Calderón de la Barca y otros, como Linati, Egerton, Nevel, Pingret y Rugendas quienes alternaron con los mexicanos Arrieta, Serrano, Castro, Cordero, Icaza y Alfaro en su afán por retratar a los mexicanos. Escritores tan populares como Manuel Payno, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez –el Nigromante–, José Joaquín Fernandez de Lizardi y posteriormente Artemio de Valle Arizpe nos dejaron páginas muy valiosas del acontecer cotidiano de aquellas épocas.

La ostentación virreinal

Vayamos a la Plaza Mayor un domingo por la mañana. Por un costado aparece, acompañado de su familia y su séquito, el virrey Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque. En una elegante carroza traída de Europa viene a oír misa a Catedral.

Atrás quedaron los sobrios trajes oscuros de finales del XVI cuyo único lujo eran las blancas golas. Hoy impera la moda afrancesada de los Borbones. Los hombres llevan pelucas largas, rizadas y empolvadas, casacas de terciopelo o de brocado, cuellos de encaje de Bélgica o de Francia, pantalones de seda, medias blancas y calzado de piel o de tela con vistosas hebillas.

Las damas de principios del siglo XVIII lucen entallados vestidos de seda o brocado con escotes pronunciados y amplias faldas, bajo las cuales se coloca el armazón de aros llamado por ellas “guardainfante”. Estos complicados trajes tienen plisados, bordados, incrustaciones de hilos de oro y plata, madroños, pedrería, chaquiras, lentejuelas y listones de seda. Los niños se visten con réplicas del traje y las joyas de sus padres. Los atuendos de los sirvientes, pajes y cocheros son tan ostentosos que provocan la risa de los transeúntes.

Las familias criollas y mestizas ricas copian los vestidos de la corte virreinal para lucirlos en las fiestas. La vida social es muy intensa: comidas, meriendas, veladas literarias o musicales, saraos de gala y ceremonias religiosas llenan el tiempo de hombres y mujeres. La aristocracia criolla se hace presente, no sólo en el vestuario y la joyería, sino también en la arquitectura, el transporte, el arte en sus diversas manifestaciones y en todos los objetos cotidianos. Alternan con “la nobleza” el alto clero, militares, intelectuales y algunos artistas que a su vez tienen a su servicio esclavos, sirvientes y damas de compañía.

En las clases altas el atuendo cambia con los acontecimientos. Los europeos dictan la moda, pero las influencias asiática y nativa son definitivas y dan como resultado prendas excepcionales como el rebozo, que según muchos investigadores está inspirado en el sari de la India.

Capítulo aparte merecen los productos de Oriente venidos en las naos. Sedas, brocados, alhajas, abanicos procedentes de China, Japón y Filipinas tienen gran aceptación. Los mantones de Manila, bordados en seda y con largos flecos cautivan por igual a los residentes de la Nueva España. Así vemos que las mujeres zapotecas del Istmo y las chiapanecas recrean los diseños de los mantones en sus faldas, blusas y huipiles.

La clase media usa ropa más sencilla. Las mujeres jóvenes llevan prendas ligeras de colores fuertes, mientras que las mayores y las viudas visten de colores oscuros con cuello alto, mangas largas y mantilla sostenida con peineta de carey.

Desde mediados del siglo XVIII la moda es menos exagerada en los hombres, se acortan las pelucas y las chupas o chalecos son más sobrios y pequeños. Las mujeres tienen preferencia por las prendas recargadas, pero ahora las faldas son menos amplias; aún llevan pendientes de la cintura dos relojes, uno que marca la hora de España y otro la de México. Suelen llevar “chiqueadores” de carey o terciopelo, a menudo con incrustaciones de perlas o piedras preciosas.

Ahora, bajo el mandato del virrey Conde de Revillagigedo, los sastres, costureras, pantaloneros, zapateros, sombreros, etc., ya se han organizado en gremios para reglamentar y defender su trabajo, pues gran parte de los atuendos se confeccionan ya en la Nueva España. En los conventos, las monjas hacen encajes, bordan, lavan, almidonan, encañonan y planchan, además de los ornamentos religiosos, prendas de vestir, ropa de casa y ropones.

El traje identifica a quien lo lleva, por esa razón se ha emitido un edicto real prohibiendo el chambergo y la capa, ya que los embozados suelen ser hombres de mal comportamiento. Los negros llevan vestidos extravagantes de seda o algodón, acostumbran la manga larga y las bandas en la cintura. Las mujeres usan además turbantes tan exagerados que les han valido el mote de “arlequines”. Todas sus prendas son de colores brillantes, sobre todo rojas.

Vientos de renovación

Durante la Ilustración, a finales del XVII, no obstante los grandes cambios sociales, políticos y económicos que empieza a experimentar Europa, los virreyes siguen llevando una vida de gran derroche que influirá en el ánimo popular durante la Independencia. El arquitecto Manuel Tolsá quien, entre otras cosas terminó la construcción de la catedral de México, viene vestido a la última moda: chaleco blanco alforzado, chaqueta de paño de lana de color y corte sobrio. Los trajes de las damas tienen influencias goyescas, son suntuosos, pero de colores oscuros con abundancia de blondas y madroños. Cubren sus hombros o su cabeza con la clásica mantilla. Ahora, las damas son más “frívolas”, fuman continuamente e incluso leen y hablan de política.

Un siglo más tarde, quedan como testimonio de la ropa femenina los retratos de las jóvenes que iban a ingresar al convento, que aparecen ataviadas con elegancia y abundantes joyas, y las herederas de los caciques indígenas, quienes se hacen retratar con hipiles profusamente adornados, a la usanza española.

Las calles más concurridas de la Ciudad de México son Plateros y Tacuba. Ahí, exclusivas tiendas lucen en los aparadores trajes, sombreros, chalinas y joyas llegados de Europa, mientras que en los “caxones” o “tablas” ubicados a un costado de Palacio se venden telas de todo tipo y encajes. En el Baratillo es posible conseguir atuendos de segunda mano a bajos precios para la empobrecida clase media.

Época de austeridad

A principios del siglo XIX cambia radicalmente el atuendo de la mujer. Bajo el influjo de la época napoleónica los vestidos son casi rectos, de telas suaves, talle alto y mangas “de globo”; el pelo corto se lleva recogido y pequeños rizos enmarcan el rostro. Para cubrir el amplio escote las damas tienen chalinas y pañuelos de encaje, a los que llaman “modestín”. En 1803 el barón de Humboldt viste al último grito de la moda: pantalón largo, casaca de corte militar y bombín de ala ancha. Ahora los encajes del traje masculino son más discretos.

Con la guerra de independencia de 1810 vienen tiempos difíciles en los que ya no tiene cabida el espíritu derrochador de antaño. La única excepción tal vez es el efímero imperio de Agustín de Iturbide, quien asiste a su coronación con capa de armiño y una ridícula corona.

Los hombres llevan el pelo corto y visten austeros trajes, fracs o levitas con pantalones oscuros de lana. Las camisas son blancas, tienen el cuello alto rematado en moños o plastrones (corbatas anchas). Los orgullosos caballeros de barba y bigote acostumbran el sombrero de sorbete y bastón. Así visten los personajes de la Reforma, así se retrataron Benito Juárez y los Lerdo de Tejada.

Para las mujeres se inicia la época romántica: retornan los vestidos acinturados con amplias faldas de seda, tafeta o algodón. El pelo recogido en chongo cobra tanta popularidad como las mantillas, los rebozos, los mantones y las chalinas. Todas las damas quieren tener abanico y sombrilla. Esta es una moda muy femenina, elegante, pero aún sin grandes extravagancias. Pero el recato dura muy poco. Con la llegada de Maximiliano y Carlota vuelven los saraos y la ostentación.

El “pueblo” y su moda intemporal

Visitamos ahora las calles y los mercados para aproximarnos a la “gente del pueblo”. Los hombres llevan pantalón corto o largo, pero no falta quien sólo se cubra con un taparrabos, además de sencillas camisas y huipiles blancos de manta y los que no van descalzos usan huaraches o botas. Si su economía lo permite, llevan jorongos o sarapes de lana con diseños diferentes según la región de su procedencia. Abundan los sombreros de petate, de fieltro y de “panza de burro”.

Algunas mujeres portan enredo –pieza rectangular tejida en telar sujeta a la cintura con una faja o ceñidor–, otras prefieren la falda recta de manta o sarga hecha a mano, también sujeta con ceñidor, blusa de escote redondo y manguita “de globo”. Casi todas llevan rebozo sobre la cabeza, en los hombros, cruzado en el pecho o en la espalda, para cargar al bebé.

Bajo la falda llevan refajo o fondo de algodón orleado con labor de gancho o encaje de bolillo. Se peinan con raya enmedio y trenzas (a los lados o rodeando la cabeza) que terminan en vistosos listones de colores. Todavía es muy común el uso de huipiles bordados o embrocados que llevan sueltos, a la usanza prehispánica. Las mujeres son morenas de pelo y ojos oscuros, se distinguen por su aseo personal y sus grandes arracadas y collares de corales, plata, cuentas, piedras o semillas. Ellas mismas confeccionan sus atuendos.

En el campo, el traje varonil se ha ido modificando al paso del tiempo: el sencillo traje indígena se transforma en el atuendo ranchero de calzón largo con chaparreras o calzoneras de gamuza, camisa de manta y amplia manga y chaqueta corta de paño o gamuza. Entre los más notables están algunas botonaduras de plata y los alamares que adornan el traje, hechos también con piel o plata.

Los caporales usan chapareras y cotonas de gamuza, propias para soportar las rudas faenas campestres. Botas de piel con agujetas y sombrero de petate, de soyate o de piel –diferente en cada región– completan el traje del laborioso hombre de campo. Los chinacos, famosos guardias rurales del siglo XIX, portan este atuendo, antecedente directo del traje de charro, famoso en el mundo entero y sello distintivo del hombre “auténticamente mexicano”.

En general, los vestidos del “pueblo”, las clases menos privilegiadas, han cambiado muy poco con el paso de los siglos y han perdurado prendas cuyo origen se pierde en el tiempo. En algunas regiones de México se siguen usando vestidos prehispánicos o bien con alguna modalidad impuesta por la Colonia. En otros lugares, si no cotidianamente, sí se llevan en las fiestas religiosas, cívicas y sociales. Son prendas hechas a mano, de compleja elaboración y gran belleza que forman parte del arte popular y constituyen un motivo de orgullo, no sólo de quien las luce, sino de todos los mexicanos.

Fuente: México en el Tiempo No. 35 marzo / abril 2000

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