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Pueblos de Madera. El Salto, Durango

Por: Mauricio Ramos

Pasar sobre la carretera que cruza El Salto, Durango, nos lleva a sentir ese orgullo nacionalista que tenemos por nuestra maravillosa historia y por los hombres que la forjaron.

Aunque no está considerado como un sitio histórico de las épocas revolucionarias, El Salto tiene una interesante testimonio que va más allá de lo que uno puede percibir desde el Camino.

Los grandes intereses económicos y las disputas por el poder han acompañado desde un principio a los habitantes de los pueblos de madera. La vida y la industria en los aserraderos de El Salto ya no son -ni nunca más serán- como lo fueron en los años treinta, la época de bonanza y de la lucha de unos cuantos, todos ellos hombres de grandes ideales por los que entregaron sus vidas.

Desde antes de su fundación oficial en 1919, El Salto fue un pueblo destinado a trascender en la historia del municipio de Pueblo Nuevo y del estado de Durango. A finales del siglo XIX, y producto de la bonanza minera de Pueblo Nuevo, la venta descontrolada de grandes extensiones de tierra a inversionistas extranjeros y el consecuente destierro de cientos de familias, significó el principio de los muchos abusos que se dieron en esta región.

En 1892 la línea Internacional de Ferrocarriles, que originaba su recorrido en Nueva York, entra a México por Laredo y de ahí se dirige hacia Monterrey y Torreón, llegando incluso a Durango. Para 1899 esta línea pretendía continuar su recorrido hasta el puerto de Mazatlán, cosa que sucedió después de varios años.

La ruta se abría paso por la zona boscosa, haciendo parada en la llamada "Estación Aserraderos", la cual dio origen al poblado de El Salto. La demanda de madera para las vías del tren propició la apertura de dos aserraderos, El Pájaro y El Muerto, con los que formalmente comienza la vida del pueblo.

A partir de 1922 la instalación de grandes aserraderos -todos de capital extranjero- atrae a una compañía británica que explotaba las minas de Zacatecas. La Compañía Maderera de Durango (Durango Lumber Co., que fue el nombre con el cual cambió de giro) llegó a El Salto en 1926 y con ella el apogeo del pueblo. Las pequeñas casas de madera destinadas a los empleados pronto florecieron por todos los llanos que circundaban a la fábrica, como se les denominaba localmente a los aserraderos.

El crecimiento del pueblo fue acelerado, las oportunidades de empleos y de nuevos comercios parecían infinitas, y se abrieron formalmente oficinas de correos y telégrafos, así como un hospital.

A pesar del crecimiento, los encargados de los grandes aserraderos eran cambiados continuamente. Quizás el más recordado por los habitantes de El Salto fue Clarence H. Cooper, quien a partir de 1930 se hizo cargo de la empresa. Bajo su dirección llegó el servicio eléctrico y el agua potable y se construyó una estación hidroeléctrica.

El auge del aserradero continuaba y con ello el de las colonias, como la Calles, Juárez, Morelos, Obregón y la Vicente Guerrero, aparte de la Americana y Victoria, ambas extranjeras. Las construcciones de madera daban un toque muy pintoresco al cada vez más importante pueblo de El Salto. Se levantaron varios centros de entretenimiento, destacando el cine Modelo y el Club Social, los cuales eran símbolos del refinamiento de su sociedad.

La necesidad de seguir explotando las agrestes tierras boscosas de la Sierra Madre Occidental y la dificultad para transportar los grandes volúmenes de madera, obligaron a la compañía maderera a instalar dos líneas ferroviarias de uso particular: un total de 500 km que daban servicio a dos rotas primarias con dirección al oriente y al sur, y una red de vías secundarias.

Varias locomotoras de bielas y engranes, así como dos grúas de vapor, operaban estas rutas. La gran inversión que tales vías significaron se justificaba con los salarios y gastos de operación tan bajos en nuestro país. Sin embargo, el destino de este pueblo y de su gente no les llevaría a seguir bajo una situación de desigualdad. A finales de 1928 y principios de 1929 la sede de la cabecera municipal pasó de Pueblo Nuevo a El Salto, y poco a poco los movimientos ejidales comenzaron a promover sus primero intentos de recuperación de tierras.

La asignación del destacamento 40 y la construcción de un fortín militar garantizaban la seguridad de la población en tiempos de cambio. En 1933 tuvieron lugar varios siniestros e incendios, en los cuales se perdieron grandes cantidades de madera, así como diversas instalaciones de la empresa. La inconformidad de los empleados ante los abusos del poder capitalista trajo consigo momentos difíciles en el municipio de Pueblo nuevo.

Después de las fuertes pérdidas causadas por los incendios y sobre todo por la gran recesión económica de esas épocas, la Compañía Maderera de Durango concentró toda su capacidad para recuperarse. A partir de 1938 la producción de pies-tabla registró grandes incrementos. Pero fue la Segunda Guerra Mundial la que propició números sin precedentes, llegando a producirse 350 000 pies-tabla, con la participación de varios aserraderos semifijos que habían ido absorbidos por el monopolio extranjero. Toda aquella madera que fuera de primera calidad era comercializada en los Estados Unidos.

El pueblo seguía en crecimiento; en 1939 se inaugura el edificio de la presidencia! municipal y se construyen hoteles y nuevos comercios. En 1943 se quemó la plaza de toros, y por el temor a otro incendio a partir de esta fecha el ladrillo reemplazó a la madera.

Los años dorados de la Compañía Maderera de Durango terminaron junto con la guerra, y ante la considerable disminución de la demanda, la compañía es vendida en 1958 a inversionistas griegos, que con gran capital pretendían levantar la industria; sin embargo, la historia ya estaba escrita.

El pueblo demandaba sus tierras, y aunque no había unidad, el movimiento era general. El proceso fue lento, pues la Compañía Maderera de Durango contaba con suficientes recursos para soportar las presiones. Finalmente, y después de muchos años de abusos, la propiedad de la tierra regresó a los ejidatarios. Perdidos los bosques, la empresa negoció para crear la asociación en participación con la que pretendía seguir talando los bosques, pero ahora en sociedad con los ejidatarios. Muchos ejidos no tenían la maquinaria necesaria para trabajar, por lo que se aceptó la asociación, aunque ésta no duró mucho tiempo.

Los cambios de tierras y el movimiento ejidal tomaron fuerza con una nueva administración. Las diferencias entre los líderes del movimiento agrario trajeron la discordia y la violencia. Los que en algún momento surgieron con determinación, guiados por sus ideales y amparados por las leyes agrarias, terminaron como terminan muchas historias de nuestra civilización, sepultados entre la ira y el resentimiento.

Hoy en día la explotación maderera del municipio de Pueblo Nuevo está a cargo de los 27 ejidos. Se creó la Unión de Ejidos y Comunidades Forestales, en la cual participan 20 ejidos, una sociedad de productores rurales y una sociedad de microindustriales. Esta unión cuenta con la supervisión de SEMARNAP y PROFEPA para tratar todos los asuntos relacionados con el manejo de los bosques.

La capacitación de técnicos forestales y el apoyo del gobierno del estado y de las comunidades ejidatarias han contribuido a fortalecer los programas de reforestación. El bosque se ha dividido en subrodales, que son talados a largo plazo para asegurar la regeneración de los bosques.

Es obligatorio que cada ejido cuente con una brigada contra incendios, así como limpiar brechas antifuego y denunciar la tala ilegal. Se han establecido medidas mínimas para cortar un árbol y se siguen buscando nuevas opciones de explotación. Principalmente se corta pino. El aprovechamiento de su madera se divide en primario: la base del tronco se transforma en tablas de más de 8 pies, y secundario: ramas y troncos con diámetro menor a 11 pulgadas se destinan a la elaboración de estacas y cajas.

La madera se vende en rollo por metro cúbico o elaborada por pie-tabla. Existen distintas calidades en la madera, la cual es clasificada por números de: dos y mejor, tres, cuatro, cinco y seis, siendo la primera la de mejor calidad. Cada aserradero tiene su clasificador capacitado, que es constantemente inspeccionado para mantener un control de calidad.

La gente de Pueblo Nuevo sabe que los recursos de la madera se acaban y que el futuro no espera. Hay una gran necesidad de buscar nuevas opciones. Los proyectos que proponen generar empleos fuera del bosque son varios, pero el tiempo se acaba y los habitantes de El Salto tendrán una vez más que afrontar su destino.

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