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Sobre Andrés Henestrosa, escritor oaxaqueño

Por: Jos

Henestrosa, figura emblemática de la literatura mexicana y autor de "Los hombres que dispersó la danza", vivió más de 100 años y su obra continúa imperecedera.

El rostro casi centenario del escritor Andrés Henestrosa se asoma apacible en la pantalla de un visor de video. Aquejado por dolencias sin remedio, permanece recostado en la hamaca roja del traspatio de su casa en las afueras de Oaxaca, en el pueblo de Tlacochahuaya. Suenan las campañas de la iglesia como un telón tejido de sonidos metálicos. En silencio, don Andrés observa a la documentalista Jimena Perzabal ocupada en poner las cosas en su lugar y en alertar a los miembros del equipo de grabación de La aventura de México, quien se ha trasladado hasta aquí con el propósito de lograr un inesperado retrato del autor del libro Los hombres que dispersó la danza. No es nada fácil poner frente a una cámara a un hombre sabio, aquejado de sordera y a ratos desesperado por las dolencias añejas y sin remedio.

En la terraza no hay desánimo, pues prevalece la convicción de estar con un alma asociada de manera indisoluble a un paisaje, una leyenda, una tradición milenaria. Quién podría dudarlo, este anciano nacido en el año de 1906 del siglo XIX es en efecto uno de esos raros ejemplos en los que la humanidad va fundida a las leyendas sin tiempo, las lenguas del México antiguo y la cultura inmemorial de los zapotecas.

Sin entender a cabalidad sobre lo que ocurre a su alrededor, don Andrés ya no se aguanta las ganas de hablar, porque lo suyo es hablar, escribir e hilvanar palabras al aire. “El hombre nunca puede vivir sin dar una explicación de los fenómenos, los sucesos y las acciones ocurridos a su alrededor, precisamente, de esta obstinación surge el cuento”.

ENTRE RELATOS

El vocerío de un grupo de escolapios rompe el silencio del modesto patio de la parroquia del pueblo de Tlacochahuaya. Sentado sobre una pequeña silla don Andrés se dirige a niños y niñas que siguen la lectura de una de las leyendas contenidas en Los hombres que dispersó la danza. Entre un relato y otro y teniendo como testigos silenciosos a la fuente y a un frondoso árbol del tule, el veterano fabulador recuerda a sus interlocutores: “De niño escuché estas historias en distintas lenguas de la región, me las contaban mis tíos, mis parientes, las personas del pueblo. Cuando cumplí la edad de veinte años las escribí con gran entusiasmo, casi febrilmente”.

Frente a la cámara, Henestrosa rememora el momento en que su maestro de sociología Antonio Caso le sugirió que escribiera los mitos, las leyendas y fábulas que refería de manera oral. Era abril de 1927 cuando el joven estudiante, recién enviado a la capital del país, se abría paso con el apoyo de sus protectores José Vasconcelos y Antonieta Rivas Mercado. Sin imaginarlo el futuro poeta, narrador, ensayista, orador e historiador erigía las bases de Los hombres que dispersó la danza, publicado en 1929. “Mi maestro y los compañeros me cuestionaban si eran mitos imaginados por mí o eran simplemente creaciones de la invención colectiva. Eran historias que tenía en la memoria pero dichas por los adultos y la gente vieja de los pueblos, yo hablé exclusivamente lenguas indígenas hasta la edad de 15 años, en que me traslado a la ciudad de México.”

El anciano escritor clavado en sus pensamientos y recuerdos mira hacia al frente sin ocuparse de la cámara de video que lo sigue. Momentos antes, en uno de los traslados don Andrés insistía frente a los extraños que seguían sus palabras con exagerada atención. “Es una lástima que yo no hubiera nacido cien años antes, cuando la tradición era rica y las lenguas indígenas estaban pletóricas de vida, de historias, de leyendas, de mitos. Cuando yo nací muchas cosas se habían olvidado, se habían borrado de las mentes de mis padres y abuelos. Yo apenas logré salvar una mínima parte de ese rico legado formado de personajes míticos, de hombres de barro y gigantes nacidos de la tierra.”

EL CONTADOR DE HISTORIAS

Francisco Toledo, el pintor amigo de Rufino Tamayo, habla sobre Henestrosa. “Me gusta el Andrés contador de historias en su lengua materna, nadie como él para hablar en un zapoteco tan puro y tan bello que es una lástima que nunca se hubiese grabado.” Las vidas de Henestrosa y Toledo van de la mano en muchos aspectos, pues ambos son grandes promotores de la cultura de Oaxaca. Don Andrés ha donado su biblioteca a la ciudad de Oaxaca. El pintor juchiteco, apegado al espíritu fundacional de los dominicos ha propiciado el surgimiento de museos, escuelas de artes gráficas, de arte, talleres de papel y la defensa y recuperación de inmuebles del patrimonio histórico de su tierra. Henestrosa y Toledo por distintos caminos se oponen a la desfiguración del rostro auténtico de las etnias, los colores y las tradiciones oaxaqueñas.

TRAS LOS PASOS DE DON ANDRÉS

Los miembros de La aventura de México, Ximena Perzabal y el pintor juchiteco Damián Flores, se dirigen hacia una de las poblaciones más emblemáticas del istmo de Tehuantepec: Juchitán. Ahí registrarán con ojos asombrosos lo dicho por el escritor acerca del paisaje humano y fijado por viajeros decimonónicos tan ilustres como el abate Esteban Brasseur de Bourbourg. Cuentan las malas lenguas que el empecinado viajero quedó subyugado por la belleza de juchitecas y tehuanas. Muchas décadas más tarde el mismo Henestrosa apuntala lo establecido por Brasseur: “En Juchitán y en casi todo Tehuantepec las que mandan son las mujeres. En zapoteco mujer quiere decir siembra, por ello he insistido en que la agricultura es una invención femenina. Desde niños las abuelas y las madres nos enseñan que las mujeres son las que mandan. De ahí que uno de los consejos que siempre doy a mis paisanos sea que sólo los tontos pelean con las mujeres, porque –al menos en el istmo de Tehuantepec– ellas invariablemente tienen la razón”.

No faltó en el documental dedicado a don Andrés la presencia de los niños músicos que hacen vibrar los caparazones de tortuga y así dan vida a melodías con sonidos milenarios arrancados de la tierra. La escena recuerda las palabras del autor cuando en Los hombres que dispersó la danza escribió que de niño recorrió muchas leguas de playa esperando ver a la sirena del mar. Sin embargo, por la falta de virtud o santidad, el niño Henestrosa sólo vio la flor del higo y el dios del viento, y por fortuna en casi cien años nunca se le ha olvidado.

 

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