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Tariácuri, fundador del reino de Michoacán

Por: Felipe Sol

Amanecía en Tzintzuntzan, el Sol comenzaba a iluminar la capital del reino purépecha.

El día anterior había tenido lugar la gran “fiesta de las flechas”, la Equata Cónsquaro, que hoy concluiría con el sacrifico masivo del grupo de malhechores y de aquella gente que se castigaría por su rebeldía y desobediencia. El petamuti escuchó las acusaciones de viva voz de los gobernadores y jefes de barrio, y dictó luego la severa sentencia: todos sufrirían la pena de muerte.

Muchas horas transcurrieron al paso del macabro ceremonial, el cual fue presenciado por los principales personajes de la política michoacana. Muy circunspectos, durante las ejecuciones los miembros de la nobleza aspiraban el humo del tabaco silvestre en sus elegantes pipas. Una vez más se cumplían las antiguas leyes que cuidaban de las costumbres y la buena conducta, especialmente aquella que debían a su señor los jóvenes guerreros.

Al concluir el sacrificio, el séquito siguió los pasos del petamuti, congregándose en el patio frontero al palacio del cazonci. Hacía poco tiempo que Tzintzicha Tangaxoan se había entronizado; su corazón no estaba tranquilo, pues graves eran las noticias que llegaban desde México-Tenochtitlan sobre la presencia de extranjeros venidos allende el mar. Pronto su semblante cambiaría, alegrándose al escuchar el antiguo relato de la venida de sus antepasados a la región lacustre, y sobre todo disfrutaría, una vez más, de la historia de Tariácuri, el fundador del reino de Michoacán.

El petamuti se dirigió a la concurrencia con estas solemnes palabras: “Vosotros, los del linaje de nuestro dios Curicaueri, que habéis venido, los que os llamáis Eneami y Zacápuhireti, y los reyes llamados Vanácaze, todos los que tenéis este apellido ya nos habemos juntado aquí en uno...”. Luego todos elevaron sus oraciones en honor del dios Curicaueri, quien, en tiempos antiguos, había guiado a sus antepasados hasta estas tierras; él condujo sus pasos, probó su astucia y valentía, y finalmente les otorgó el predominio sobre toda la región.

Este territorio estaba ocupado por “gente mexicana”, por “nahuatlatos”, quienes debieron reconocer la superioridad del dios Tirepeme Curicaueri; la región originalmente estaba gobernada por distintos señores; Hireti-Ticátame, jefe de los chichimecas uacúsecha, siguiendo los designios de su dios, toma posesión de la montaña Uriguaran Pexo. Poco después entran en contacto con los pobladores de Naranjan, y así empezó la historia: Ticátame será la raíz del frondoso árbol de la familia de los cazonci.

Como devoto de Curicaueri, muchas fueron sus aventuras, Hireti-Ticátame alimentaba la hoguera con leña sagrada, y pedía permiso a los dioses de la montaña para cazar, enseñando a todos los chichimecas uacúsecha sus deberes para con los dioses. Finalmente casó con una mujer de la localidad, uniendo los nomádicos destinos de su gente con aquellos que ya vivían desde antiguo en la riberas del lago.

A la trágica muerte de Ticátame en Zichaxucuaro, asesinado por los hermanos de su mujer, le sucede su hijo Sicuirancha, quien prueba su valentía persiguiendo a los homicidas y rescata la imagen de Curicaueri –que había sido robada de su altar–, conduciendo a los suyos a Uayameo, donde se establece. En esta ciudad gobernarán como sucesores, sus hijos Pauacume –primero de este nombre– y Uapeani, quien a su vez engendró a Curátame, que continuaría con el linaje.

En ese momento del relato, la voz del petamuti –con arcaicos giros en el lenguaje–, describió la peculiar leyenda de la transformación de los hombres en serpientes, exaltando la figura de Xaratanga, la diosa lunar, develando los misterios de los granos de maíz, los chiles y otras semillas, trastocados en sagrada joyería. Eran los tiempos en que los dioses, junto con los hombres, lograban las victorias en el campo de batalla. En esa época fue también cuando el grupo de los chichimecas uacúsecha se fraccionó y cada jefe menor, con el bulto de su dios, emprendió la búsqueda de su propio lugar de habitación a lo largo y ancho del lago de Pátzcuaro.

A la muerte de Curátame, sus dos hijos, Uapeani y Pauacume –quienes repitieron los nombres de sus antecesores–, recorrieron llanos y sierras en pos de su destino. Las historias del petamuti animaron a la concurrencia; todos conocían las correrías de los dos hermanos, las cuales los llevarían hasta la isla Uranden, donde encontraron a un pescador de nombre Hurendetiecha, cuya hija casó con Pauacume, el menor de los dos; de aquella unión nació Tariácuri. El destino había unido a cazadores y pescadores, quienes sustentarían a la futura sociedad purépecha. El matrimonio terrenal será la equivalencia mística de la unión entre Curicaueri y Xaratanga, y la adopción de los principales dioses de la localidad, quienes formarán la familia divina.

Esta gente que fatigosamente había recorrido todo el territorio llegó finalmente a Pátzcuaro, el sitio sagrado que sería el asiento de su largo camino; ahí encontrarán cuatro enormes rocas que materializan a sus divinidades tutelares: Tingarata, Sirita Cherengue, Miequa, Axeua y Uacúsecha –el señor de las águilas, su propio capitán divinizado–. Para la concurrencia, el mito se develaba, ellos eran los guardianes de los cuatro rumbos del universo, y Pátzcuaro constituía el centro de la creación. Tzintzicha Tangaxoan musitó: “En este lugar y no en otro ninguno está la puerta por donde descienden y suben los dioses”.

El nacimiento de Tariácuri marcará la época dorada de los antiguos purépechas. A la muerte de su padre, él todavía era un infante; mas no importando su corta edad, fue electo cazonci por el consejo de ancianos. Sus tutores fueron los sacerdotes Chupitani, Muriuan y Zetaco, devotos hermanos que enseñaron con el ejemplo al joven discípulo, quien junto con la disciplina que significó la cotidiana devoción de las deidades, se preparó también para la guerra, preludiando la venganza de su padre, sus tíos y sus abuelos.

Las aventuras de Tariácuri trajeron gozo a los oídos de todos los partícipes de la reunión. El reinado de este cazonci fue muy largo, salpicado de incesantes conflictos bélicos hasta que cada una de las fracciones chichimecas reconocieron su soberanía y el predominio del dios Curicaueri, conformándose así el verdadero reino purépecha.

Un nuevo episodio en el relato del petamuti fue la historia de los hermanos huérfanos, Hiripan y Tangaxoan, sobrinos de Tariácuri, quienes desaparecieron junto con su madre viuda una vez que los enemigos del cazonci tomaron Pátzcuaro. Ellos tuvieron que huir para salvar sus vidas. Muchas miserias y ofensas debieron sufrir estos niños como pruebas que les imponían los dioses, hasta ser reconocidos por su tío. Las virtudes sin par de los hermanos contrastaban con la bajeza de carácter de su hijo mayor –causada por la embriaguez–, de ahí que Tariácuri, presintiendo el final de sus días, preparó a Hiripan y a Tangaxoan, junto con su hijo menor Hiquíngare, en la conformación de los futuros tres señoríos que gobernarían conjuntamente el reino: Hiripan gobernará en Ihuatzio (llamado en el relato Cuyuacan, o “lugar de coyotes”); “Hiquíngare, tú continuarás aquí en Pátzcuaro, y tú, Tangaxoan, gobernarás en Tzintzuntzan”. Los tres señores seguirán la obra de Tariácuri llevando los triunfos de Curicaueri en todas direcciones, ensanchando las fronteras del imperio.

La historia contada por el petamuti era escuchada con atención por Tzintzicha Tangaxoan, queriendo reconocer en las palabras del sacerdote los argumentos que le permitirían afrontar los futuros acontecimientos. La cofraternidad tripartita de Pátzcuaro, Ihuatzio y Tzintzuntzan se rompió, primero con la muerte y extinción de la familia de Hiquíngare, descendiente directo de Tariácuri, y con el posterior despojo que sufriera Ticátame, hijo de Hiripan, por parte de su primo Tzitzipandácuri, vástago de Tangaxoan, quien incluso se apodera de la imagen de Curicaueri.

Desde entonces, Tzintzuntzan se convertiría en la capital de aquel reino. La joyería saqueada de las otras dos ciudades se guardarán en el palacio real, constituyendo el tesoro de Curicaueri y el cazonci. A Zuanga, siguiente gobernante purépecha, tocará enfrentar a los mexicas, a los que vencerá finalmente. Tzintzicha Tangaxoan saboreó esta parte final del relato que exaltaba el poder de sus ejércitos; sin embargo, en el ánimo de la concurrencia ya pesaba el sombrío panorama de la proximidad española, presagiando un funesto final.

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