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Tradición alfarera del Barrio de la Luz (Puebla)

Por: Lucila Ullóa Téllez

Cuenta la leyenda que se le pidió a San Jeremías que hiciera una palangana. Pero al tratar de hacerla, encontró que la tierra era demasiado seca y que no podía trabajarla

El Santo empezó a llorar y mientras lloraba sus lágrimas iban cayendo sobre la tierra, humedeciéndola. Con esta agua vio que se podía trabajar la tierra y entonces hizo la palangana.  Lo que hoy conocemos como Barrio de la Luz pertenecía antiguamente al tlaxicalli (“lugar de casas para la gente”) denominado Tepetlapan, una de las cuatro subdivisiones que conformaban el Barrio de Analco. Es oportuno llamar la atención sobre el hecho de que Tepetlapan, palabra náhuatl cuyo significado es “Tierra firme”, servía para designar el sitio de donde se extraía el barro para la producción alfarera. 

La investigadora Patricia Arias sugiere que la práctica de este oficio en el Barrio de la Luz se origina en el siglo XVI, si bien la primera Ordenanza de loceros poblanos data del año de 1653. En dicha Ordenanza ser menciona, además de la loza amarilla y blanca, la existencia de la colorada, cuya manufactura ha sido especialidad de los alfareros de este Barrio. 

La tradición reconoce como difusor de esta última al capitán Gabriel Carrillo de Aranda, quien en 1689 instaló un obrador de loza en una de las calles de la Luz; el hecho tuvo tal importancia que la vía en cuestión recibió desde 1780 el nombre de Calle de Carrillo, misma que en la nomenclatura actual corresponde al tramo de la avenida Maximino A. Camacho, ubicada entre la 14 y 16 Sur-Norte. Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, cronista novohispano de la Puebla de fines del siglo XVIII, consignó en sus escritos un testimonio que describe cómo era Ia cultura alfarera de Ia Luz en su época. Según sus propias palabras: era deI Tepetlapan de donde se sacaba el barro fino y muy a propósito para ollas, cazuelas y demás vasijas necesarias para el uso común, que se llevaban de aquí para todo el reino, porque en ninguna parte se hacen como ellas. 

En el siglo XIX, Guillermo Prieto y Agustín Arrieta -que se conocieron cuando el primero pasó una temporada en Ia angelópolis- registraron -uno en Ias letras y el otro en Ia pintura- sus respectivas impresiones sobre Ia alfarería popular de Puebla. Sin embargo, Ia huella más profunda que ha dejado el barro en Ia cultura poblana está asociada con su tradición gastronómica, ya que el mole, expresión singular del barroco angelopolitano, está indisolublemente ligado a la popular cazuela del Barrio de la Luz. 

 De los acontecimientos antes narrados surgió un refrán que perduraría durante los siglos XVIII y XIX: “De la Puebla, el jabón , la loza y no otra cosa”. 

Cómo se elabora       

Con muy pocas variaciones, los alfareros de fin de siglo aún conservan Ias técnicas y procedimientos de sus antepasados.  La preparación de Ia arcilla no solamente requiere de tiempo y cuidado (es frecuente que el alfarero sufra heridas superficiales durante el "pisado" deI barro) Sino de un gran esfuerzo físico. Existen dos técnicas para Ia elaboración de Ias piezas. La técnica deI "manero" que consiste en el uso de moldes de arcilla, sobre los cuales, antes de usarlos, hay que rociar arcilla en polvo para que el barro no se pegue. Posteriormente, los moldes son expuestos a los rayos solares durante un tiempo no mayor de 40 minutos; esta operación endurece Ia estructura de Ia pieza, gracias a lo cual se facilita el desprendimiento deI molde. A las cazuelas se les hacen aplicaciones de barro como asas y “bordes”, después de transcurridas doce horas. 

La técnica del “ruedero” o “tornero” se singulariza porque en ella la herramienta principal es el torno adaptado a la mesa de trabajo. Este instrumento ofrece al alfarero múltiples posibilidades expresivas, ya que puede hacer piezas con diversas formas estéticas o cilíndricas: jarros de diferentes tamaños, candelabros y sahumadores.  No es común que un mismo artesano domine ambas técnicas, pues cada una exige un cierto grado de especialización.  Para que las piezas adquieran la dureza indispensable requerida por sus uso cotidiano, es necesario que sean sometidas al “jagüeteado”, proceso que consiste en introducir la loza cruda dentro de un horno para su cocción.

Concluida esta etapa deben dejarse pasar doce horas-durante las cuales el horno se enfría-y luego tiene lugar una segunda cocción que los artesanos llaman “vidriado”. Desde su introducción, una de las características de la alfarería de la Luz reside en el empleo de esta técnica, procedimiento que consiste en fijar, por acción del calor, la capa de esmalte transparente (o greta) que recubre determinada parte de las piezas. Al concluir las casi cuatro horas que este proceso requiere, el resultado es un acabado brillante que hace más llamativas las líneas y manchas de color negro que decoran la superficie roja de las vasijas. 

La alfarería hoy    

La Calle de Carrillo, ayer tan llena de ollas, jarros, cazuelas y sahumerios, hoy poco a poco va viendo desaparecer a los alfareros que por casi tres siglos humedecieron sus paredes y las quemaron con fuego. En estos momentos las manos que dan vida al barro atraviesan por una situación difícil y desesperante, pues los hombres y mujeres que han preservado este oficio deben enfrentar demandas de desalojo promovidas por los propietarios de los inmuebles donde se ubican sus obradores.  Hasta abril de este año se han producido alrededor de quince desalojos, lo que ha provocado un estado permanente de angustia en el grupo de artesanos. El segundo problema que enfrentan es Ia restricción deI uso deI plomo en sus vidriados, situación que no les permite ingresar a los mercados extranjeros.

Finalmente, Ia contaminación originada por los hornos de leña ha generado malestar en Ia Luz, por lo que es necesario sustituir Ia leña por gas. No ha sido fácil para los alfareros asimilar su problemática, ni tampoco entender los silencios.  Afortunadamente, en septiembre de 1993 el Consejo deI Centro Histórico, Ia Dirección de Artesanías y Ia Unidad Regional de Culturas Populares, inician un proyecto de rescate de Ia alfarería poblana que incluye Ia creación de centros de exposición, venta y capacitación. 

La iniciativa ya ha sido presentada al Gobierno deI Estado y éste se ha comprometido a dar una respuesta que favorezca al grupo de alfareros de uno de los barrios más tradicionales de Puebla.  Por otro lado, especialistas de Ia Universidad Autónoma Metropolitana y de Fonart han realizado pruebas para encontrar el esmalte que pueda sustituir al plomo como vitrificante. Los resultados han sido favorables y los alfareros han participado con mucho entusiasmo y confianza.  Mientras el compás de espera continúa, los poblanos confían en que Ia Calle de Carrillo vuelva a poblarse de alfareros, de obradores, de gente que acuda a comprar Ia famosa loza colorada de Ia Luz. De otra manera, ¿podría usted imaginar el mole poblano sin Ia tradicional cazuela de barro?. 

Fuente:  México en el Tiempo No. 5 febrero-marzo 1995

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