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Tradiciones y alrededores de Tenosique, Tabasco

En los límites sur de nuestro territorio, hay un poblado ribereño y aún selvático llamado Tenosique, donde pasamos tres días para explorar sus cenotes, visitar sus sitios arqueológicos y deleitarnos la vista y el oído con su tradicional y colorida Danza del Pochó.

Durante nuestra estancia en este pintoresco poblado tabasqueño, aprovechamos para visitar los principales atractivos de la zona. Nos dirigimos a la sierra, donde se localiza el poblado de Santo Tomás. Esta región cuenta con interesantes atractivos ecoturísticos, como la laguna de San Marcos, las grutas de Na Choj, el Cerro de la Ventana, la zona arqueológica de Santo Tomás y los cenotes de Aktun Há y Ya Ax Há.

Aguas entintadas

Con el fin de explorar el cenote Ya Ax Há, nos reunimos un grupo de entusiastas para recorrerlo en kayak y bucear. Como era el único buzo, sólo descendí 25 metros. A esa profundidad el agua se volvió color vino y era imposible mirar algo. ¡Ni siquiera podía ver mi mano frente a mis ojos! Este color se debe al ácido tánico que resulta de la putrefacción de las hojas y las plantas que caen al agua. Después ascendí un poco, hasta donde el agua se tornó verdosa y pude observar algo. Para poder explorar este cenote habrá que planear otro viaje en tiempo de secas con más equipo y más buzos. Esta región es ideal para realizar caminatas, paseos en bicicleta de montaña e incluso se puede organizar una cabalgata hasta la zona arqueológica de Piedras Negras, en Guatemala.

Panjalé y Pomoná

Al día siguiente nos fuimos a recorrer las zonas arqueológicas de los alrededores de Tenosique, entre las que destacan Panjalé, a orillas del Usumacinta, sobre la cima de un cerro, 5 kilómetros antes de llegar a Tenosique. Se compone de varios edificios que en tiempos pasados formaron un mirador, desde el cual los mayas solían vigilar las embarcaciones que transitaban las aguas del río.

Muy cerca, Pomoná (600 a 900 d.C.) jugó un papel importante en la relación política y económica de su región, ya que esta ciudad estaba ubicada entre la entrada al alto Usumacinta y El Petén guatemalteco, justo por donde pasaban productores y mercaderes hacia las llanuras costeras. La arquitectura de este sitio comparte rasgos con la de Palenque y está compuesta por seis conjuntos importantes que, junto con las áreas habitacionales, se distribuyen en aproximadamente 175 hectáreas. Sólo uno de estos conjuntos está explorado y consolidado, el cual está conformado por 13 edificios que se localizan en tres de los lados de una plaza de planta cuadrangular. Su importancia radica en la riqueza de las inscripciones jeroglíficas encontradas, que nos brindan no sólo una cronología de su desarrollo, sino también información sobre sus gobernantes y sobre sus relaciones con otras ciudades de aquella época. Cuenta con un museo del sitio.

La Danza del Pochó

Al día siguiente, por la mañana nos reunimos con el grupo de danzantes y músicos de Tenosique, quienes son los encargados de organizar la Danza del Pochó durante las fiestas del carnaval. Esta vez, de forma especial, se disfrazaron y la escenificaron para que pudiéramos conocer esta tradición. Acerca de la fiesta de carnaval, nos contaron que tiene sus raíces a finales del siglo XIX. Durante la época de las monterías y chiclerías, que eran administradas por los españoles de algunas compañías como la Guatemalán y el Agua Azul. Éstas contrataban cuadrillas de trabajadores que se internaban en lo más profundo de la selva tabasqueña y la región del Petén guatemalteco para explotar las maderas preciosas, como la caoba, el cedro y la resina del árbol del chicle, coincidiendo su regreso durante las fechas de los festejos del carnaval. Así pues, los habitantes de este municipio se daban a la tarea de organizar dos partidos, el Palo Blanco y Las Flores, para contender por el cetro y la corona del carnaval. Con ellos se daba inicio al gran festejo. Desde entonces, la gran mayoría de la población participa en esa fiesta, a través de la danza prehispánica del Pochó.

La indumentaria de los cojoes incluye una máscara de madera, un sombrero adornado con palmita de jardín y flores, una capa, una faldilla de hojas de castaña, unas popalinas de sojol de hoja de plátano y un chiquís (sonaja hecha con una rama gruesa de guarumo hueca con semillas). Las pochoveras portan una falda floreada, una blusa blanca y un sombrero igual al de los cojoes. Los tigres van con el cuerpo embarrado de lodo amarillo y manchas negras, y llevan en la espalda una piel de ocelote o jaguar. Los instrumentos que acompañan la danza son la flauta, el tambor, el silbato y el chiquis. El carnaval finaliza con la muerte del actual capitán Pochó y la elección del nuevo, quien tiene a su cargo la misión de conservar el fuego sagrado y debe organizar los festejos, procurando que se lleven a cabo todos los rituales acostumbrados.

Por cierto, la designación se hace en forma curiosa, el pueblo se reúne tumultuosamente frente a la casa del electo y arrojan piedras, botellas, naranjas y otros objetos al techo. El propietario sale a la puerta y anuncia que acepta el cargo. Por fin, al entrar la noche, se instalan en la casa del capitán saliente con el objeto de asistir a su “muerte”, desarrollándose la escena como si la concurrencia asistiera a un velorio. Se comen tamales, dulces, café y aguardiente. El tambor debe tocar durante  toda la noche, sin cesar ni un momento. Al despuntar los primeros rayos (el Miércoles de Ceniza), el toque se hace cada vez más lento indicando que ha empezado la agonía, que dura unos momentos. Cuando el tambor calla, el Pochó ha muerto. Los asistentes dan muestra de una gran pena, se abrazan efusivamente, algunos lloran de dolor, otros porque finalizó la fiesta y algunos más por el efecto del alcohol.

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