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Travesía en bicicleta de montaña por Sierra La Laguna (Baja California Sur)

Por: Alfredo Mart

Nos propusimos cruzar la península de Baja California por su punto más alto, de mar a mar: del Mar de Cortés al Océano Pacífico.

Nos propusimos cruzar la península de Baja California por su punto más alto, de mar a mar: del Mar de Cortés al Océano Pacífico.

La península de Baja California no deja de sorprendernos por sus majestuosos santuarios naturales, los cuales aún se conservan vírgenes allí donde la vida sigue su fascinante curso milenario.

Tal es el caso de la sierra La Laguna, una mágica isla biológica situada al borde del Trópico de Cáncer (México Desconocido, núm. 217, marzo de 1995).

En nuestra segunda expedición a la sierra La laguna, el objetivo era cruzarla en bicicleta de montaña, atravesando la angosta península por su punto más alto, de mar a mar: del Golfo de California al Océano Pacífico.

Partimos de la tranquila y pintoresca ciudad de La Paz por la antigua carretera núm. 1 a San José del Cabo. Pasamos por el poblado minero de El Triunfo, que floreció durante el siglo XVIII gracias a sus vetas de plata; hoy es casi un pueblo fantasma, donde habitan escasas familias. Muchas de las construcciones, como las instalaciones mineras, están derruidas y abandonadas, aunque vale la pena visitar la antigua fundadora con sus enormes chimeneas.

Seguimos adelante por la serpenteare vía mientras disfrutamos de las bellas vistas panorámicas del Mar de Cortés y de la región de Los Planes, una de las más fértiles de Baja California Sur, donde se cultivan hortalizas y árboles frutales.

Bajando de la sierra siete kilómetros después de El Triunfo arribamos a San Antonio, el verdadero punto de partida; llegamos al entronque de la terracería que va a los ranchos de San Antonio de la Sierra, donde preparamos nuestro equipo: armamos la bicicleta, llenamos nuestra ánforas de agua, ajustamos nuestros casos e iniciamos el pedaleo por el polvoso camino, entre cactos y mezquites.

Las cuestas aumentaban conforme nos internábamos en la serranía. En los primeros kilómetros hasta el rancho de la Concepción, Renato no fue apoyando con su vehículo doble tracción; después cambiamos la camioneta por tres caballos para cargar el equipo de campamento y comida. Ahora venía la parte más pesada del primer día: una subida de cinco kilómetros. Siguiendo los 177° sur enfrentamos la infinita cuesta. Sentíamos que las piernas nos estallaban, el suelo arenoso no ayudaba nada. Ya de noche sacamos nuestras lámparas de cabeza y seguimos pedaleando para alcanzar la desviación que va al rancho de la Victoria, por el filo de la sierra hasta llegar a lo más alto, donde encontramos los restos de una cabaña muy grande. Según nos contó el arriero, pertenecía a un hombre de negocios de Los Cabos, quien falleció sin poder terminarla y disfrutarla. En ella levantamos nuestro campamento y dimos por finalizados los primeros 40 km de una jornada agotadora.

El amanecer desde la cabaña fue increíble: la vista panorámica a nuestros pies era única. Teníamos la verde serranía y al fondo la luz del Sol se reflejaba como oro en el Mar de Cortés. Después de un buen desayuno energético, iniciamos nuestro segundo día en la sierra. Empezamos pedaleando bastante bien, pero los caminos se hacías más y más angostos, hacia casi desaparecer en los espesos matorrales de uña de gato, que realmente nos arañaban como gatos; las gruesas espinas se enterraban y nos rayaron piernas y brazos hasta dejarnos como Santo Cristo. Fue entonces cuando decidimos cambiar los pantalones cortos por unos largos. Pero eso nos dificultaba el pedaleo y en muchos tramos resultaba imposible cargar la bicicleta durante horas. Renato venía a pie e iba consultando las cartas topográficas y el GPS (Sistema de posición satelital), para descifrar cuáles eran las mejores veredas. Así fuimos avanzando sobre los 137° sureste, hasta bajar al cañón de Santo Dionisio, donde levantamos nuestro segundo campamento a orillas de un arroyo. Durante ese día adelantamos muy poco debido a la dificultad del terreno; apenas recorrimos cuatro kilómetros y medio.

Al siguiente amanecer decidimos amarrar las bicicletas a los animales, ya que el camino hasta la alguna era imposible de pedalear.

Nos internamos en el corazón de la Reserva de la Biosfera Sierra La Laguna. Este santuario natural está ubicado en la región de Los Cabos, entre los 22° 50´ y los 24° 00´ latitud norte y los 109° 45´y 110° longitud oeste. La sierra La Laguna constituye un ecosistema en el mundo, que cubre una superficie de 112 437 hectáreas. Es una cadena montañosa de origen granítico, y corre de norte a sur con elevaciones que van desde los 800 hasta los 2 200 metros. Su picacho marca el punto más alto de la serranía, con longitud de 70 y anchura de 20 kilómetros.

El territorio es muy escabroso y accidentado; la vertiente del Golfo se caracteriza por tener una pendiente suave por la cual corren numerosos cañones, como San Dionisio, La Zorra, San Jorge, Agua Caliente y Boca de la Sierra. Por el otro lado, la vertiente del Pacífico es mucho más agreste y empinada, con sólo dos cañones: las Pilitas y la Burrera.

Caminamos siete kilómetros y medio siguiendo los 241° suroeste, en medio de la espesura de bosques de pino y encino, de los cuales colgaban grandes plantas de heno mientras los musgos forraban los troncos caídos. Entre esta explosión de frescura y verdor se apreciaban enormes palmas, mejor conocidas como sotelos, endémicas de la región.

Por la tarde llegamos finalmente a La laguna, que no es tal: es un enorme valle fangoso cubierto de zacatales, por donde corren numerosos arroyos; alcanza su máximo nivel de agua durante el época de tormentas, entre julio y octubre.

Acampamos a un costado del arroyo mayor que desciende por un cañón tras pulir enormes rocas de color blanco y grisáceo, y forma pozas de distintos tamaños donde no resistimos las ganas de nadar y refrescarnos, además de sacarnos toda la mugre de los días anteriores. El agua estaba tan fría que mordía, pero bien valió la pena. Regresamos al campamento listos para cenar una deliciosa pasta cocinada por nuestro buen amigo Renato; por ser italiano es a quien mejor se le da la gastronomía en nuestras expediciones.

Con la salida del Sol al siguiente día nos despedimos de nuestro arriero; regresó a su casa en el rancho de la Concepción mientras nos preparábamos para la cuarta y última jornada de travesía, sin duda la más emocionante. Ajustamos frenos y cambios de velocidades en nuestras bicicletas, nos abastecimos de agua, aseguramos nuestros cascos y comenzamos a pedalear por el gran valle de La Laguna, el cual ocupa 250 ha a una altura de 1 180 msnm, y es hogar de miles de ranas endémicas y numerosas aves que habitan en toda la sierra: el halcón peregrino. Falco peregrinus, el negro Parabuteo unicinctus y el cola roja Buteo jamaicensis, queleles, gavilanes, lechuzas y búhos. Entre los nectarinas estaba el colibrí xantus Hylocharis xantusii, conocido solamente en esta sierra, especie que habita durante todo el año en los bosques de pino y encino; se alimenta del néctar producido por las flores de otra especie exclusiva de allí, el madroño Arbustus peninsularis. Una variedad interesante es el pitorreal Melanerpes formicivorus, cuyo manjar son las bellotas de los encinos. En total habitan 74 especies de las 289 propias de la región de Los Cabos y 24 de ellas son endémicas.

Dejando atrás el gran valle por los 028° noreste, comenzamos a internarnos en la espesura de los bosques, mientras pedaleábamos por estrechas veredas llenas de piedras y raíces. Conforme avanzábamos éstas se hacían más empinadas. Siguiendo los filos de la sierra, pasamos muy cerca de los voladores. Allá lejos se apreciaban las azules y plateadas aguas del Pacífico, nuestra meta final, aún a muchas horas de pedal.

Lo cerrado de la vegetación y las enormes zanjas y deslaves abiertos debido a los abundantes escurrimientos de agua producidos por las fuertes tormentas nos obligaron a caminar con un pie delante y otro detrás. No obstante, continuamos la mayor parte del tiempo montados en las bicicletas –o en el suelo, por las constantes caídas--. Con nuestras reservas agotadas, después de cuatro kilómetros llegamos a un ojo de agua donde nos reabastecimos para la siguiente etapa.

Subimos un cerro muy perpendicular con nuestro vehículo de dos ruedas en la espalda y después, pedaleando a lo largo de cinco kilómetros por un camino de piedras y tierra suelta llegamos a una ancha terracería, que resultó una bendición para las bicicletas. Subiendo y bajando ya por las faldas de la sierra, observamos que la vegetación había cambiando radicalmente: ahora teníamos grandes arbustos, mezquites, palo blanco, jojoba, torotes y cactáceas enlazados con verdes enredaderas de flores moradas y amarillas.

Al atardecer y exhaustos después de 17 kilómetros de pedaleo, siguiendo los 256° suroeste, llegamos a la carretera núm. 19 que va de La Paz al pueblo de Todos Santos, a orillas del Océano Pacífico. Para no perder la costumbre, festejamos con una sabrosísima cena italiana, felices de haber completado nuestra expedición. Fue la primera vez que se cruzó la sierra La Laguna en bicicleta de montaña.

SI USTED VA A SIERRA LA LAGUNA

Si está interesado en andar en bicicleta de montaña por Baja California y explorar los infinitos caminos de terracería y veredas que recorren a los largo y ancho la península, existen dos opciones: llevar su bicicleta, equipo de campamento, mapas, refacciones, etcétera, o alquilarla.

La renta de buenas bicicletas de montaña en La Paz y Los Cabos es escasa; el mejor lugar para conseguirla o bien contratar un viaje de un día o de una semana con todo el equipo de campamento, durmiendo en los ranchos de la sierra La laguna, y camioneta de apoyo con comida, bebidas, refacciones y un guía profesional, es la compañía Katun Tours, en la ciudad de La Paz.

Fuente: México desconocido No. 254 / abril 1998

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