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Tzintzuntzan, nombre bello y bella artesanía. (Michoacán)

Por: Armando Mercado

Al lado del evocador lago de Pátzcuaro y muy próximo a monumentales construcciones arquitectónicas purépechas, Tzintzuntzan borda en paja sus fantasías.

Por la carretera que va de Quiroga a Pátzcuaro, a la orilla del lago, se localiza la pequeña población de Tzintzuntzan, nombre que en lengua tarasca significa "lugar de colibríes". A la llegada de los españoles gobernaba esta región Tzintzicha, conocido también como "Gran Caltzontzin", que quiere decir, según Beaumont, "el que nunca se descalza" (era costumbre que todos los reyes tributarios se descalzaran ante el emperador en señal de obediencia; sólo el rey de Michoacán nunca lo hizo, pues no era en realidad tributario ni inferior al gobernante mexica). 

ARQUITECTURA PURÉPECHA

El centro ceremonial purépecha está situado en la cumbre de un cerro, cercano al lago de Pátzcuaro, donde sus habitantes construyeron una gran terraza artificial, emparejando la ladera con capas de tierra hasta nivelar la superficie; grandes muros de piedra sostenían el conjunto.  En el centro de la plataforma se yerguen cinco yácatas en forma de "T", con un núcleo redondo en la base. La finalidad de estas construcciones fue dada a conocer cuando se descubrió un entierro en el interior de una de ellas. En la parte redonda de la construcción yacían los restos de un hombre y alrededor, en forma radial, los de sus acompañantes, cinco mujeres de un lado y nueve hombres del otro. También se hallaron bellos objetos de cerámica, metal y obsidiana.  Estos edificios están formados en su interior con un relleno de laja suelta, sin mezcla de algún material que los una, y en el exterior están revestidos con piedras cortadas de manera uniforme, unidas con lodo del lago. Esta forma de construcción es característica de la región tarasca.

En Iguatzio y Pátzcuaro también hay ejemplares muy notorios. Según el referido Beaumont, los tarascos eran esforzados y valientes guerreros, y también "muy ingeniosos y grandes trabajadores y lo siguen siendo. En testimonio del cronista P. Alonso Larrea, son eminentes en todos los oficios, en tal grado que sus curiosidades han corrido por todo el mundo con aplaudo general". Las noticias de la caída del imperio de los mexicanos, a manos de los hijos del Sol, asombró a todos los habitantes del reino de Mechoacan. El temor se apoderó de los caciques, y el gran Caltzontzin, después de muchas vacilaciones, decidió entregar su reino en manos del capitán Montaño, enviado de Hernán Cortés.  Algún tiempo después, este monarca fue bautizado con el nombre de Francisco y más tarde muerto por órdenes de Nuño de Guzmán. 

GRAN PERSONAJE

Después de la conquista arribó a la región un hombre que habría de convertirse en un símbolo para los tarascos, el obispo Vasco de Quiroga. "Tata Vasco", llamado cariñosamente por hombres, mujeres, niños y ancianos, como un reconocimiento a su labor de verdadero padre. Enseñó pacientemente a los indígenas a trabajar el barro, los metales, la madera y otros materiales. Hábiles por naturaleza, los tarascos absorbieron los conocimientos impartidos por este incomparable apóstol, convirtiendo esta región en una de las más fructíferas en producción artesanal. 

Desde el promontorio del centro ceremonial se aprecia el caserío de la pequeña población: techos rojos, muros encalichados, las torres de la iglesia que se asoman entre frondosos árboles y, al fondo, el lago, con sus quietas aguas que se funden a lo lejos con las montañas.  Por una angosta calle que conduce hacia el lago pasa por una recua cargada con hatos de paja de trigo. "Son para hacer figuritas, como cristos, canastas, lámparas y muchas cosas más", nos explica el arriero. "¿Ve aquella tiendita que está en la esquina? Es la casa de doña Ofelia. Ella y sus hijos trabajan la paja." 

EN EL TALLER    

Doña Ofelia, mujer morena, ojos vivaces y afable sonrisa, nos invita a sentarnos en unos pequeños bancos que hay en la trastienda.  "Lo primero que tenemos que hacer es buscar la paja de trigo en los ranchos donde sabemos que están cosechando. Después tenemos que colocarla en un lugar fresco donde conserve su humedad, porque si se reseca se hace quebradiza y ya no se puede trabajar". La señora Ofelia nos invita a pasar a lo que propiamente es el taller, un recinto amplio, con techo de teja y piso de tierra. En un lado, gran cantidad de figuras de paja cuelgan de las vigas o la pared: cristos, vírgenes, faroles, racimos de canastas y colgantes. En el otro extremo los hijos trabajan en unas pequeñas mesas.  "Fue por pura necesidad _nos sigue diciendo_. Mi esposo trabajó toda su vida en el ferrocarril; murió hace siete años, en un accidente; me dejó con siete hijos que mantener.

Lo primero que pensé, después de la pena, fue qué iba yo a hacer para mantener a mis muchachos. Primero abrí esta tiendita, pero, como usted comprenderá, no fue suficiente; luego se nos ocurrió hacer unas canastitas de paja, las cuales vendíamos entonces a cinco pesos. Gustaron tanto que una señora americana nos mandó hacer 2 500. Se las entregamos por semana y cuando terminamos... ¡imagínese!, teníamos en la bolsa 12 500 pesos de aquéllos.

Esto nos animó y decidimos hacer otras figuras, copiando a los otros artesanos. Después mi hijo Benigno, que ha salido muy bueno para dibujar, empezó a inventar nuevas formas y sucedió que ahora son los demás los que nos copian.  _¿Adónde vende usted sus productos?  _En un principio los entregábamos aquí mismo en el pueblo, con los que tienen tiendas de artesanías en el centro, aunque ganábamos muy poco; luego también vendíamos en México, en las tiendas grandes, aunque tampoco la ganancia era muy buena, ya que ellos eran los que fijaban el precio. Un día se le ocurrió a uno de mis hijos dar el enganche de una camioneta y con ella descubrimos que en la frontera podíamos vender nuestras cosas a un mejor precio. El año pasado hicimos 5 000 faroles y los vendimos a una tienda del otro lado; por primera vez cobramos en dólares. Con el producto de la venta hemos vivido y poco a poco también vamos agrandando la casa, conforme se van casando mis hijos les voy haciendo su cuartito y su cocina, para que vivan independientes. 

LA MAYOR PIEZA 

¿Espera usted que en el futuro todos vivan aquí como en una comunidad?  _Por supuesto que no, pero a mí me gusta tenerlos a todos aquí reunidos, ahora que si alguien quiere jalar por su lado, yo no se lo voy a impedir.  _¿Cuál es el producto que más se vende?  _Son estas canastitas. Las hacemos de varias formas y tamaños. Se usan para muchas cosas, para regalar dulces, para el arroz de las bodas, para arreglos florales; en fin, se hacen muy rápido y son muy bonitas. Mire, voy a hacer una frente a usted para que vea el tiempo que me toma. Doña Ofelia toma cuatro pedazos de paja y diestramente los van enlazando hasta formar un pequeño círculo; luego forma los lados y termina en el asa. 

 _Ya está. ¿Cuánto tiempo me llevó?  _Escasos tres minutos. ¿Cuál es la pieza más grande que han hecho?  _Sólo por pedido. Una vez un señor de México nos encargó un Cristo de dos metros de altura. Fue un trabajo muy difícil, ya que teníamos que empalmar dos o tres pajitas sin que se notara la unión, para dar el tamaño necesario. Tardamos cuatro meses en hacerlo, pero al final el señor quedó tan complicado que nos invitó a su casa para ver el lugar donde los había colocado. _¿Siempre hay paja para hacer sus productos?  _No señor. En esta región la siembra es temporal, por lo tanto sólo se encuentra paja en determinada época del año. Lo que hacemos nosotros es comprar bastante para tener siempre con qué trabajar.  _¿Cuál es la mejor época del año para ustedes?  _¡Ah! sin duda, la Semana Santa. No sólo porque vendemos bastante, sino también porque mucha gente de México y otros lugares viene para admirar las fiestas que se organizan en el pueblo, la procesión del Santo Entierro, las danzas, las ceremonias de la iglesia y el fandango, que nunca falta en las casas con su gran variedad de guisos y bebidas. 

EL LAGO

¿Qué otras actividades desarrollan los habitantes del pueblo?  _Los hombres se dedican también a la pesca, aunque cada día es más difícil vivir de esto, ya que los pescados se están acabando por la cantidad de desechos y basura que la gente tira en el lago. Nosotros, que vivimos aquí desde hace ya bastante tiempo, hemos notado que el nivel del agua va bajando año con año. Dicen los que conocen de esto, que en 20 años el lago de Pátzcuaro puede desaparecer, como algunos otros de la región. El pescado blanco, que antes abundaba, cada día es más difícil de atrapas.  Nos despedimos de Doña Ofelia y caminamos por una calle que conduce hasta la orilla del lago. El Sol se ha ocultado ya tras las montañas. La gente que se cruza con nosotros camina silenciosamente, como sombras; nos saludan tocándose ligeramente la orilla del sombrero. Unos pescadores sacan de sus barcas los blancos pescados producto de la jornada, usan sombreros de ala ancha, redondos, semejantes a los de los pescadores de Hong Kong, por sus rasgos, éstos también podrían ser orientales. A lo lejos se escucha el sonido limpio de las campanas. El aire que viene del lago es fresco y reconfortante. Dos colibríes juguetean sobre la blanca flor de un lirio acuático. 

Fuente:  México desconocido No. 107 / enero 1986

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