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Vida jurásica del Cañón del Huizachal (Tamaulipas)

Por: Ángel Mendoza Cruz

A la riqueza climática y biológica de Tamaulipas, debe sumarse un tesoro albergado en las formaciones geológicas de la entidad. Ahí se halla este cañón, lugar que aporta los fósiles de vertebrados continentales más antiguos de México.

A la riqueza climática y biológica de Tamaulipas, debe sumarse un tesoro albergado en las formaciones geológicas de la entidad. Ahí se halla este cañón, lugar que aporta los fósiles de vertebrados continentales más antiguos de México.

Ubicado a 25 kilómetros al sur de Ciudad Victoria, capital del estado, éste es uno de los sitios de estudio, dentro de tierras tamaulipecas, que atrae a la comunidad científica nacional e internacional. Un río y el verdor de la vegetación, se añaden al paisaje, agradable a los sentidos de visitantes y lugareños.

En medio de un terreno rojizo están dispersas e identificables –sólo a los ojos de los especialistas–, pequeñas piezas verdes que contienen valiosa información para comprender la diversidad y la evolución de los organismos.

Este espacio natural del noreste del país ha aportado restos de una fauna perteneciente al periodo Jurásico temprano, esto es, de 189 millones de años. Se trata de fósiles de esfenodontes –tipo de reptil– cocodrilos, mamíferos –insectívoros y carroñeros– y hasta un reptil volador.

Curiosamente, para ser el periodo durante el que reinaron los dinosaurios, no abundan registros de éstos.

DIMINUTAS GRANDEZAS

Todo inició con un descubrimiento fortuito, en 1982, que sacó a la luz el cráneo de un nuevo tipo de reptil mamiferoide, un tritilodóntido: Bocatherium mexicanum. A partir de tal hallazgo, se puso en marcha un proyecto de investigación de tipo geológico-paleontológico, apoyado por instituciones mexicanas y estadounidenses.

El mapa geológico del Cañon del Huizachal permite conocer que se trata de un terreno donde hay rocas volcánicas prejurásicas y se sabe además que las capas de lutitas arenosas –ricas en hematita– son las responsables de ese rojizo tono.

Además de su verde presencia, los fósiles de la región se distinguen porque están permineralizados –con minerales como apatita, cuarzo, calcita y clorita–, se encuentran desarticulados y son diminutos, o sea, de 5 milímetros aproximadamente.

La preservación de microvertebrados es atribuida a ciertas condiciones, por ejemplo un flujo de escombros, que dan cuenta de un proceso de fosilización que seleccionó a los seres pequeños.

De manera que los sedimentos finos de las lutitas –comparables al lodo– y la resistencia de las rocas –concedida por la actividad volcánica– ayudaron a conservar bajo el agua los restos de animales.

El escenario geológico de Tamaulipas es variado y complejo. Es posible encontrar lo mismo rocas muy recientes que otras del periodo Precámbrico, es decir, de una edad superior a los 600 millones de años.

En particular, el Cañon del Huizachal es un manchón rojizo del estado, forma parte de la Sierra Madre Oriental y contiene rocas, que por su antigüedad, son poco comunes en el mundo. Ese material rocoso es muy duro y ello favorece la protección de los fósiles, pues no se erosiona tan fácilmente.

Contrario a lo que podría pensarse, los investigadores no van por el territorio y hacen agujeros a la menor oportunidad. Requieren de la erosión que permite el afloramiento de alguna señal o indicación de los fósiles.

Ahora bien, la era Mesozoica –dentro de la que está el Jurásico– es una etapa poco estudiada en México, por lo que estos encuentros con el pasado ayudan a precisar dónde y cómo eran las condiciones de las tierras emergidas y contribuyen para conocer acerca de la paleogeografía del territorio nacional.

Sin perder de vista que los yacimientos fosilíferos son finitos, a la fecha no se pueden dar por finalizadas las investigaciones en el Cañón del Huizachal, por tanto, los científicos se plantean cómo conservar este espacio para continuar con su estudio y a la vez, hacerlo compatible con el desarrollo urbano requerido por Ciudad Victoria.

LA JOYA DE LA CORONA

Se trata de un reptil volador nombrado Dimorphodom weintraubi. Éste, a diferencia de otros ejemplares, no está aplastado sino en tercera dimensión y está articulado. El esqueleto tiene parte del cráneo y las primeras cuatro vértebras cervicales, así como una porción del ala derecha y de la pata trasera.

Con este descubrimiento, los paleontólogos han podido reformular la hipótesis acerca de cómo se desplazaban los pterosaurios o reptiles voladores. Anteriormente se pensaba que caminaban sobre sus dos patas traseras, se valían de sus dedos y podían correr. Gracias al espécimen tamaulipeco se conoce ahora que sostenían su peso apoyados completamente en sus patas y que podían trepar.

Lo que aún no se puede explicar con certeza son sus hábitos alimenticios. Por lo general se asocia a los reptiles voladores con un entorno marino, por tanto se les clasifica como piscívoros –alimentados de peces–. Pero esa reconstrucción típica que los presenta casi como pelícanos es, en la actualidad, un tema de discusión para los especialistas.

Fuente: México desconocido No. 353 / julio 2006

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