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Volcán el Chichonal, treinta años después (Chiapas)

Por: Roberto Porter N

El Chichonal –también llamado Chichón– es un volcán estratificado de 1 060 m de altura que se localiza en el noroeste del estado de Chiapas, en una región montañosa que comprende los municipios de Francisco León y Chapultenango.

Durante poco más de un siglo los volcanes del sureste mexicano permanecieron en un profundo letargo. Sin embargo, en la noche del domingo 28 de marzo de 1982, a las 23:32 horas, intempestivamente despertó un volcán hasta entonces casi desconocido: El Chichonal. Su erupción fue del tipo pliniana, y tan violenta que en cuarenta minutos la columna eruptiva abarcó 100 km de diámetro por casi 17 de alto.

En la madrugada del día 29 una lluvia de ceniza cayó en los estados de Chiapas, Tabasco, Campeche y parte de Oaxaca, Veracruz y Puebla. Fue necesario desalojar a miles de habitantes de la región; los aeropuertos se cerraron, al igual que gran parte de los caminos. Las plantaciones de plátano, cacao, café y otros cultivos terminaron destruidas.

En los siguientes días continuaron las explosiones y la bruma volcánica se extendió hasta el centro del país. El 4 de abril se presentó una explosión más fuerte y prolongada que la del 28 de marzo; esta nueva erupción produjo una columna que penetró en la estratosfera; en unos cuantos días, la porción más densa de la nube de ceniza circundó el planeta: llegó a Hawai el 9 de abril; a Japón, el 18; al Mar Rojo, el 21 y, por último, el 26 de abril cruza el océano Atlántico.

A casi veinte años de estos sucesos, El Chichonal es ahora un recuerdo lejano en la memoria colectiva, de tal forma que para muchos jóvenes y niños sólo representa el nombre de un volcán que aparece en los libros de historia. Con el propósito de conmemorar un aniversario más de la erupción y ver qué condiciones guarda ahora El Chichonal, viajamos a este interesante lugar.

EXPEDICIÓN

El punto de partida para cualquier expedición es la Colonia Volcán El Chichonal, un caserío fundado en 1982 por los sobrevivientes del asentamiento original. En este lugar dejamos los vehículos y contratamos los servicios de un joven para que nos guiara a la cumbre.

El volcán se encuentra a 5 kilómetros de distancia, así que a las 8:30 de la mañana emprendemos la marcha para aprovechar el fresco matinal. Hemos recorrido apenas medio kilómetro cuando Pascual, nuestro guía, señala la explanada que atravesamos en ese momento y menciona “Aquí estaba el pueblo antes de la erupción”. De lo que fuera una próspera comunidad de 300 habitantes no queda rastro alguno.

A partir de este punto se pone de manifiesto que el ecosistema de la región fue transformado en forma radical. Donde antes hubo campos de cultivo, arroyos y un espeso bosque en el que proliferó la vida animal, hoy se encuentran lomeríos y extensas llanuras cubiertas de pedruscos, guijarros y arena, revestidos de escasa vegetación. Al abordar la montaña por el lado este, la impresión de grandeza es ilimitada. Las laderas no alcanzan más de 500 m de desnivel, por lo que el ascenso es relativamente suave y para las once de la mañana ya estamos a 300 m de la cúspide del volcán.

El cráter es un enorme “tazón” de un kilómetro de diámetro en el fondo del cual se encuentra un hermoso lago de agua color verde-amarilla. En la orilla derecha del lago vemos fumarolas y nubes de vapor de las que se desprende un ligero olor a azufre. A pesar de la considerable distancia, claramente escuchamos cómo escapa el vapor a presión.

Descender al fondo del cráter nos toma 30 minutos. Es difícil concebir un escenario tan grandioso; el tamaño del “tazón” podría compararse con la superficie de diez estadios de fútbol, con paredes escarpadas que se alzan a 130 m de altura. El olor a azufre, las fumarolas y los riachuelos de agua hirviente nos recuerdan las imágenes de un mundo primigenio que ya hemos olvidado.

Justamente en el centro del cráter, el lago resplandece como una joya bajo los rayos del sol. Sus dimensiones aproximadas son de 500 m de largo por 300 de ancho y con una profundidad media de 1.5 m que varía de acuerdo con la temporada de estiaje y de lluvias. La peculiar tonalidad del agua se debe al contenido de minerales, azufre principalmente, y al sedimento que es removido continuamente por las fumarolas. Tres de mis compañeros no pierden la oportunidad de darse un chapuzón y se sumergen en las cálidas aguas, cuya temperatura fluctúa entre 33º y 34ºC, aunque suele aumentar hasta los 56.

Además de su belleza escénica, el recorrido por el cráter nos depara interesantes sorpresas, sobre todo en el extremo noreste, donde se manifiesta una intensa actividad hidrotérmica con pozas y manantiales de agua en ebullición; fumarolas que producen emisiones de vapor ricas en ácido sulfhídrico; solfataras, de las que emana gas azufroso, y géisers que ofrecen una vista por demás impresionante. Al caminar en esta zona extremamos las precauciones, ya que la temperatura promedio del vapor es de 100°C, pero llega a superar ocasionalmente los 400 grados. Debe tenerse especial cuidado al examinar los “suelos vaporizantes” –chorros de vapor que escapan por fisuras en la roca–, ya que el peso de una persona puede provocar hundimientos y dejar al descubierto el agua hirviente que circula abajo de ellos.

Para los habitantes de la región, la erupción de El Chichonal fue terrible y produjo efectos devastadores. Aunque muchos de ellos abandonaron a tiempo sus propiedades, otros más fueron sorprendidos por la rapidez del fenómeno y quedaron aislados debido a la lluvia de tefra y lappilli –ceniza y fragmentos de roca– que cubrieron los caminos e impidieron su salida. A la caída de ceniza siguió la expulsión de flujos piroclásticos, avalanchas de ceniza ardiente, fragmentos de roca y gas se desplazaron a muy alta velocidad y se precipitaron por las laderas del volcán, sepultando bajo una capa de 15 metros de espesor varios poblados, además de docenas de rancherías, tal como les sucedió a las ciudades romanas de Pompeya y Herculano, que en el año 79 d.C. sufrieron la erupción del volcán Vesubio.

Actualmente El Chichonal está considerado como un volcán activo moderado y, por esta razón, especialistas del Instituto de Geofísica de la UNAM sistemáticamente monitorean las emisiones de vapor, la temperatura del agua, la actividad sísmica y otros parámetros que pueden advertir sobre un incremento en la actividad volcánica y la posibilidad de que presentase otra erupción.

Poco a poco la vida ha vuelto a la zona; las montañas que circundan el volcán se han cubierto de vegetación gracias a la gran fertilidad de las cenizas y la fauna característica del lugar ha repoblado la selva. A poca distancia se levantan nuevas comunidades y con ellas la esperanza de que El Chichonal, esta vez, sí duerma para siempre.

TIPS PARA LA EXCURSIÓN

Pichucalco cuenta con gasolinera, restaurantes, hoteles, farmacias y tiendas. Es conveniente surtirse aquí de todo lo necesario, ya que en las siguientes localidades los servicios son mínimos. En cuanto a vestimenta, es recomendable llevar pantalón largo, camisa o playera de algodón, gorra o sombrero y botas o tenis con suela rugosa y que protejan el tobillo. En una mochila pequeña cada excursionista debe llevar obligatoriamente un mínimo de cuatro litros de agua y alimentos para un tentempié; chocolates, sandwichs, manzanas, etcétera, y no debe olvidarse la cámara fotográfica.

El autor del artículo agradece el valioso apoyo brindado por la empresa La Victoria.

SI USTED VA A EL CHICHONAL

Partiendo de la ciudad de Villahermosa tome la carretera federal núm. 195 con dirección a Tuxtla Gutiérrez. En el camino encontrará las localidades de Teapa, Pichucalco e Ixtacomitán. En esta última, siga la desviación hacia Chapultenango (22 km) hasta llegar a la Colonia Volcán El Chichonal (7 km). Desde este punto deberá caminar 5 kilómetros para llegar al volcán.

Fuente: México desconocido No. 296 / octubre 2001

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