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Peregrinación otomí al Zamorano (Querétaro)

Viaje a la montaña, refugio entre mezquites, petición a los abuelos y ofrendas a la guadalupana. Del semidesierto al bosque, las flores se mezclan en el sincretismo del pueblo otomí que lucha por mantener su identidad.

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El olor a fogón casero inundaba el ambiente mientras doña Josefina colocaba un platón de nopales y frijoles sobre la mesa. Por encima del caserío la silueta del Cerrito Parado se dibujaba con el resplandor de la Luna y el semidesierto se adivinaba en el oscuro horizonte. Parecía una escena extraída de la vida cotidiana en los pueblos prehispánicos mesoamericanos que cobraba vida en esta región otomí de Higueras en Tolimán, Querétaro, desde donde daría inicio la caminata anual de cuatro días al Cerro del Zamorano.

A la mañana siguiente, muy temprano, los burros que llevarían nuestro equipaje estaban listos y emprendimos camino a la comunidad de Mesa de Ramírez, lugar donde se localiza la capilla que celosamente resguarda una de las dos Santas Cruces que realizan el trayecto. A la cabeza de ésta comunidad se encontraba don Guadalupe Luna y su hijo Félix. Según el antropólogo Abel Piña Perusquia, quien ha estudiado la región durante ocho años, la caminata sagrada y las actividades religiosas en torno a la Santa Cruz son una forma de cohesión regional, pues los líderes religiosos de las doce comunidades que conforman la región de Higueras asisten cada año.

Después de una ceremonia presidida por el mayordomo encargado de la cruz, la fila de peregrinos comenzó a subir por los áridos y serpenteantes caminos. Llevan en las manos las ofrendas de flores del desierto envueltas en hojas de maguey y los víveres necesarios para el viaje, sin faltar las flautas y tambores de los músicos.

Al llegar al final del “valle”, la fila de la comunidad de Maguey Manso hizo su aparición en lo alto y, después de una pequeña presentación entre cruces y mayordomos, se retomó el camino. Para entonces el grupo lo formaban unas cien personas que deseaban ofrendar a la Virgen de la capilla localizada en la punta de la montaña. Minutos después llegamos a una capilla abierta donde se realiza la primera de siete paradas, allí se colocan las cruces con las ofrendas, se enciende copal y se pronuncian oraciones a los cuatro puntos cardinales.

Durante el trayecto don Cipriano Pérez Pérez, mayordomo de la comunidad de Maguey Manso me platica que por 1750, durante una batalla en el Pinal del Zamorano, un antepasado suyo se encomendó a Dios, que le respondió: “… si tu me veneras, no tengas preocupación que yo te voy a salvar.” Y así sucedió. Desde entonces, generación tras generación, la familia de don Cipriano ha encabezado la peregrinación: “…esto es de amor, hay que tener paciencia… mi hijo Eligio es quien se va a quedar cuando yo falte…”

El entorno comienza a transformarse mientras avanzamos. Ahora caminamos junto a la vegetación de bosque bajo y de pronto don Alejandro detiene la larga caravana. Los niños y jóvenes que asisten por vez primera deben cortar unas ramas y adelantarse para barrer el sitio donde se realizará la segunda parada. Al terminar de limpiar el lugar entran los peregrinos quienes formando dos filas, comienzan a dar vueltas en direcciones contrarias alrededor de un pequeño altar de piedra. Finalmente se colocan las cruces bajo un mezquite. El humo del copal se mezcla con el murmullo de las oraciones y el sudor se confunde con las lágrimas que brotan de hombres y mujeres. Se realiza una vez más la oración a los cuatro vientos y el emotivo momento culmina con el encendido de copal frente a las Santas Cruces. Es hora de comer y cada familia se reúne en grupos para disfrutar de: frijoles, nopales y tortillas. Poco después de continuar sobre el camino, zigzagueando por entre los cerros, el clima enfría, los árboles crecen y un venado cruza a lo lejos.

Cuando las sombras se estiran llegamos a otra capilla localizada frente a un gran mezquite donde acampamos. Durante toda la noche los rezos y el sonido de la flauta y el tamborcillo no descansan. Antes de que el sol se asome, la recua con el equipaje ya está en camino. Adentrados en el bosque de pino-encino y al bajar por una boscosa cañada y cruzar un pequeño arroyo, el sonido de la campana se esparce a lo lejos. Don Cipriano y don Alejandro se detienen y los peregrinos se acomodan para descansar. Desde lejos me hacen una discreta señal y los sigo. Se internan por una vereda entre la vegetación y desaparecen de mi vista para volver a aparecer bajo una enorme roca. Don Alejandro encendió unas veladoras y colocó algunas flores. Al terminar la ceremonia de la que solo cuatro personas éramos partícipes me dijo: “venimos a ofrendar a los mentados abuelos …si alguien está enfermo se les pide a ellos y luego el enfermo se levanta…”

Los “abuelos” los chichimeco-jonaces que habitaron la región se mezclaron con los grupos otomíes que acompañaban a los españoles en sus incursiones por la zona en el siglo xvii, por ello se les considera antepasados de los actuales pobladores.

Después de un cerro seguía otro y otro más. Al doblar por una de tantas curvas en el sendero un muchacho agazapado en un mezquite comenzó a contar a los peregrinos hasta llegar a 199, número que grabó sobre el árbol. “En éste lugar siempre se cuenta a la gente.”, me dijo, “…siempre se ha hecho…”

Antes de que el sol cayera, la campana volvió a sonar. Una vez más los jóvenes se adelantaron a barrer el sitio donde acamparíamos. Al llegar al lugar se me presentó un enorme albergue rocoso, una cavidad de 15 m de alto por 40 de ancho aproximadamente, que mira al norte, hacia Tierra Blanca, en Guanajuato. Al fondo, en lo alto de la pared rocosa se encontraban, apenas visibles, las imágenes de una Virgen de Guadalupe y un Juan Diego, y más allá, aún menos perceptibles, los Reyes Magos.

Por la senda que recorre la ladera de la boscosa montaña, los peregrinos avanzaban de rodillas, lenta y dolorosamente debido a lo pedregoso del terreno. Se colocaron las cruces bajo las imágenes y se realizaron las oraciones acostumbradas. La velación me impactó cuando la iluminación de las velas y los fogones se escurrió por las paredes y el eco respondió a las oraciones.

A la mañana siguiente, un poco entumido por el frío que llega desde el norte de la montaña, regresamos por el sendero para encontrar la pesada vereda que sube hasta la cima. En el lado norte, una pequeña capilla hecha de piedras sobrepuestas en una gran roca esperaba las Santas Cruces, que fueron colocadas bajo la imagen de otra Virgen de Guadalupe plasmada sobre el monolito. Félix y don Cipriano comenzaron la ceremonia. El copal inmediatamente llenó el pequeño recinto y todas las ofrendas fueron depositadas en su destino. Con una mezcla de otomí y castellano se agradeció haber llegado con bien, y las oraciones fluyeron a la par de las lágrimas. Los agradecimientos, las culpas expiadas, las peticiones de agua para las cosechas se habían dado.

Faltaba el regreso. Se cortarían plantas del bosque para ofrendarlas en el semidesierto y al iniciar el descenso de la montaña las gotas de lluvia comenzaron a caer, una lluvia que desde hacía meses se había necesitado. Al parecer los abuelos de la montaña estaban contentos por haber sido ofrendados.

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