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Adolfo Riestra. Escultor

Detrás de los “monigotes” de barro imaginados por Adolfo Riestra se advierte un frenético impulso estilístico. Ninguna contingencia limitó ni contuvo ese formidable torrente expresivo que fertilizó diversas regiones del arte contemporáneo.

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El riguroso formalismo de las esculturas realizadas principalmente en la última etapa de producción-hieráticas y severas, al mismo tiempo que ligeras y reveladoras de una indudable postura crítica frente al arte-confirma la libertad con que ese artista emprendió el camino hacia el desdoblamiento de una personalidad destinada a romper con una tradición en barro y cerámica aventajada y “folklorizada”, para orientarla en una dirección innovadora.

En su obra escultórica las reminiscencias de añejas civilizaciones y culturas desvanecidas hace siglos no presentan el carácter de un abandono gracioso ni festinan un amaneramiento retórico evocador de la grandeza de otros tiempos. La revisión en la que se empeñó Riestra durante toda su vida tendió más bien a hurgar en los contenidos plásticos de la antigüedad para desacralizarlos y despojarlos de ese halo de magnificencia que la razón moderna -del Renacimiento a nuestros días- se ha encargado de destacar.

Trabajo de demolición, estentóreo aullido de protesta contra todo un pasado que como lastre escamotea la búsqueda, es precisamente el rumbo por el que se interna para arribar a un terreno escampado, sin jerarquías valorativas justificadoras de la mediocridad o de la fatuidad conformista y amañada de un mundo contagiado de hipocresía. La temeridad con que ejecutó su obra rebasa los esquemas apostados tras las vanguardias y los estereotipos de una sociedad sin Dios acogida a la jerigonza del arte por el arte. Los espolonazos de castigo que se asestó durante los años más fecundos de su producción escultórica, fueron obstáculos asumidos con toda conciencia de causa para calar hondo en las paradojas que a menudo suelen acompañar al creador sólo comprometido con su obra. Jamás cejó en el propósito de dar cabida a la emergencia del arte, y siempre, atento al menor rasgo accidental consecuente con el proceso mismo de trabajo, insistía una y otra vez corrigiendo hasta quedar satisfecho con su creación. Apoyado en ese tortuoso ataque de los problemas plásticos formulados por su imaginación, aportó soluciones y definió lo que podríamos llamar “voluntad de estilo”.

Adolfo Riestra reparó desde muy temprano en la fuerza y riqueza del dibujo, la línea rápida, espontánea, libre y desprejuiciada del grafito sobre papel, a partir de lo cual estableció un eje para decidir la senda apropiada bacía la escultura. La voluminosa carpeta de tintas, que guarda en algunos casos pequeños prodigios, es antecedente y fiel testimonio de una necesidad técnica por reconocer la preeminencia integradora que un simple trazo contiene para la fundamentación de la espacialidad, de la tridimensionalidad escultórica. La explotación dibujística apuntaló su dominio geométrico que más tarde sirvió de gozne para desmadejar la lógica de la figuración, finalmente capitalizada en sus trabajos mayores realizados en barro. Las preocupaciones creativas de este artista se concentraron en el ritmo vertiginoso de las ideas y ensueños que lo mantenían en vilo pero que, en última instancia, al ser empujados a la superficie y dejarlos respirar en esos bocetos, se constituyeron en la matriz de sus piezas representativas. En ese sentido, Adolfo Riestra utilizó el dibujo como condición de hipótesis para un subsecuente desarrollo, tanto en las pinturas como en las terracotas.

Si bien es cierto que en la escultura su creatividad alcanzó la máxima tensión expresiva, la pintura no fue menos decisiva en el proceso de investigación plástica. AI igual que el dibujo, la pintura fue para Riestra una obsesión de la que jamás pudo desprenderse. Más aún, sin ella su trabajo escultórico hubiera carecido de contenidos, pues sabía que los conocimientos del pintor para retener en el plano la profundidad del espacio eran esenciales en la labor escultórica. La pintura fue “materia prima “-valga la expresión-para la consolidación de sus “ideas”, una especie de instrumento a partir del cual, sin perder la validez inherente a él, tomaba forma la escultura. Ésta y la pintura fueron dos momentos concomitantes en el quehacer de Riestra, una y otra se nutrían y desplegaban las particularidades de sus respectivos modos de operar. EI forcejeo entre ambas rutas alimentó su visión artística del mundo: la potencia colorística de su paleta reforzó los valores orgiásticos de la pintura, y el tono natural del barro le permitió acentuar la calidez y el dramatismo de la escultura salida de su taller.

La conexión entre las tres vertientes -dibujo, pintura y escultura- conforman la marcha de un proceso creativo soportado en la intuición -más que en la razón especulativa-, excitada con el propósito de engendrar eso que podríamos llamar “obra de arte”. Su técnica depurada, como cuerda bien templada, le permitió una ejecución precisa -incluso en las piezas más perturbadoras-, fuera de todo recargamiento que pudiera diluir la fuerza-contenido de la obra. Sin embargo, el dominio técnico, por lo demás indispensable, aunque una cuestión decisiva en Adolfo Riestra, no tuvo un valor desproporcionado. Ello es fundamental para la comprensión de su recorrido, porque la conciencia del problema técnico y la habilidad manual fueron condiciones ineludibles en su desarrollo, pero jamás el fin último, como lo atestigua buena parte de su producción. Sabía muy bien que los valores del arte no se miden sólo en términos de confección, sino que la implican y la rebasan. La transformación artística de la materia su- pone un esfuerzo adicional: imprimirle al barro, además de la manufactura, eso que “hace resonar el silencio” (Gelaut der Stelle, como diría Heidegger) para lograr su “descubrirse” en la “puesta por obra de la verdad”. En ese contexto cada obra, toda línea o pincelada, cualquier idea modelada es colocada en una perspectiva histórica, en un proceso evolutivo y en un crear para la obra de arte donde se inscribe la verdad y se ubica la propia experiencia del mundo del artista.

EI crecimiento es muestra de vitalidad que se sintetiza en el equilibrio logrado entre forma y contenido, doble función y simiente inaugural e innovadora de un lenguaje singular, típico de todo acto subversivo, de quebrantamiento de la realidad que se proyecta hacia un horizonte para quedar definidas las modalidades de una época. Es claro que Riestra impone un lenguaje y condiciona la experimentación en este campo donde la originalidad en su sentido más estricto había quedado en tela de juicio. La ruptura permite avances entendidos como una recuperación de la condición humana y no como el culto al progreso basado en la acumulación de información que tanto cacarea el cientificismo tecnocrático.

De una a otra obra, en cada trabajo emprendido, Adolfo Riestra logra reflejar al hombre en un juego de espejos, desde donde el espectador, junto con el artista, funda, crea y remodela “la visión congelada” (como diría Cuesta) para animar la sorpresa y penetrar en el misterio del arte. La invención de un lenguaje es lo más importante, pero a condición de que permita la relación creador-espectador.

AI hacer una revisión minuciosa del dibujo, pintura y escultura de Riestra nos encontramos frente a la evolución embriagadora de un espíritu dionisiaco en constante conflicto, concentrado en una lucha permanente donde es ineludible la visión trágica de la vida, es decir, del arte. EI espectador, por su parte, advierte y participa de la libertad latente en el lenguaje de esas representaciones que permiten pulsar el caos, el abismo, aquello sin fondo solo asible por medio de la forma, que al hacerse evidente rompe con la monotonía de la pequeña vida cotidiana.

Las reflexiones de Adolfo Riestra se manifiestan sorprendentes en su obra: se tornan “cosas” extraordinarias nutridas por lo que Kundera ha llamado “la insoportable levedad del ser”.

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