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Alfredo Zalce, la fama no es importante, aprender es lo que interesa

Nacido en Pátzcuaro en 1908, con 92 años a cuestas, pintor, grabador y escultor, Alfredo Zalce es uno de los últimos exponentes de la Escuela Mexicana de Pintura.

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Nacido en Pátzcuaro en 1908, con 92 años a cuestas, pintor, grabador y escultor, Alfredo Zalce es uno de los últimos exponentes de la Escuela Mexicana de Pintura.

Inicia su carrera como estudiante en la Academia de San Carlos en México, y a los veinte años obtiene su primer reconocimiento en Sevilla. La obra de Zalce es rica en imágenes del acontecer diario, del mestizaje y de las luchas democráticas del pueblo mexicano. Luis Cardoza y Aragón lo define así: “Cuando se piensa en lo mejor de la obra de Zalce, vivimos su perfección, su refinamiento y su inconformidad”, una inconformidad que va ligada a su legítimo y permanente compromiso social.

A manera de explorador solitario, individualista, con la curiosidad propia de un científico, Zalce aborda la pintura con los recuerdos de su primera juventud, transcurrida en el pueblo de Tacubaya, en los límites de la ciudad de los años veinte.

“Mis padres eran fotógrafos. Desde niño trabajé en la fotografía. Mi padre murió muy joven, y a los catorce años me convertí en el jefe de la familia. Mi hermano estudiaba medicina y no quería que yo estudiara pintura porque los pintores se mueren de hambre. Así fue que tuve que trabajar de fotógrafo. Cuando terminé la secundaria hice un trato con mi madre y le dije: ‘Tú tomas las fotografías y yo me voy a estudiar a la escuela’. Me tenía que ir a pie de mi casa a la escuela, cuatro veces al día. Una hora de caminar. Yo nací en Pátzcuaro, pero al inicio de la Revolución muchas familias se refugiaron en la ciudad de México. Entonces yo vivía en Tacubaya, que era un pueblo precioso y separado de la capital, ahora es un barrio horrible y por eso ya no quiero ir a México. Todo lo que era muy bonito lo han echado a perder”.

En 1950 Zalce traslada su taller a Morelia, ciudad donde reside hasta la fecha. Creador prolífico, se aventuró a utilizar todas las técnicas en su producción plástica: dibujo, acuarela, litografía, grabado en lámina, madera, linóleo, y por supuesto pintura de óleo y al fresco.

“Diego Rivera fue mi maestro en San Carlos un año. Daba unas pláticas que me sirvieron mucho. Su influencia fue determinante en el desarrollo de la pintura mural de México, con un sentido social muy profundo”.

Aunque aclara que la pintura mural ha existido siempre en México, fue en los años veinte, en el gobierno de Álvaro Obregón, cuando regresó Rivera de Europa para decir que “así como los campesinos querían tierra, los pintores querían muros para interpretar la revolución”.

Ha pasado el tiempo y aunque Zalce continúa pintando, sus manos extrañan las alturas; sigue pintando apartado del bullicio y de los honores a pesar de su avanzada edad y de los achaques que lo aquejan: “como pueden imaginar, mis cajones están llenos de medicinas que ahora tendré que ofrecer a través de una venta de garage”, comenta sonriendo.

Los años treinta marcan profundamente al hombre, al artista. Zalce se involucra en forma activa en las luchas sociales de la época: es miembro fundador de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios en 1933. A partir de 1937 forma parte de la primera generación de artistas del Taller de la Gráfica Popular, el cual plantea la renovación formal de la gráfica mexicana y la libertad de investigación. En 1944 es nombrado profesor de pintura de la Escuela Nacional de Pintura “La Esmeralda”, y en 1948 el Instituto Nacional de Bellas Artes organiza una gran muestra retrospectiva de su obra, la cual además ha sido exhibida en los principales museos de Europa, Estados Unidos, América del Sur y el Caribe, y forma parte de importantes colecciones privadas.

En 1995 se organiza una exposición-homenaje en el Museo de Arte Contemporáneo de Morelia, que lleva su nombre, así como en el Museo del Pueblo de Guanajuato y en la Sala Nacional del Museo del Palacio de Bellas Artes en la ciudad de México. Del mural al batik, del grabado y la litografía al óleo, de la cerámica a la escultura y del duco al tapiz, entre otras técnicas, esta exposición constituyó un gran mosaico de la vasta y prolífica creación plástica del maestro Alfredo Zalce. ¡Que Dios lo guarde por muchos años más!

Fuente: Tips de Aeroméxico No. 17 Michoacán / otoño 2000

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