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Anecdotario del tabaco en San Andrés Tuxtla

Nuestros pasos nos llevaron con quienes, bajo el embrujo de la tierra fértil y el humo de las hojas secándose en las enormes galeras, viven el día a día, compartiendo los secretos de este producto que por siglos se resiste a morir.

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Llegamos al amanecer por la carretera que va de Veracruz a Coatzacoalcos. Despertamos justo cuando comenzaba a imponerse el volcán de San Martín al lado izquierdo del paisaje. Vinimos a conocer las plantaciones de tabaco de la región, ¡era increíble que una tradición agrícola tan antigua permaneciera exitosamente en pleno siglo XXI!

San Andrés Tuxtla

Al llegar ahí, tomamos un transporte que nos dejó en las plantaciones de Calería, una localidad perteneciente al Municipio de San Andrés. Lo primero con que tropezaron nuestros ojos al entrar a los sembradíos fue el verde brillante de las hileras de la solanácea (tipo de arbustos), la armonía casi minimalista del espacio entre ellas, del tamaño y la forma de sus hojas, de la simetría con que crecen en cada una de sus áreas, las que están recién brotando de la tierra, las de hojas tiernas y elásticas, las más viejas que sobrepasan la estatura de una persona promedio y que se van volviendo cada vez más anchas, ásperas, amargas y de un verde más oscuro…

Secretos del tabaco

La hoja del tabaco amarga las manos de tal manera con su resina pegajosa, que es difícil que se quite en varios días, por lo que si se trabaja, se debe ser cuidadoso al comer para no echarse a perder el almuerzo. Sin parar de laborar, los mayores nos platicaron que el método que utilizan es el mismo de siglos atrás, exceptuando las sustancias que utilizan para combatir las plagas. No obstante, a pesar de que su cultivo cuente con siglos de producción, el tabaco es una planta milenaria en estos lugares: ésta se daba de manera silvestre en Los Tuxtlas y era ya utilizada en las pequeñas poblaciones establecidas en la zona, incluso por mujeres y niños, mucho antes del choque cultural que sobrevino con la Conquista. Eso explica por qué mi tatarabuela fumaba puros…

Casi un ritual

Cuando hubo una ola de inmigrantes cubanos que conocían el método para organizar una buena producción de lo que ellos llaman ‘habanos’, productores nacionales y extranjeros se entusiasmaron a dedicarse al cultivo de esta planta, animados por la introducción del tren en la zona, entre otras cosas. A la pregunta de por qué si la hoja es originaria de la región, si fue cultivada y utilizada exitosamente desde hace muchos siglos, no se convirtió toda esta zona en un productor de gran magnitud mundial, nos viene una respuesta que abarca no sólo a la producción de tabaco, sino a la mayoría de los cultivos coloniales: la corona acaparó el mercado haciendo que no fuese redituable para quienes querían dedicarse al cultivo de esta hoja; a pesar de ello, en esta zona −al contrario de Orizaba, donde anteriormente se encontraba la mayor parte de las plantaciones del estado−, se siguió cultivando la solanácea clandestinamente, esperando el momento en que los impuestos al tabaco disminuyeran o desaparecieran; sin embargo, cuando esto sucedió, el mercado internacional había sido acaparado por otros países productores ante el auge del tabaco, y los precios habían caído tanto que no era redituable. Aún así, las especies de tabaco criollo de la región, la óptima altitud y el clima del lugar, así como la gran calidad de la hoja en estas tierras, pronto hicieron que se reconocieran los atributos de este tabaco, y aunque tuvo que competir con otras industrias como la ganadería, que comenzaban a acaparar los terrenos de los Tuxtlas, algunas personas se mantuvieron en movimiento para abrirse camino en el mercado.

Otra dimensión de la abundancia

La humedad del suelo, los paisajes radiantes, el sonido de las cigarras y los pájaros, las cercas vivas de palo-mulatos con sus cortezas brillantes y rojas, y de cocuites, llenos de flores de un rosa pálido; las manchas del sol filtrándose en las nubes que se reflejan sobre el valle de San Andrés y en la serranía, y las risas de quienes sostienen burlas fraternales mientras se encuentran trabajando, componen un paisaje muy parecido a lo que en mi imaginación es la abundancia.

La tierra huele a humedad y estar bajo las hojas del tabaco permite una labor más fresca que la de aquellos que trabajan en las zonas donde crecen los brotes, bajo la luz directa del sol. Estos efectos prismáticos de la luz con las nubes y con los cerros tapizados de tonalidades de verdes brillantes, las parvadas de pájaros, las copas esponjadas de los mangos, los nidos colgantes de las calandrias, estimulan los recuerdos que me han transmitido las personas a mi alrededor.

El suelo aún conserva su fertilidad, a pesar de los agroquímicos, del ganado, de la erosión y de que la vegetación que queda en la selva de Los Tuxtlas (apenas queda el 10% de lo que era); se pueden ver aún carpinteros, cardenales, clarines, chachalacas y pericos buscando lugares dónde anidar; hay numerosas cascadas a los alrededores.

Expertos hablan…

En la actualidad, se usa principalmente el tabaco Sumatra y el llamado Negro, aunque algunos utilizan también la semilla de una variedad llamada Habana 2000.

La razón por la que se cultivan variedades distintas de tabaco se debe a que durante la fabricación de los cigarros, las hojas para las diferentes partes de éstos, deben tener propias características.

Nos platicaron que para sembrar el tabaco se necesita principalmente que la tierra esté completamente “pulida”, es decir, que no contenga raíces, insectos, grumos o parásitos, para lo que se “barbecha”, desenraiza, arrastra y fumiga; el terreno se marca con “pitas” y se siembran las plantas con unos 30-40 centímetros entre sí. Las plantas se someten, mientras crecen, a un constante abono, deshierbe y desinfección. Cuando las plantas tienen entre 15 y 20 hojas, se les corta el “cogollo”, es decir el retoño de la punta, para que no sigan creciendo más o floreen prematuramente, entonces la planta se queda “en lomo”, o sea, trunca, y no siga creciendo hacia arriba; a este procedimiento le nombran “capar” o “truncar”.

Mientras las hojas van creciendo sigue el proceso de desgusane, pues en ese momento las hojas son muy codiciadas especialmente por orugas; en esta labor participan generalmente mujeres, las cuales espulgan las plantas y meten las orugas en contenedores. A continuación, cuando las flores del tabaco se vuelven fruto, sigue el proceso de “deshijarlas”, es decir, limpiarlas de frutos para que sigan concentrando su fuerza en las hojas.

Cuando la planta está lista, el corte debe ser hecho por personas experimentadas que conozcan las hojas cuando están “sazonas”, listas para el corte son aquellas que presentan “pringas” amarillas.

El trabajo que sigue entonces es el de “curar” el tabaco, el cual debe secarse para que sus atributos se intensifiquen; este proceso se da en las denominadas galeras, las cuales pueden tener hasta 20 metros de altura y donde el tabaco ya “trenzado” se cura con humo o con viento. Dependiendo del método, las hojas adquieren características distintas. Al entrar a las galeras nos sorprendió el intenso olor, difícil de soportar para quien no acostumbra sentirlo, el cual se intensifica en el momento en que el tabaco se cura con humo, pues se encuentran totalmente encerradas, recibiendo el calor del carbón o leña; aquellas que trabajan con viento se valen de ductos por los que el aire atraviesa ventilando estas casas, acariciando el tabaco para no dejar que éste, encerrado con calor húmedo, se pudra o se cubra con hongos.

El proceso de fermentación dura entre uno y tres meses, después del cual las trenzas “apean”, es decir, se bajan de los andamios, y las hojas se clasifican según tipo, tamaño y olor, para empacarse para su exportación o para dejarse añejar hasta dos años.
Cuando las hojas están listas para ser consumidas, se desvenan y comienza el proceso de enrollarlas, el cual varía según el tipo de cigarro que se quiera hacer. Para enrollar se usa una goma vegetal inodora e insípida que no altera el sabor. Nos sorprendió escuchar que anteriormente se leía a las personas que trabajaban en esta etapa del proceso, práctica que desgraciadamente se ha perdido en la mayor parte de las tabacaleras mexicanas y que consistía en que un lector asalariado por los dueños o por los mismos obreros, leyera novelas o noticias a los enrolladores; después me enteré que este método fue introducido por un par de propietarios cubanos en 1875, quienes trajeron el concepto de la tabacalera moderna a la zona de Los Tuxtlas.

Mientras nos acompañaban a la salida de la plantación y nos recomendaban un lugar cercano para comer, los cultivadores seguían evocando épocas de prosperidad en la zona. Así, conversando, ya de regreso y después de terminar unos papayanes (tortillas blandas y gigantes de maíz criollo con salsa de chiles chilpaya), partimos nuevamente emocionados a buscar más recuerdos de ese México que es verdaderamente rico y abundante, no por su petróleo, sus carreteras o su modernidad, sino por su biodiversidad, su multiculturalidad, la bondad de sus personas al compartir sus vidas, su inmensa cantidad de productos nutritivos y deliciosos, de paisajes hermosos que parecen muchas veces estar, como en Los Tuxtlas, esperando suspendidos en el tiempo, a que los vivamos y cuidemos, a que no dejemos que se conviertan en tan sólo un recuerdo.

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