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Ángel Zárraga, pintor duranguense que traspasó las fronteras

Aunque es uno de los grandes pintores mexicanos de este siglo, a Zárraga se le conoce poco en México por el hecho de haber pasado más de la mitad de su vida en el extranjero –cerca de cuarenta años en Europa–, principalmente en Francia.

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Ángel Zárraga nace un 16 de agosto de 1886 en la ciudad de Durango, y apenas adolescente se registra en la Academia de San Carlos, donde conoce a Diego Rivera, con quien entabla una fuerte amistad. Sus maestros son Santiago Rebull, José María Velasco y Julio Ruelas.

A los 18 años de edad –en 1904– inicia su estancia en París y se refugia en el acervo clásico del Museo del Louvre, protegiéndose del desconcierto que le causan el impresionismo y las nuevas corrientes, aunque manifiesta su reconocimiento por Renoir, Gauguin, Degas y Cézanne.

Al no estar muy de acuerdo con lo que se enseña en la Escuela de Bellas Artes de París decide estudiar en la Real Academia de Bruselas, y posteriormente se instala en España (Toledo, Segovia, Zamarramala e Illescas), que representa para él una modernidad menos agresiva. Su primer maestro en estas tierras es Joaquín Sorolla, quien lo ayuda a ser incluido en una muestra colectiva en el Museo del Prado en Madrid, donde dos de sus cinco obras son premiadas e inmediatamente vendidas.

Corre el año de 1906, y en México Justo Sierra –secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes– consigue que Porfirio Díaz pensione a Zárraga con la cantidad de 350 francos mensuales para fomentar sus estudios de pintura en Europa. El artista permanece dos años en Italia (Toscana y Umbría) y expone en Florencia y Venecia. Regresa a París en 1911 para presentar su obra por primera vez en el Salón de Otoño; sus dos cuadros –La Dádiva y San Sebastián– le valen un gran reconocimiento. Durante algún tiempo Zárraga se deja influir por el cubismo y después se dedica a pintar temas deportivos. El movimiento de los corredores, el equilibrio de los lanzadores de discos, la plasticidad de los nadadores, etcétera, lo apasionan intensamente.

Entre 1917 y 1918 pinta las decoraciones escénicas para la obra dramática Antonio y Cleopatra de Shakespeare, que se representa en el teatro Antoine de París. Estas decoraciones pueden considerarse como tempranos intentos del artista por incursionar en la pintura mural.

Posteriormente se dedica durante varios años a realizar las pinturas murales –al fresco y a la encáustica– del castillo de Vert-Coeur en Chevreuse, cerca de Versalles, donde decora la escalera, el salón familiar, el corredor, la biblioteca y el oratorio. Justo en esta época José Vasconcelos lo llama para que participe en el muralismo mexicano, decorando los muros de los edificios públicos más importantes, pero Zárraga se niega porque aún no ha terminado su obra en dicho castillo.

Sin embargo, empieza a desarrollar una vasta obra mural en Francia.

En 1924 decora su primera iglesia, la de Nuestra Señora de la Salette en Suresnes, cerca de París. Para el altar mayor y los laterales realiza bellas composiciones en las que emplea algunos recursos formales del cubismo (lamentablemente estas obras están hoy desaparecidas).

Entre 1926 y 1927 pinta los dieciocho tableros de la entonces legación de México en París por encargo del ingeniero Alberto J. Pani. Dichos tableros decoran el recinto durante varias décadas, pero después son mal arrumbados en una bodega y cuando se redescubren ya están sumamente deteriorados. Por fortuna, años más tarde son enviados a México, donde se restauran e inclusive se exponen al público. La mayoría de ellos permanecen en el país y los otros se devuelven a la embajada. Enseguida comentamos brevemente cuatro de estos tableros.

Se desconoce si el autor intelectual de las dieciocho obras es el mismo Zárraga o el ministro que las encarga. Las pinturas se asimilan totalmente a la corriente artística del momento, conocida ahora como art déco; el tema es una visión alegórica concerniente “al origen de México, las perturbaciones naturales de su crecimiento, su amistad por Francia y sus anhelos de mejoramiento interno y de confraternidad universal”.

Amaos los unos a los otros. Muestra varias figuras humanas de todas las razas que se agrupan en torno de un globo terrestre –sostenido por dos figuras arrodilladas– y que conviven en armonía. Zárraga es sumamente devoto e intenta transmitir que desde el Sermón de la Montaña (hace casi dos mil años) la civilización moderna se ha empeñado en impregnar de cristianismo el espíritu del hombre y éste no ha sido capaz de retener ni siquiera la más mínima dosis de moral contenida en los diferentes códigos, según lo prueban la necesidad de la policía y las guerras entre partidos políticos, clases sociales o pueblos.

La frontera septentrional de México. Aquí se marca tanto la línea divisoria de las dos razas que pueblan el continente como la frontera norte de la América Latina. En un lado se encuentran los cactus y las flores del trópico, mientras que en el otro están los rascacielos, las fábricas y todo el poder acumulado del progreso material moderno. Una indígena es el símbolo de América Latina; el hecho de que la mujer se encuentre de espaldas y de cara hacia el norte puede responder lo mismo a una actitud de recibimiento que a un gesto de defensa.

El cuerno de la abundancia. Las riquezas de México –ambicionadas y poseídas por los privilegiados de dentro y los poderosos de fuera– han sido causa constante de las dificultades internas y externas del país. El mapa de México, su cornucopia y un haz luminoso en forma de madero que es cargado por la india, expresan que la misma exuberante riqueza del suelo patrio ha sido la cruz del pueblo mexicano y el origen de todos sus dolores.

El martirio de Cuauhtémoc. Ultimo tlacatecuhtli azteca, Cuauhtémoc simboliza la enegía y estoicismo de la raza india.

Zárraga continúa su obra pictórica en diversos sitios de Francia, y en los años treinta se le considera como el artista extranjero que más encargos recibe para pintar muros en ese país.

En 1935 Zárraga empleó por primera vez la técnica del fresco en los murales de la Capilla del Redentor, en Guébriante, Alta Saboya, éstos, aunados a su brillante trayectoria, le valieron el nombramiento de oficial de la Legión de Honor.

Estalla la Segunda Guerra Mundial y 1940 es un año muy difícil para el pintor, pero el 2 de junio –fecha del gran bombardeo a París– Zárraga, sumamente despreocupado, sigue pintando los frescos de la capilla estudiantil de la Ciudad Universitaria de París. “No era por valor, sino por ese fatalismo que tenemos los mexicanos”.

Su trabajo no lo margina de los sucesos que conmocionan al mundo. A través de Radio París dirige una serie de programas dedicados a despertar la conciencia antinazi en América Latina. Si bien fue un artista que se mantuvo alejado de la política, Zárraga era un católico devoto, y además de pintar escribió poesías, crónicas y profundos ensayos sobre cuestiones artísticas.

A principios de 1941, ayudado por el gobierno mexicano, Zárraga regresa a nuestro país en compañía de su esposa y de su pequeña hija. Al llegar no reconoce el significado y el trabajo de los muralistas en México. La desinformación del pintor duranguense parte de su desconocimiento del México posrevolucionario. Sus únicos recuerdos se hundían en el afrancesamiento y el europeísmo de la época porfirista.

Ya en México se instala en la capital, monta un estudio donde imparte clases, pinta algunos retratos y, por encargo del arquitecto Mario Pani, inicia en 1942 un mural en los salones del Club de Banqueros del edificio Guardiola. El artista elige como tema la riqueza.

Realiza además un fresco en los Laboratorios Abbot y hacia 1943 comienza su obra de mayor envergadura en la Catedral de Monterrey.

Poco antes de su fallecimiento, el pintor trabaja en los cuatro frescos de la Biblioteca México: La voluntad de construir, El triunfo del entendimiento, El cuerpo humano y La imaginación, pero sólo concluye el primero.

Ángel Zárraga muere por causa de un edema pulmonar a los 60 años de edad, el 22 de septiembre de 1946. Con este motivo Salvador Novo escribe en el Novedades: “Le ungía un prestigio europeo, proporcionalmente mayor a su llegada, que el que adornó a Diego Rivera a la más temprana suya… pero en la fecha en que volvió a su patria, ya su patria había sucumbido a la aceptación de lo que se tiene, entre el vulgo, por la escuela de Rivera, y la pintura realista, académica, de Ángel Zárraga, resultaba extraña, discordante… Era pintor mexicano cuyo nacionalismo hacía pensar en un Saturnino Herrán, en un Ramos Martínez, perfeccionados o evolucionados hacia una mayor maestría clásica… No hacía concesiones a la moda que se encontró arraigada a su regreso en su país”.

Las principales fuentes de información para la redacción de este artículo provienen de: El anhelo por un mundo sin fronteras. Ángel Zárraga en la legación de México en París, de María Luisa López Vieyra, Museo Nacional de Arte, y Ángel Zárraga. Entre la alegoría y el nacionalismo, textos de Elisa García-Barragán, Secretaría de Relaciones Exteriores.

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