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Antecedentes históricos del Colegio de Ingenieros

Nuestro país, desde la época prehispánica, ha recurrido a la ingeniería para resolver problemas sociales y mejorar las condiciones de vida de la población. La participación de esta no sólo se ha llevado a cabo en el campo de las invenciones y edificaciones, sino también en la toma de decisiones políticas y económicas.

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Las ideas sustentadas en la razón, que permearon el ambiente cultural y científico de la sociedad europea en el siglo XVIII, se popularizaron rápidamente en Nueva España. La ingeniería, en particular, sufrió cambios severos, dejó de ser una actividad artesanal para convertirse en una disciplina científica. De esta manera, la formación científica del ingeniero se convirtió en un requisito indispensable en cualquier región del mundo que aspiraba a alcanzar el progreso tan difundido por las ideas de la Ilustración.

En 1792, por primera vez en la historia de la educación en México, se fundó una institución cuya enseñanza era totalmente científica, el Real Seminario de Minería. Lejos de la tradición escolástica se impartieron oficialmente los cursos de matemáticas, física, química y mineralogía a los primeros ingenieros que sustentaban el título de peritos Facultativos de Minas, ya que el término Ingeniero no se empezó a usar en esta institución hasta 1843.

Es importante destacar que fueron dos criollos ilustrados-representantes del gremio más poderoso de la Colonia, el Minero-,los que propusieron en 1774 al Rey Carlos III la creación de un Colegio Metálico, con la intención de aumentar la producción de los metales preciosos. Para ello, consideraron indispensable contar con especialistas que resolvieran los problemas de las minas, no con una visión empírica, sino con bases científicas.

El Colegio de Minería, además de distinguirse por ser la primera casa de las ciencias en México, como le llamó el médico José Joaquín Izquierdo, destacó por ser la cuna de importantes instituciones científicas como el Instituto de Geofísica, el Instituto de Matemáticas, la Facultad de Ciencias, el Instituto de Geología, el Instituto de Química, el Instituto de Ingeniería, y la Facultad de Ingeniería, por mencionar algunas dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Algunos años después de lograr nuestra Nación su independencia, el Colegio de Minería se integró al Estado, y a su lado compartió una trayectoria tortuosa de cambios, inestabilidades, limitaciones y carencias, entre otros avatares. A pesar de ello, los ingenieros aceptaron con gran responsabilidad su compromiso con el país: ayudar en la organización, administración y desarrollo de una nación empobrecida y dividida por las cruentas guerras. Su participación fue más allá de la mera aplicación de la ingeniería, ya que incluyó también las esferas política, cultural, económica e incluso la científica. Por ejemplo, en el siglo XIX, los ingenieros ocuparon cargos como Ministros de Fomento, Colonización, Industria y Comercio; Guerra y Marina; Relaciones y Gobernación por mencionar algunos de los más destacados. Fundaron instituciones como el observatorio Astronómico Nacional, el Instituto de Geografía y Estadística, que en 1851 se convertiría en Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; la Comisión Geográfico Exploradora, el Instituto Geológico Nacional, la Comisión Científica Mexicana y la Comisión Geodésica Mexicana, entre otras. Las necesidades del Estado obligaron al Colegio a ampliar sus especialidades de ingeniero de minas, ensayador, beneficiador de metales y apartador de oro y plata a las de agrimensor, geógrafo y, aunque por poco tiempo, a la de naturalista. Los egresados participaron en importantes obras públicas como la exploración geológica de diversas regiones, la elaboración de planos topográficos y el reconocimiento estadístico de diversas zonas del país, el establecimiento de un Colegio Militar, el reconocimiento de minas, estudios geológicos y del desagüe del Valle de México, análisis de proyectos de ferrocarriles, etc. Poco a poco se hacía evidente la necesidad de contar con la carrera de ingeniero civil, misma que quiso introducir el emperador Maximiliano de Habsburgo en el Colegio cuando lo intentó transformar en Escuela Politécnica.

Un proyecto modernizador

Con el triunfo de los liberales en 1867 el país inició una nueva etapa como país independiente. Los cambios propuestos por el nuevo régimen, la estabilidad política y el periodo de paz logrados por varias décadas condujeron a una reorganización del país que favoreció a la ingeniería mexicana.

Benito Juárez introdujo la carrera de ingeniero civil en 1867, al mismo tiempo que transformó el Colegio de Minería en la Escuela Especial de Ingenieros. Esta carrera, al igual que la de ingeniero mecánico, y las reformas llevadas a cabo en los planes de estudio de los demás profesores, formaron parte de la estrategia educativa del presidente para realizar su proyecto de modernización, especialmente en los aspectos ferroviario e industrial.

Parte de la continuidad del proyecto modernizador condujo al fortalecimiento de la Escuela de Ingenieros. En 1883 el presidente Manuel González la transformó en Escuela Nacional de Ingenieros, nombre que conservaría hasta mediados del siglo XX. Creó la carrera de telegrafista, y fortaleció el plan de estudios de la profesión de ingeniero civil, al actualizar los programas de las materias existentes e introducir otras nuevas. El nombre de la carrera cambió a Ingeniero de Caminos, Puertos y Canales, mismo que conservó hasta 1897. En este año, el presidente Porfirio Díaz promulgó la Ley de Enseñanza Profesional de la Escuela de Ingenieros, mediante la cual regresó a la denominación de ingeniero civil, misma que se utiliza hasta nuestros días.

Conforme ha transcurrido el tiempo, el plan de estudios de la carrera de ingeniero civil se ha tenido que actualizar en función de los avances científicos y tecnológicos y de las necesidades del país.

El Colegio de Ingenieros Civiles de México

El término ingeniero era utilizado en la Europa del Renacimiento para denotar a la persona que se dedicaba a fabricar armas, construir fortificaciones e inventar artefactos de uso militar. Los que se dedicaban a la construcción de obras públicas eran llamados alarife, arquitecto, constructor, perito, jefe y maestro de obras. Desde de la segunda mitad del siglo XVIII algunas personas que realizaban obras ajenas a la milicia se empezaron a autodenominar “ingeniero civil”. Y, al igual que los ingenieros militares, aprendían -como en cualquier oficio-, empleando métodos empíricos y manuales.

La primera escuela de ingeniería civil fue fundada en Francia en 1747 y se llamó Escuela de Puentes y Caminos. Pero no fue sino hasta mediados del siglo XIX que surgieron aquellas instituciones dedicadas a impartir una formación completa en física y matemáticas, que otorgaban el grado de ingeniero civil.

A través de la creación de asociaciones e instituciones los ingenieros civiles lograron obtener un lugar respetable en la sociedad.En 1818 se estableció la Institution of Civil Engineers of Great Britain, en 1848 la Société des Ingénieurs Civils de France, y en 1852 la American Society of Civil Engineers.

En México también surgió el interés de fundar una Asociación de Ingenieros. El 12 de diciembre de 1867 el ingeniero y arquitecto Manuel F. Álvarez citó a una reunión a todos los ingenieros civiles y arquitectos que desearan participar en dicha asociación. Ese día se discutieron y aprobaron los estatutos, y el 24 de enero de 1868 se inauguró la Asociación de Ingenieros Civiles y Arquitectos de México, en el Salón de Actos de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Participaron 35 socios y quedó como presidente Francisco de Garay. La Asociación empezó a crecer; en 1870 contaba ya con 52 asociados, y con 255 en 1910.

Esta agrupación se convirtió no solo en el puente de enlace de los ingenieros y arquitectos mexicanos para lograr un mejor desempeño de sus labores, sino también ejerció el papel de canal de comunicación con los ingenieros de otros países. Su fundación propició el arribo de publicaciones de sociedades extranjeras, y el envío a éstas de la publicación oficial de la Asociación, la cual se inició en 1886 y fue llamada Anales de la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México. La existencia, asimismo, de esta asociación permitió que ingenieros mexicanos participaran en eventos académicos extranjeros, estuvieran al día en cómo se resolvían algunos problemas comunes en otros países, difundieran las investigaciones que sobre algunos proyectos se llevaban a cabo en México, discutieran y realizaran propuestas con el fin de resolver diversos problemas.

Hacia fines del siglo XIX no había suficiente oferta de trabajo para los ingenieros egresados de la Escuela Nacional de Ingenieros; frecuentemente eran desplazados por los extranjeros que llegaban con las compañías foráneas que invertían en el país. Sin embargo, la carrera de ingeniería civil siguió siendo atractiva por los múltiples trabajos que los egresados podían desempeñar. Fue talla afluencia que el número de alumnos inscritos en la carrera superó rápidamente el de las demás. Por ejemplo, hacia 1904, de los 203 alumnos inscritos, 136 pertenecían a la profesión de ingeniería civil. Para 1945 los ingenieros inscritos superaban los mil alumnos, siendo la ingeniería mecánico electricista la siguiente carrera más solicitada, aunque esta no llegaba a los 200 estudiantes.

De hecho, en la Asociación de Ingenieros Civiles y Arquitectos se había incrementado el número de socios del ramo de ingeniería civil y arquitectura, al grado que en 1911 eran mayoría. Para la década de los cuarenta, era tal el número, que exigía la fundación de su propia corporación. Esta meta empezó a ser viable en 1945 gracias a la promulgación de la Ley de Profesiones, la cual permitía la formación de los Colegios de Profesionales que ayudaran a regular el ejercicio profesional. Después de varias reuniones efectuadas en la sede de la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México, el 7 de marzo de 1946 se fundó el Colegio de Ingenieros Civiles de México. El reto era defender los intereses gremiales de los ingenieros civiles, fungir como órgano de consulta e interlocución del Estado y dar cumplimiento al servicio social profesional y demás ordenamientos propuestos por la ley de profesiones.

La creación del Colegio de Ingenieros tuvo una respuesta positiva en poco tiempo. En el año de su fundación contaba con 158 ingenieros civiles titulados, cinco años después ya tenía 659 socios, en 1971 el número llegó a 178, y en 1992 a 12,256. En 1949 se empezó a publicar la revista de Ingeniería Civil como órgano de difusión, y ésta continúa publicándose regularmente hasta la fecha con el nombre de Ingeniería Civil/CICM.

Aunque el número de ingenieros fue importante, debe subrayarse el apoyo que recibieron de instituciones como la Comisión de Caminos e Irrigación, la Comisión Federal de Electricidad y Petróleos Mexicanos. Éstas abrieron las puertas a los ingenieros y constructoras mexicanos para trabajar en grandes obras de infraestructura, las cuales en décadas anteriores eran realizadas por empresas e ingenieros extranjeros.

Con el esfuerzo de sus miembros, la fundación del Colegio empezó a demostrar su utilidad. Varios de ellos se relacionaron con oficinas gubernamentales para resolver problemas de su competencia; defendieron los intereses del gremio al oponerse a la contratación de personal extranjero para determinados proyectos; promovieron el papel del ingeniero civil y la dimensión de la profesión en la sociedad; organizaron congresos nacionales y, en 1949 el I Congreso Internacional de Ingeniería Civil; colaboraron en la fundación de la Unión Panamericana de Asociaciones de Ingenieros (1949) y de la Unión Mexicana de Asociaciones de Ingenieros (1952); instituyeron el premio anual Estudiantes Distinguidos (1959); ocuparon el cargo mayor de varias Secretarías; crearon el Ateneo Cultural Dovalí Jaime (1965) para promover la difusión cultural; participaron en la constitución de la Federación de Colegios de Ingenieros Civiles de la República Mexicana de Recursos Oceánicos (1969). Han promovido becas de estudiantes ante el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y la Secretaría de Relaciones Exteriores, han impartido cursos de actualización y capacitación, lograron establecer el Día del Ingeniero (1 de julio) y establecer convenios de colaboración con otras sociedades, y fundaron el Premio Nacional de Ingeniería Civil (1986).

El espíritu de servicio que ha prevalecido en el Colegio de Ingenieros Civiles de México y el esfuerzo de superación sostenido para contar con mejores profesionales ha hecho que los ingenieros participen en grandes obras públicas, transformadoras de la fisonomía de muchos lugares de nuestro país. Su activa participación, sin dudas, lo hacen acreedor de un lugar cimero en la historia de México como Nación.

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