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Antonio López Sáenz, maestro sinaloense

Antonio López Sáenz nace en el puerto de Mazatlán, en el trópico de Cáncer, llamado así porque al inicio del solsticio de verano, en el hemisferio norte el sol alcanza su punto más alto en la constelación de Cáncer, y se sitúa exactamente sobre ese paralelo o línea imaginaria.

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Antonio López Sáenz nace en el puerto de Mazatlán, en el trópico de Cáncer, llamado así porque al inicio del solsticio de verano, en el hemisferio norte el sol alcanza su punto más alto en la constelación de Cáncer, y se sitúa exactamente sobre ese paralelo o línea imaginaria.

El sol, la imaginación y el puerto serán determinantes en la formación del hombre y su obra.

Un puerto es una puerta, ya sea de entrada o de salida. Maleta que se abre y se convierte en bienvenida o despedida. Un puerto es un lugar de encuentro; una aduana de sueños y realidades, de triunfos y fracasos, de risas y lágrimas.

A un puerto afluyen personas de diversas cataduras y nacionalidades: marinos y viajeros, aventureros y comerciantes, que van y vienen al ritmo de las mareas. En ese espacio líquido surcan los barcos cargados de mercancías provenientes de los siete mares. Al hablar de barcos evocamos la imagen de los trasatlánticos y sus enormes chimeneas, de cargueros y barcos de vela, de grandes grúas para carga y descarga, botes, redes y aperos de pesca, así como el sonido misterioso y estremecedor de sus sirenas.

Pero un puerto es también estancia, permanencia. Es la vida diaria del pescador, del comerciante, de los estibadores, de los paseos por el malecón y el reventar de las olas; de los bañistas en la playa esperando al niño que con su cubeta y su pala construye castilllos y fantasías efímeras.

Todas estas imágenes pueblan el universo pictórico de López Sáenz. Abundan las referencias al juego de beisbol, al paseo dominical, a las bandas de pueblo, a las serenatas, a los banquetes, a los desnudos masculinos y femeninos, a la hora de la siesta… y la fiesta continúa.

El artista retrata un tiempo pasado, congelado –pero maravillosamente– por la magia de su pincel. Sus cuadros semejan un álbum de recuerdos de un Mazatlán que se fue para siempre, donde los personajes, misteriosamente, no tienen rostro y sin embargo mantienen su identidad, gracias al ojo observador del artista.

Son retratos de ayer, de hoy y de siempre; de la vida cotidiana y del placer, del gusto de vivirla.

López Sáenz crea su propio mundo, un mundo amable, donde no hay riñas, borrachos ni prostitutas. El autor se convierte en parte del cuadro, en un protagonista secundario que atestigua ya desnudo, ya en su vieja bicicleta, lo que acontece en el cuadro.

López Sáenz hace la crónica de su ciudad del puerto de Mazatlán, situado en el trópico de Cáncer, pero es un trópico donde el sol ilumina benigno y clemente.

La luz del sol en sus cuadros, áspera y dura, es tamizada, pasada por un filtro, no quema; sus personajes no dan la impresión de sudar y a muchos de ellos los vemos al rayo del sol vestidos de saco y corbata, imperturbables.

Su paleta es muy rica en colores suaves que no corresponden a la realidad, al sol abrasador de Mazatlán, ¿por qué?

Es un punto de vista muy personal del que hace la pregunta. Tengo una luz, que es mi propia luz, que ilumina mi mundo. Es la luz de Mazatlán y así lo reconocen quienes lo habitan y lo conocen bien. Yo tengo en mi trabajo una luz como de polvito de plata o polvito de cal. Mi propia casa es blanca, las paredes son blancas. No hay estridencia alguna.

En su pintura no se asoma la crítica social, sin embargo es una crónica familiar de amigos y parientes y gentes del pueblo. ¿Se considera usted un cronista de la ciudad?

Me acaban de nombrar “Cronista gráfico de la ciudad y del puerto de Mazatlán”, y pertenezco al “Colegio de Sinaloa”, integrado por diez sinaloenses distinguidos en diversas ramas del quehacer intelectual y científico.

¿En qué momento surge su interés por el arte y la pintura?

Mi infancia transcurrió en la playa. Ahí jugaba con mis amigos. Me gustaba sentir y jugar con la arena húmeda y lisa a causa de las olas. Esa fue mi primera tela. Un día tomé una vara y comencé a dibujar la silueta de un hombre. ¡Qué gusto me dio poder hacerlo! En la playa encontraba piedras de colores, conchas, algas, trozos de madera pulidas por el ir y venir de las olas. Me pasaba el tiempo pintando y haciendo figuras de barro. Conforme fui creciendo sentí la necesidad de dedicarme al arte, pero en aquel tiempo no había en Mazatlán quién pudiera guiar mi vocación; mis padres se dieron cuenta pero no tenían la capacidad económica para enviarme a estudiar a la capital y llegó el día en que tuve que contribuir a la manutención. Mi padre era director de almacenes, aduanero de profesión, y estaba en contacto con los barcos que llegaban al puerto. Decidió que debía trabajar en los muelles de carga. Empecé a trabajar desde la primaria y me enamoré para siempre de los grandes barcos que aparecen en mis telas: “querencias del paisaje donde naciste y viviste en tu infancia”.

En sus cuadros los personajes se empequeñecen, se alargan, se inflaman, ¿cuál es su propósito?

Además de pintor, soy también escultor, y me explicaron que por eso le doy ese volumen a mis personajes. No tengo ningún propósito. Es mi expresión personal. Yo también fui joven y de vanguardia, hasta que llegó el momento de definirme artísticamente y lo descubrí cuando las personas empezaban a solicitar mi trabajo. Mis personajes no necesitan tener ojos, boca o dientes para transmitir la visión deseada. La sola presencia del volumen dice: “soy cachonda, usurero, simpático”. Es una realidad, pero es una realidad transformada por mí.

A los diecisiete años López Sáenz viaja a la ciudad de México para estudiar pintura en la Academia de San Carlos, ubicada en aquel entonces, 1953, a dos cuadras del Palacio Nacional. Cursa las carreras de Maestro en Artes Plásticas e Historia del Arte. Es allí, en la parte antigua de la ciudad, donde descubre el encanto de los mercados mexicanos, la magia de sus colores, olores y sabores tan característicos. Vive en condiciones económicas muy difíciles y aprende muy bien el oficio de pintor.

López Sáenz ha presentado su obra en Sinaloa, Nuevo León, Distrito Federal, Jalisco y Morelos. Igualmente, ha montado exposiciones en Washington, Detroit, Miami, Tampa, San Francisco, San Antonio, Chicago, Madrid, Lisboa, Zurich y París. Desde 1978 es artista exclusivo de la Galería Estela Shapiro. En 1995 se exhibió lo más representativo de su obra en el Palacio de Bellas Artes y el año pasado se le otorgó la beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Lola Beltrán

“La Reina de la Canción Mexicana” nació en el pueblo de El Rosario, al sur de Mazatlán. Enfrente de la iglesia del lugar está su monumento, y en el atrio, en medio de jardines, su tumba. La casa familiar de Lola se puede visitar y ver retratos de diferentes épocas de la cantante, así como trofeos y el entorno donde creció.

Fuente: Tips de Aeroméxico No. 15 Sinaloa / primavera 2000

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