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Arquitecturas mexicanas

Para quienes nos dedicamos al estudio de la arquitectura -y esto incluye su historia-no es ninguna novedad que debamos mantener siempre la vista puesta en su dimensión universal.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


Un estudioso de la arquitectura podrá especializarse en alguna época o región en que haya florecido la misma, pero si quiere hablar de la excelencia de esa arquitectura en la dimensión más amplia posible debe ir con cuidado (particularmente cuando es originario del lugar a cuyo estudio se ha entregado) si no quiere ver etiquetado su entusiasmo como una sencilla manifestación de orgullo provinciano. Creer que el campanario de nuestro pueblo es el más alto y hermoso de todos, sólo porque es el que hemos visto a lo largo de toda nuestra vida, constituye una forma de aldeanismo cultural que en francés se llama: esprit de clocher.

El nacionalismo mexicano de los años veinte y las décadas sucesivas podrá merecer más de una crítica, pero tuvo una justificación cultural que siempre será necesario ver en una perspectiva adecuada: después del cosmopolitismo del porfiriato, cuyos productos artísticos nunca pudieron igualar sus modelos europeos o norteamericanos, buscar en el propio suelo el lugar donde pudieran sujetarse las raíces de una cultura nacional era un razonamiento plenamente justificado. Algo similar había ocurrido en Europa a principios del siglo XIX con el revival gótico.

Adicionalmente, la situación mexicana coincidía con el auge, en todo el mundo, del arte y la arquitectura contemporáneos, que también se proponía sepultar una cultura académica centrada fundamentalmente en un arte clásico que ya había cumplido su ciclo histórico. La crítica de arte del mismo siglo XIX había abierto el camino a una nueva visión universal del arte. Figuras como Viollet-le-Duc o WIlheIm Worringer hicieron descender al arte grecorromano de su pedestal para ubicarlo sólo como una manifestación más de la creatividad humana, al lado del arte gótico, el egipcio y muchos otros; pronto se produciría la revaloración del arte oriental, el africano, el mesoamericano…

En cuanto a este último, el deslumbramiento que ha producido en los hombres que se han acercado a él en los últimos 170 años ha sido uno de los más importantes que registra la historia de la cultura universal: por primera vez podía verse la humanidad frente al espejo de culturas que fueron autónomas a lo largo de todo su desarrollo. Emergía así una cara oculta de la Luna, una mitad de la Humanidad que sometía a prueba todo lo que Occidente y Oriente concebían como lo característicamente humano. El asombro habría de dar paso al intento de comprensión, y a partir de la década de 1830, con las ediciones patrocinadas por Lord Kingsborough, no cesarían las publicaciones francesas, inglesas, norteamericanas, alemanas, suizas, italianas e incluso japonesas que año con año, de manera creciente, se acercan a las antiguas culturas que florecieron en el territorio del actual México. Italo Calvino exponía así lo que significa esta experiencia para el resto de la humanidad: “Al visitar México nos encontramos cada día interrogando ruinas, estatuas, bajorrelieves prehispánicos, testimonios de un “antes” inimaginablemente “otro” frente al nuestro.”

Pero no solo es la fascinante “otredad” de las culturas del antiguo México lo que otorga a éstas un atractivo tan grande para el hombre de hoy. Un gran estudioso de la arquitectura universal, Henri Stierlin, lo expresa así al hablar de la arquitectura maya:

“Lo mínimo que puede decirse es que al abordar esta civilización se siente una desorientación que llena de pánico. Aquí no se aplican nuestros sistemas de referencia. La infraestructura de los pueblos centroamericanos (mesoamericanos) difiere de la nuestra en todos los puntos. Pero, a pesar de ser extraña, la arquitectura maya forma parte, sin embargo, del patrimonio de la humanidad, a la que ha legado obras maestras inigualadas. Su perfección nos demuestra que, incluso en un mundo en el que todos los criterios básicos son distintos de los nuestros, las leyes estéticas reinan plenamente y confieren a las creaciones mayas su perturbadora belleza.”

Para un arquitecto culto de hoy que resida en cualquier lugar del mundo, nombres como Chichén Itzá, Uxmal, Teotihuacán, Tajín, Palenque, Monte Albán, Mitla y otros similares tienen ya la misma carta de ciudadanía que Gizéh, Tebas, Atenas, Roma, Chartres… y si ha contemplado de manera directa la “perturbadora belleza” de la arquitectura mesoamericana, no podrá ya jamás sustraerse a semejante experiencia.

Sólo en México es posible encontrar arquitectos que relativizan lo anterior. Existe un gran conflicto en nuestro país cuando se hace mención del lugar que ocupan en la cultura mundial dos expresiones de la cultura mexicana: por una parte, el arte y la arquitectura de los pueblos mesoamericanos y, por la otra, aquellos producidos durante el régimen colonial instalado en México durante tres siglos. Para el extranjero mejor informado no hay lugar para la duda: el primero, el arte mesoamericano, es un gran arte, no así el segundo. Las culturas mesoamericanas resultan para estos observadores de interés universal, no así las culturas coloniales, que son vistas sólo como réplicas de unos modelos metropolitanos que podemos admirar en sus lugares de origen mediante creaciones de verdadera importancia. Ahora bien, para cierto discurso cultural en México, las cosas tendrían que ser precisamente a la inversa, como lo fueron durante el régimen colonial. Evidentemente, los dos discursos, el que podemos llamar universal y el local han entrado en colisión desde el mismo siglo XIX.

Detengámonos un momento en el discurso de raíz colonial: George Kubler llamó “etnocentrismo hispánico” al discurso de Diego Angulo sobre nuestra arquitectura colonial, mismo que sobrevive lleno de vigor en ciertos sectores académicos de la sociedad mexicana. Además de exaltar la cultura metropolitana, no ha cesado, históricamente, de subordinar las creaciones culturales de los pueblos mesoamericanos ante las obras coloniales, para conceder, en caso extremo, que son equiparables. Pero, ¿lo son realmente?

Henri Stierlin, ya mencionado, es editor de una obra notable, la Encyclopaedia of World Architecture, importante testimonio de lo que en este fin de siglo -y milenio- puede calificarse como “visión de conjunto de la historia de la arquitectura mundial”. No carece de interés, por ello, hacer algunas cuentas revisando las páginas de esta publicación. Las obras arquitectónicas de las antiguas culturas mesoamericanas ocupan en esta Encyclopaedia exactamente 40 páginas… Veamos ahora Egipto y Grecia, la arquitectura de cada una de estas importantes culturas recibe 20 páginas (en efecto, hay que sumar ambas para alcanzar las que se dedican al México antiguo). Revisemos ahora los edificios coloniales mexicanos: llenan cuatro páginas… Más aún, toda España, incluyendo los edificios levantados en su territorio por los árabes, tiene veinte páginas en la publicación: sumadas, las construcciones coloniales y las españolas apenas alcanzan el 60% del espacio dedicado a la arquitectura mesoamericana.

Para muchos arquitectos entre los cuales me incluyo, no es necesario hacer los cálculos anteriores para ubicar la gran arquitectura mesoamericana en el lugar que sabemos le corresponde: por una vez, la historia fue capaz de alcanzar una cota nada desdeñable de justicia poética.

Desde el campanario cultural mexicano, cifras como las de la Encyclopaedia o/ World Architecture y la opinión de los conocedores extranjeros pueden parecer desconcertantes, pero sólo desde allí. Este desconcierto tiene raíces muy viejas y conocidas, un ejemplo elocuente lo encontramos en el testimonio del hombre que recogió las imágenes más antiguas que se conservan de esa arquitectura mesoamericana: Desiré Charnay. Hacia 1860, describe así los preparativos de su viaje a Chichén Itzá desde el poblado próximo de Dzitás, cuyo anciano cura, a pesar de encontrarse entre los vecinos del lugar, nunca había estado en las ruinas por considerarlas tan despreciables como los descendientes de los hombres que habían levantado esa ciudad en el pasado:

“El cura De la Cruz Monforte también quería venir con nosotros; su avanzada edad hacía de esta excursión, para él, un viaje muy fatigoso; pero su curiosidad en relación con estas ruinas, que nunca había visto, era ya muy intensa como para renunciar a ella. (…) Mi llegada lo había intrigado hasta más no poder. Este buen hombre no podía comprender que un mero asunto de arte o de ciencia me hubiera empujado a dejar mi patria, atravesar el Océano, el mar (esta idea lo hacía estremecerse), para venir, simplemente, a reproducir unas ruinas que los habitantes del lugar ni si- quiera conocían. Debe haber algo allí, me decía el padre; es probable que la nación de usted hubiese vivido antiguamente en esos palacios, y lo envía a visitarlos, a estudiar estos lugares para ver si es posible repararlos, a fin de que algún día puedan venir a ocuparlos nuevamente-. El padre no podía, en suma, entender nada, y su sistema de probabilidades no recurría evidentemente al sentido común. Los españoles, en la medida en que les ha sido posible, han alimentado esta abyecta ignorancia, no llamando la atención de estas pobres colonias sino hacia la metrópoli, y haciéndoles creer que sólo existía España en el mundo.”

Es en el siglo XX cuando México ha producido otra arquitectura capaz de llamar la atención del mundo. Obras como las casas de Diego Rivera y Frida Kahlo, en San Ángel Inn (1931- 32), la de Juan O’ Gorman; la casa de Luis Barragán, en Tacubaya (1947); el Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria (1952), de Augusto Pérez Palacios, Raúl Salinas Moro y Jorge Bravo Jiménez, así como la Biblioteca (1952) de la misma ciudad Universitaria, también de Juan O’ Gorman; el Hotel Camino Real (1967) de Ricardo Legorreta; El Colegio de México (1975), de Teodoro González de León y Abraham Zabludovsky, sin olvidar las numerosas estructuras construidas en las décadas de 1950 y 1960 por Félix Candela, tienen una notable presencia en la cultura arquitectónica mundial de hoy, y es importante tener esto en venta en un momento como el actual, cuando la confianza en nuestras posibilidades como nación necesita afianzarse sobre sólidas bases culturales, sí, pero sólo aquellas que nos permitan construir un proyecto de futuro.

Hoy podemos ver con cierto escepticismo el discurso cultural de las décadas de 1920 a 1940 en México, cuando se proponía enlazar las energías creadoras del México antiguo con las de la civilización moderna. Pero este mismo discurso, al otro lado del océano, era sostenido por un intelectual de primer rango, Paul Valery:

“No me sorprendería, por ejemplo, que combinaciones muy felices puedan resultar de la acción de nuestras ideas estéticas insertándose en la poderosa naturaleza del arte autóctono mexicano”.

La arquitectura del México antiguo ha servido de inspiración a grandes arquitectos de este siglo, como Frank Lloyd Wright, Jorn Utzon y Rogelio Salmona, entre otros, y sin duda esto se volverá más frecuente en el próximo milenio. Dos son los requisitos que debe cumplir una obra para ser considerada como arte en el más elevado sentido del término: tener un significado universal, por una parte, y una validez que no mengüe, sino que se acentúe con los siglos, por la otra. La arquitectura de los pueblos mesoamericanos satisface cada vez con mayor contundencia ambas condiciones.

Fuente: México desconocido No. 18 mayo / junio 1997

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