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Ascenso al Izta: a la mitad de la vida…, la montaña, la felicidad

La crónica de una celebración a la vida: el ascenso al Izta. Los rituales nos estructuran, le dan sentido a nuestros pasos, nos hacen tomar los frutos de un recorrido. Gabriela Guerra nos cuenta de su hazaña doble: hacer cumbre y ser feliz.

Gabriela Guerra Rey

A mediados de octubre iba a ser mi cumpleaños, y tenía mucho que celebrar. En este año publicaron dos libros míos, recorrí varias ciudades nuevas del mundo y otras tantas conocidas, corrí, subí montañas, me tocaron en suerte trabajos increíbles, conocí gente que se adhirió a mi vida con la fuerza de la magia, escribí varias historias, viví otras, cumplí siete años de residir en México y mi madre se sanó… Este año me pasó la vida por delante de los ojos y regresó la ilusión del día a día. Tenía que celebrarlo. 

 cortesía Damian Rosado

Todo comenzó unos meses antes, cuando conocí a F, que sería mi guía de montaña desde entonces y amigo por el camino. Cuando le compartí sueños, comenzó a hacer planes, en su afán de enamorarnos a todos de la montaña. Yo ya estaba enamorada, pero me sentía como en aquella canción de Sabina: “por mis venas va, ligero de equipaje, sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje”. Ya estaba montada sobre mi propia cáscara a la deriva cuando F me habló de la posibilidad de hacer la cumbre del Izta, como cariñosamente llamamos a nuestra mujer que yace en el monte de nieves.  

“Y la felicidad estaba escondida en el corazón del Iztaccíhuatl, ese volcán activo que mexicanos y viajeros veneran porque han dejado en sus faldas más de un andar y han encontrado sueños algunos y otros, una razón para vivir.”

Los planes con los días se fueron acomodando, y el sábado 14, vísperas de mi cumpleaños 36, partí junto a los rescatistas de la Patrulla 6 del Socorro Alpino, con un par de mochilas, todo el equipo exigido por F, y un montón de ilusiones apachurradas entre pecho y garganta. 

Siempre que cumples años es inevitable regresar a los pasados o pensar en los futuros. Me asaltó la idea de que podía estar llegando a la mitad de mi vida, y salí de esa presurosa angustia con una sola verdad en la mano: todo lo que me quedaba desde siempre y para siempre era vivir. Y vaya que lo estaba haciendo. 

La tarde del sábado se materializó en un ascenso bajo el claro cielo de esa región central, en los límites entre el Estado de México y Puebla, por una de las rutas más visitadas, que denominé entonces “la turística”, porque luego llegaría la “ruta comercial”: aquella donde traficamos el alma por la belleza, las botas limpias por la hojarasca y el río y los ojos por la infinitud.

El ascenso desde la Joya, pasando los Portillos, para llegar al Refugio, o en mejores circunstancias climáticas y de horario, a la cima, al pecho amplio de la mujer, a 5,220 metros sobre el nivel del mar, es de paisajes tajantes, de piedras cuyos reflejos naranjas dejan vetas en las laderas y piedras duras, que van formando las piernas del aventurero, esculpiendo en carne humana el paso inconmovible del tiempo por las rocas del volcán.  

En tanto, el camino del amanecer del 15, cuando mi humanidad se aventuraba a un nuevo aniversario, era el auténtico corazón de la mujer dormida, por cuyas arterias occidentales nacían ríos, verdes bosques, ocre maleza, pinos altos envueltos en niebla, aguas retumbando entre las peñas a cientos de metros de altura y cayendo sobre los espejismos de tres docenas de viajeros comandados por los dos F —Fileim y Flavio— bajo el escudo de Live The Mountain

La noche que separó un día de otro, una aventura de otra, fue solo un catalizador de estrellas e invierno anticipado, en que mis ansias trotamundos cavilaron sobre la montaña y el milagro que nos asistía allí.

Pasaron soles, fríos, tormentas, lluvias, relámpagos, claridades y oscuridades entre las muchas cascadas y saltos de agua que se nos impusieron al día siguiente, en un camino de 24 kilómetros desde 

La Joya, atravesando Amilpulco, Ayoloco, Corrazolco, Tepitongo, Hueyatlaco, hasta el pueblmecameca. Las largas horas de andar, revelaron, sin demasiado preámbulo, que la montaña es todo: la más perfecta belleza, profundidad, humildad, unión, grupo, es vida, fuerza. Chicagua, se gritan unos a otros, buscando ese poder que allí, en medio de lo extremo y lo indefinible, es posible. La montaña es eso, el terreno agreste donde enfrentas tus debilidades ante la naturaleza y encuentras la fuerza para eternizar la sonrisa. 

 

Así, entre las laberínticas venas de esa mujer que me acogió como su igual, mostrándome mi fragilidad, pero mi resistencia, supe que lo mejor aún estaba por ser vivido. El sueño de otra primavera me mantiene exultante.

Lee más crónicas de Gabriela Guerra en www.guerraa4manos.com

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