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Aventura por los ríos de Puebla

Las fuentes del río Nexapa se remontan hasta las faldas sur y occidental del Popocatépetl, donde los arroyos confluyen hacia el sur.

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En su parte inicial, el río desciende sobre las rocas ígneas del Eje Neovolcánico, y sigue su ruta hacia la zona de rocas sedimentarias más antiguas de la Sierra Madre del Sur, donde su corriente ha excavado un cañón de mas de 1 000 m de profundidad en el que el Nexapa se esconde y guarda sus secretos. ¿Será posible navegar el Nexapa a través de estos cañones? ¿Habrá cascadas y rápidos ineludibles? ¿Levará suficiente agua? Y si es así, ¿dónde conviene embarcar? ¿Dónde desembarcar? Éstas y otras preguntas nos hacíamos Ramón Espinasa y yo el verano de 1993, mientras estudiábamos los mapas en busca de nuevas rutas para navegar en la cuenca del río Balsas. Sabíamos que el tramo del río entre Tlancualpican y Jolalpan ya había sido recorrido por otro grupo de personas, pero a nosotros nos interesaban los cañones profundos de río abajo, y no teníamos ninguna noticia de que alguien hubiera intentado navegarlos antes. Después de estudiar con detalle en los mapas gradiente (esto es la pendiente) del río, Ramón propuso que nos embarcaramos en el pueblo de Jolalpan, Puebla, y desembarcáramos en el conocido balneario de Papalutla, Guerrero, que ya está sobre el alto río Balsas.

EL VIAJE

El 30 de Septiembre de 1993 salimos de la ciudad de México un grupo de nueve personas, rumbo al agradable balneario de Papalutla, donde pernoctamos. La mañana del día siguiente muy temprano, preparamos todo para el descenso, dejamos uno de los vehículos allí y nos dirigimos a Jolalpan por una terracería desde donde se aprecian los grandes cerros del área, como el imponente Tecaballo. Embarcamos a mediodía, y descubrimos que el agua no estaba tan “chocolatosa” como en otros ríos de la región. No tardamos mucho en entrar al primer cañoncito y navegar los primeros dos rápidos entre grandes piedras. El resto del día lo pasamos remando tranquilamente, aprovechando que la poca pendiente del río nos permitía apreciar el paisaje que aparecía tras la gran cantidad de meandros que se forman. Como casi todos los ríos del país, el Nexapa también muestra signos de contaminación, especialmente en este tramo, donde algunas botellas de blanqueador se asoman ocasionalmente entre las ramas de los matorrales, cual exóticos frutos azules de polietileno no biodegradable. Esto nos dio motivo para reflexionar un momento. Existe aún mucha gente ingenua para quienes el mundo termina donde el río se escapa a la vista, y que todavía no está consciente de la cantidad de seres humanos que habitamos el plantea y el potencial destructivo que todos representamos. Es necesario e inaplazable crear es a conciencia desde los niveles más básicos de educación en este país.

Por la tarde llegamos a Cohetzala, pueblito muy característico de los rincones de la semiárida Sierra Madre del Sur, y bajamos a beber algo para refrescar un día de mucho remar bajo el sol. Después de descansar y entre la miradas curiosas de los niños dejamos Cohetzala, desde donde ya alcanzamos a ver en segundo plano las paredes del cañón donde el río corta el macizo del cerro Tecaballo.Como no era prudente ni necesario recorrer un tramo de río desconocido y probablemente difícil de navegar con la escasa luz de día, montamos el campamento para pasar la noche.A la mañana siguiente embarcamos temprano, siguiendo el río hacia el interior del cañón. Pronto encontramos que los enormes pedruscos que están en medio del cauce construyen laberintos entre la corriente y forman innumerables rápidos. En este tramo, las vistas del nexapa son realmente encantadoras: el río oscuro bordeado de espesa vegetación, la roca clara, los variados tonos de luz y de sombra.Conforme avanzábamos, la pendiente se pronunciaba. Los cinco sentidos estaban puestos en el río y en el manejo de la embarcación, pero cuando podíamos volver la vista hacia arriba, veíamos cómo el estrecho cañón se iba convirtiendo en un profundísimo valle de laderas muy empinadas.¿Cuántos metros cúbicos de material tuvo que arrastrar el Nexapa para excavar semejante depresión? ¿Cuántos miles y miles de años le habrá tomado?

Desde los remansos se alcanzan a ver y escuchar todo tipo de aves: el martín pescador tocando la superficie del agua, las garzas doblando las ramas de los árboles, el halcón gritando desde muy arriba y , más alto aún planeando, los zopilotes dando vueltas. Entrando a los rápidos, la acción no se hizo esperar. En este viaje, nuestro compañero Nacho estrenaba una embarcación muy singular: un par de cilindros inflables unidos por una sencilla armazón de aluminio; algo así como un catamarán para ríos. A pesar de su gran habilidad como navegante, el dominar su nuevo “troncomóvil” le costó un par de chapuzones. Mientras más avanzábamos, menos remansos y más acción. Las aguas broncas y los lugares inaccesibles en el fondo de espectaculares cañones son un reto de la naturaleza que nos llena de regocijo y emoción.  Desde Cohetzala hasta Papalutla (aproximadamente unos 40 km de trayecto) la única forma de salir del cañón es siguiendo el curso del río, ya que de lo contrario habría que subir más de 1 000 m, y si consideramos que arriba no existe ninguna población cercana a donde llegar, veremos lo inútil de intentarlo.

Al caer la tarde desembocamos en el alto Balsas (o río Poblano) en el fondo de un profundísimo valle. Pasamos de un río estrecho y más bien transparente, a un río inmenso y de agua arcillosa, “chocolatosa”, de un color café claro que refleja cantidad de luz; ahora las grandes paredes de roca eran de tonos pastel, en rosa y azul. Debido al enorme caudal del Balsas y a pesar de que ya no hay tramos de mucho gradiente, loa corriente nos mantenía a una velocidad constante (6km por hora) sin necesidad de meter el remo en el agua. Para entonces, ya era hora de buscar donde pasar la noche, pero al ver que no habría complicaciones para encontrar un sitio cómodo en cualquier momento, nos dejamos llevar por la corriente pensando: “Cuanto más avancemos hoy, más tiempo tendremos mañana….”Los tonos cobrizos que anunciaban el anochecer nos persuadieron de que debíamos dejar a un lado la contemplación y usar el remo para orillarnos en una playita. Por un instante, la fina arena casi nos convenció de poner el campamento allí mismo, pero después de pensarlo bien, decidimos que era algo riesgoso, ya que si el nivel del agua subía unos centímetros durante la noche se llevaría el campamento.

Decidimos, pues, acampar al borde de una vereda paralela al río, sobre la ladera del valle. Despreocupados levantamos las tiendas, nos pusimos ropa seca y preparamos una rica sopa de pasta instantánea. Ese día habíamos concluido la primera navegación del bajo Nexapa y estábamos muy cerca ya de Papalutla. Íbamos adelantado en tiempo según lo planeado y nos sentíamos notablemente relajados. Después de un rato de descanso empezó a soplar un poco de viento y al fondo del cañón, río arriba, alcanzamos a ver algunas nubes oscuras y un gran arcoiris. Después de tomar fotos, noté que el viento arreciaba; decidí tomar precauciones y corrí a revisar las dos embarcaciones y los remos que habíamos dejado en la playa, para que no fueran a quedar a la deriva en caso de que el viento las moviera. Apenas puse pie en la playa, cuando escuché un zumbido ensordecedor precedido de un golpe de viento que levantó las embarcaciones por los aires y marcó el inicio de un diluvio impresionante.Me lancé sobre una de ellas antes de que alcanzaran el río pero desafortunadamente la otra quedó lejos de mi alcance. Nacho hijo venía detrás de mí y al ver su kayak inflable último modelo volar por los aires y acuatizar sobre la corriente, alzó las manos sobre la cabeza sorprendido. Sin tiempo para recapacitar, se lanzó nadando al rescate cuando el kayak estaba todavía muy cerca de la orilla. Traía puesta una lámpara de cabeza, pero no llevaba ni remo ni salvavidas. Con cierta dificultad alcanzó a subirse en la embarcación pero fue arrastrado por la corriente que con velocidad vertiginosa iba ganando más fuerza.

Al fin, Nacho logró alcanzar la orilla opuesta, a unos 200 m río abajo y allí se quedó, porque sin remo y en la oscuridad no podía hacer otra cosa.Mientras el cielo se nos caía encima, subí al campamento a avisar a los demás lo que había ocurrido y lo que presencié fue el caos total: las tiendas abatidas, los platos de sopa en el suelo. El golpe de viento había levantado las embarcaciones que subimos al campamento y una de ellas, de 25 kg de peso, en su vuelo había golpeado a Ramón en la cabeza haciéndolo perder el conocimiento por unos momentos. Una de las tiendas se rompió totalmente y la otra pudo ser desarmada antes de que corriera con la misma suerte. En menos de cinco minutos la zona de campamento estaba totalmente encharcada y no había pedazo de tierra (supuestamente emergida desde hace miles de años), en que no se hundiera el pie hasta el tobillo. Como pudimos, desinflamos todas las balsas con el fin de aumentar su estabilidad y evitar que levantaran el vuelo nuevamente. Todo era oscuridad y agua. Agua muy fría, mucho más fría que la que llevaba el río. ¡Estaba helada! Pero nuestra verdadera preocupación era Nacho hijo del otro lado del río.En unos minutos, el nivel del río había subido ya como medio metro y la playa en la que desembarcamos estaba sumergida bajo el agua. Un río de 20 m de ancho y tan veloz como ése, que eleva su nivel medio metro ¡aumenta su caudal en 16m3 por segundo!Nacho padre, inquieto por lo que le hubiera podido suceder a su hijo, decidió embarcarse en otro kayak inflable con todo el equipo necesario, incluyendo la lámpara de cabeza, y cruzar en dirección hacia la luz en la orilla opuesta. La velocidad de las aguas era mayor en ese momento y a pesar de la potencia que él es capaz de imprimirle al remo, le costó mucho esfuerzo controlar su embarcación para evitar derivar río abajo. Observando nerviosos desde la orilla, cruzábamos los dedos.

No tardaron mucho en reunirse las dos lucecitas…Mientras tanto, me puse un chaleco de neopreno que encontré flotando sobre el charco que abarcaba todo nuestro campamento, para “protegerme” de la fría lluvia que me hacía tiritar. Recogí todo lo que pude y, como pude, lo metí dentro de las balsas medio desinfladas de modo que no se fueran flotando y se perdieran por allí. Todo seguía siendo oscuridad y agua fría, la lluvia no había amainado y no parecía tener intenciones de hacerlo. Sergio y yo decidimos buscar un lugar río abajo, donde los nachos pudieran desembarcar de forma segura cuando cediera un poco la lluvia. Pensábamos que marcando un lugar con la linterna sabrían hacia dónde dirigirse. Realmente no logramos mucho pues la vegetación que crece a la orilla de río es muy espesa, pero por lo menos nos mantuvimos ocupados para no sentir el frío. El diluvio duró cerca de dos horas. Una vez que hubo mejorado el tiempo, los Nachos cruzaron nuevamente la corriente para reunirse con nosotros. Los dos estaban de vuelta con ambas embarcaciones y sin magulladuras. A continuación vendría el recuento de los daños: una sopa pasada por agua, una tienda de campaña destrozada y un tremendo susto. Entre los pliegues del material impermeable del que están hechas las balsas, se había acumulado agua de lluvia, y por ser mucho más potable que la del río, me dediqué a llenar las cantimploras del campamento (no hay mal que por bien no venga). Lo más sorprendente es que un área de un metro cuadrado, bastó para colectar suficiente agua para llenar un total de 6 litros ¡y vaya que aún sobró mucha más! No quedó nada seco, y aunque húmedos, todos dormimos bien esa noche, incluyendo a los Nachos.

Al día siguiente pusimos orden en la zona e desastre, desayunamos y dejamos que la corriente del río nos llevara hasta el balneario de Papalutla. Apreciando lo enorme y lo profundo de la depresión del Balsas, comprendí por qué las corrientes de viento pueden llegar a ser ahí tan fuertes, lo suficiente como para levantar como papalotes objetos de más de 20 kg de peso. Se sabe que cuando el viento se encajona entre paredes, se comporta como el agua en una canal, llegando alcanzar grandes velocidades, especialmente cuando se estrecha el conducto por el que circula.El bajo Nexapa es un río ideal para recorrer en tiempo de aguas, ofrece paisajes bellísimos y sus rápidos no son de ningún modo insípidos, pero tampoco muy peligrosos.Antes de mediodía ya estábamos chapoteando y disfrutando del agua en la alberca del balneario y recordando los episodios más sobresalientes de nuestro viaje. Ese día, el 3 de octubre, regresamos al D.F. satisfechos. ¡Definitivamente es una excursión recomendable!

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