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Bahía Concepción: un regalo de Guyiagui (Baja California Sur)

Entre los áridos montes de la Sierra de la Giganta, la bahía se abre tranquila y majestuosa ante los ojos del visitante.

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Entre los áridos montes de la Sierra de la Giganta, la bahía se abre tranquila y majestuosa ante los ojos del visitante.

La noche está muy tranquila y prácticamente no hay ruido, sólo el oleaje del mar y el eventual alboroto de algunas aves rompen por un instante la quietud. Mientras instalamos nuestro campamento miles de estrellas nos vigilan desde el cielo y nos hacen recordar las palabras con que el explorador español José Longinos describió el cielo nocturno bajacaliforniano a finales del siglo XVIII: “…el cielo es despejado, el más hermoso que he visto, y con tantas estrellas lucientes que, aunque no haya luna, parece la hay…”

Tanto habíamos oído hablar de esta bahía que se volvió casi una obsesión venir a explorarla; y hoy, después de algún tiempo, finalmente estamos aquí, en Bahía Concepción, en esta noche sin luna que nos envuelve con su oscuridad.

LA VISITA DE GUYIAGUI

En su obra del siglo XVIII, Noticia de la California, el padre Miguel Venegas dice que “El sol, la luna y los luceros son hombres y mujeres. Todas las noches caen al mar del poniente y se ven obligados a salir a nado por el oriente. Las otras estrellas son lumbres que enciende en el cielo Guyiagui. Aunque se apagan con el agua del mar, al día siguiente las vuelve a encender por el oriente…” Esta leyenda guaycura cuenta cómo Guyiagui (el Espíritu Visitador), representante de Guamongo (el Espíritu Principal), viajó por la península sembrando las pitahayas y abriendo los lugares para la pesca y los esteros del Golfo de California; una vez concluida su labor vivió entre los hombres en un sitio conocido actualmente como Puerto Escondido, al sur de Loreto, cerca de Bahía Concepción, y tiempo después volvió al norte, de donde había venido.

DESCUBRIENDO LA BAHÍA

El amanecer es realmente increíble; los montes de la península Concepción, así como los islotes, hacen contraluz con el cielo color rojo que matiza el agua de la tranquilísima bahía y nos ofrecen una vista formidable.

Nos dirigimos hacia la parte norte de la bahía; durante toda la mañana estuvimos caminando y conociendo el entorno; ahora nos encontramos en la cima de un pequeño cerro que se ubica en un lugar llamado Punta Piedrita.

Observando la bahía desde lo alto, uno piensa en lo curioso que es estar en un lugar que permanece casi inalterado desde que los primeros exploradores españoles tuvieron conocimiento de su existencia.

Sucedió que durante el primer viaje de exploración al Mar de Cortés, en 1539, el capitán Francisco de Ulloa dirigía sus embarcaciones, el Santa Águeda y el Trinidad, rumbo al sur, cumpliendo el encargo de demarcar todo lo que a su paso encontrara para poder reconocer el nuevo territorio, llamado Santa Cruz, tomado en posesión, a nombre del rey de España, por Hernán Cortés años antes, en 1535.

Ulloa pasó por alto este sitio, pero Francisco Preciado, que era el piloto mayor y capitán del Trinidad, después de detenerse por agua un poco más al norte, en un arroyo que años más tarde se llamaría Santa Rosalía, lo cita en su bitácora, e incluso indica que tuvieron que anclar ahí.

Muchas fueron las expediciones posteriores a la península de Baja California, cada una con propósitos particulares; pero no fue sino hasta la tercera expedición a cargo del capitán Francisco de Ortega que se le puso especial interés a esta bahía.

La expedición de Ortega tenía más interés por encontrar comederos de perlas, que por demarcar el nuevo territorio; partiendo en su fragata Madre Luisa de la Ascensión los expedicionarios se dirigieron a la península; el viaje, sin embargo, no estaba libre de incidentes; poco antes de llegar al puerto de La Paz, en un lugar al que llamaron Playa Honda, probablemente cerca de Pichilingue, los sorprendió una tormenta que los hizo naufragar.

Cuarenta y seis días tardaron en fabricar otro “barco mastelero” (como lo llamó Ortega) para continuar con su empresa; sin armas ni pólvora y sólo con lo que pudieron rescatar de los restos de su embarcación, siguieron adelante. El 28 de marzo de 1636, luego de arribar a Bahía Concepción, Ortega describe el suceso de la siguiente manera: “Registro otro comedero y pesquería de dichas perlas en una bahía grande que hace orilla la mar con la tierra firme, que esta bahía tendrá de punta a punta seis leguas, y toda ella está salpicada de conchas de nácar, y en el remate de esta bahía a la banda del hueste en la tierra firme, hay una gran ranchería de indios, y le pongo por nombre Nuestra Señora de la Concepción, y tiene de fondo desde una braza hasta diez”.

El capitán y su gente regresaron en mayo al puerto de Santa Catalina, en Sinaloa, lugar desde donde habían partido. No hay noticias de que Ortega haya regresado a Baja California; desaparece del esquema histórico del siglo XVII y no se sabe más de él.

Posteriormente, en 1648, el almirante Pedro Porter y Cassanate fue enviado a explorar esta parte de la península, a la que llamó “Ensenada de San Martín” nombre que no perduraría. En 1683 el almirante Isidro de Atondo y Antillón realizó un nuevo viaje con el fin de reconocer otra vez estas tierras, de las que nuevamente se tomó posesión, ahora en nombre de Carlos II.

Aquí se inicia una nueva etapa en la historia de la península, pues iban con Atondo los padres Matías Goñi y el ilustre Eusebio Francisco Kino, ambos de la Compañía de Jesús; los misioneros cruzaron caminando la península y marcaron la pauta para la incursión de los jesuitas en Baja California. Kino realizó varios mapas de lo que entonces no se tenía seguridad que fuera una península, usando una buena parte de la toponimia asignada por Ortega.

Cuando en 1697 Juan María de Salvatierra llegó a la península con el propósito de fundar una población permanente en un lugar llamado San Bruno, entra primeramente a la bahía por causa de una tormenta. En seguida exploró la zona y al no encontrar agua de buena calidad le pareció inhabitable.

En agosto de 1703, por instrucciones del padre Salvatierra, los padres Píccolo y Balsadua encuentran el riachuelo que habían avistado al entrar a Bahía Concepción; posteriormente, remontando la corriente y conducidos por los indígenas cochimíes, llegan al lugar donde se fundaría la misión de Santa Rosalía de Mulegé. Con muchísimos sacrificios se instaló dicha misión y solamente un titánico esfuerzo del padre Balsadua hizo posible que se trazara un camino que uniera a Mulegé con Loreto, la entonces capital de las Californias (dicho sea de paso, el tramo de la actual carretera que pasa por aquí lleva parte del trazo original).

Para concluir con esta aventura histórica, cabría mencionar la descomunal empresa del padre Ugarte, que consistió en fabricarse un barco, El Triunfo de la Cruz, con madera de las Californias, y viajar hacia el norte para comprobar si estas tierras formaban en realidad una península; Bahía Concepción le sirvió de refugio casi al término de su recorrido, cuando a Ugarte y sus hombres los sorprendió la borrasca más fuerte de cuantas habían encontrado en el camino. Una vez fondeados se dirigieron a la misión de Mulegé, donde los atendió el padre Sistiaga; después llegaron a Loreto, en septiembre de 1721. Todo esto y más pasó en esos entonces, cuando el océano Pacífico era la Mar del Sur; el Mar de Cortés se conocía como mar Bermejo; Baja California se consideraba isla y el cálculo de la posición donde se encontraban era menester de aquel que sabía “pesar el sol”.

LOS BELLOS JARDINES SUBMARINOS

Bahía Concepción cuenta con varias islas donde anidan pelícanos, gaviotas, fragatas, cuervos y garzas, entre muchas otras aves. Decidimos pasar la noche frente a la isla La Pitahaya, al pie del cerro de Punta Piedrita.

El atardecer le da textura a los cerros que, al otro lado de la bahía, se extienden inconquistables. Ya de noche y luego de consumirse la pequeña fogata, nos disponemos a escuchar los sonidos nocturnos del desierto y a maravillarnos con la fosforescencia del mar que nos brinda la leve resaca; los peces en el agua saltan y se alborotan aún más con la luz de la linterna, haciendo del momento algo realmente increíble.

Amanece con ese juego de luces y tonos espectaculares; después de un desayuno ligero nos metemos al agua para adentrarnos en un mundo diferente, lleno de vida; las rayas pasan cerca de nosotros sin inmutarse, y los cardúmenes de peces multicolores nadan a través de los bosques de algas que forman una sorprendente floresta submarina. Un enorme pargo se asoma tímidamente guardando su distancia, como si tuviera cierto recelo de nuestra presencia.

Un pequeño grupo de diminutos camarones pasa apresuradamente junto con otro de alevines, tan pequeños que parecen basuritas transparentes con movimiento propio; un par de peces blancos se desplazan velozmente de un lado a otro. Hay anémonas, esponjas y almejas catarinas; la enorme babosa marina de vivos tonos púrpuras y anaranjados descansa sobre una piedra. El agua, sin embargo, está un poco turbia por la gran cantidad de plancton que aquí abunda y que incluso produce un tono rosado en la orilla del mar.

Si se corre con suerte es posible observar tortugas marinas, y a veces los delfines se aventuran al interior de la bahía. En la playa El Coyote el agua es tibia y por ahí pasan corrientes con una temperatura en verdad elevada. Cerca de Santispac, atrás de los manglares, que hay muchos en esta bahía, se encuentra una poza de aguas termales que brotan a 50 grados centígrados.

El atardecer comienza a desplegar su espectáculo, ahora con algo más que ofrecernos, un hermoso cometa, incansable viajero que ostenta su grandeza en un cielo lleno de estrellas; tal vez sea Guyiagui que se despide de nosotros, pues hemos terminado nuestro recorrido.Hasta pronto…

Fuente: México desconocido No. 285 / noviembre 2000

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