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Bahía de San Carlos, una marina paradisiaca.

Lo más probable es que uno -vulgar mortal- no llegue a San Carlos por vía marítima, en su velero propio; por lo mismo, lo normal es que llegue por carretera, y tal vez bajando de Hermosillo, de donde dista esta hermosísima bahía sólo 126 km.

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Transitando por la carretera federal 15, el viajero se puede dar cuenta de lo que el hombre es capaz de realizar para doblegar a la naturaleza en beneficio de sí mismo, de la comunidad a la que pertenece: el desierto ha dejado paso a tierras fértiles. Colosales viñedos, plantíos de frutales, garbanzo, sorgo, trigo se extienden hasta formar horizonte. Allí, en Sonora, se capta fácilmente lo que verdaderamente significa “inmenso”. Pues bien, a poco de pasar el añoso y comercial puerto de Guaymas y enfilando en dirección hacia al Oriente, se llega al poblado de San Carlos, cobijado en la sin par bahía del mismo nombre. Como pétreos centinelas del lugar, destacan las moles gemelas de los cerros denominados Tetacahui o Tetas de Cabra, con sus promonotorios peculiares que justifican su bautizo. A sus pies, en varios puntos y partiendo del propio camino asfaltado, se puede apreciar un suave oleaje de espigas de trigo mecidas por el viento. En sentido contrario: el rasar azul oscuro, que conforme corre a encerrarse en la bahía, se vuelve verde esmeralda o turquesa, y que en su transparencia rebota los tonos dorados del fondo arenoso.

UN IMÁN DE AGUAS TIBIAS Y TRANSPARENTES

San Carlos alberga una marina que casi todo el ario se satura de cientos de yates y veleros, casi todos oriundos de las costas californianas estadounidenses: San Diego, San Francisco, Los Ángeles. Podemos decir que de allí proviene la mayoría, pero eso no significa que los que se acogen a la marina de San Carlos no vengan de puertos y lugares más remotos, tanto de la costa Pacífica, como de sitios tierra adentro, que a pesar de no tener mar que los bañe, sus habitantes en cambio, sí poseen sus pequeñas naves deportivas que residen en la marina sonorense.

Las costas pacíficas de estas latitudes permanecen todo el año con un clima templarlo estable. Por ello, cuando en las aguas arriba del paralelo 28 arremeten las anclas frías, los turistas marinos bajan hacia la península mexicana y muchos de ellos se adentran a estos mares tibios, buscando el inigualable calorcillo. Lo mismo hacen las ballenas, ésas que viajan sus 10 mil km desde Alaska hasta Guerrero Negro y que luego, muchas, se dan graciosamente la vuelta -¿o se pasan por debajo?- a, Cabo San Lucas, para solazarse en el Mar de Cortés, tan cálido y acogedor.

¿Qué más vienen buscando los turistas a la Bahía de San Carlos? Aparte del arrimo a la marina, vienen atraídos lógicamente por la gran pesca de altura. No es la de San Carlos la única bahía: muchas más, todas pequeñas, forman sus recovecos entre estas nítidas aguas y los agrestes acantilados y roqueríos de color ocre. Abunda por aquí el pez vela, el martín dorado, la cabrilla, el pargo y también la langosta.Por otro lado, el lugar tiene playas formidables: la más famosa es la de Los Algodones, con arena fina y aguas cristalinas. Pero no le van muy a la zaga las de El Crestón y la San Carlos.

ALGO PARA BUZOS Y ESCALADORES…

Bueno pues supongamos que ya logró su máximo: habiendo alquilado una buena embarcación pesquera, saboreó el triunfo de que le picara en su anzuelo el mayor pez vela que jamás soñara (¿o en realidad sólo lo soñó…?), y rendido y gozoso, usted, viajero, se ha tomado un deliciosa limonada; pues ahora, ¿qué me mejor que dedicarse un buen rato al buceo. En su misma lancha rentada, vaya a la Isla de San Nicolás, o a Punta Doble o a Punta San Antonio y tendrá a su alcance todo un calidoscopio cambiante y móvil formado por miles de peces de forma y colores diferentes. Pero si está demasiado cansado para bucear, puede alquilar una embarcación con fondo de cristal y gozar cómodamente del mismo increíble espectáculo.  Habrá quien prefiera admirar ese mar de San Carlos desde las alturas. Entonces, si se es experto escalador de rocas y montañas, ataque las cimas de las puntas d los cerros Tetacahui, pues la cumbre le depara la panorámica más hermosa d las diferentes bahías, entre ellas, la de San Carlos. Si no es experto, ni lo intente.

Puede suceder que el paseante tenga corazón de explorador o de marino. Entonces, nada corno embarcarse y navegar mar adentro, unas tres horas, hasta llegar a la isla de San Pedro Nolasco. Por la parte de atrás de la isla le recibirán los gritos airados (le cientos de focas irritadas que le reclaman su intromisión dentro (le sus terrenos, ése es otro espectáculo. En San Carlos está por terminarse otra marina, tal vez la mayor y más importante de México: la Marina Real, cuyos muelles de concreto flotante se mueven, suben y bajan, al vaivén de las mareas. Tanto atractivo para el turista extranjero ha acarreado la construcción de hermosas colonias y fraccionamientos donde se levantan casas veraniegas bellísimas, cuyos arquitectos han tenido el buen sentido de edificar y ornar con materiales netamente mexicanos, que les otorgan una elegancia y colorido de verdadero asombro. Ciertamente que también hay propietarios nacionales, pero son pocos en relación con los de fuera.

Frecuentemente acaece que es la gente extranjera quien nos señala nuestras propias bellezas y quien nos enseña a apreciarlas en su justo valor. El viajero que en una dominguera mañana pasee por la población tendrá oportunidad de encontrarse, al lado de la carretera, a pescadores viejos de tez arrugada y curtida, que fumando un cigarrito y sentados sobre sus traquetearlas hieleras esperan al cliente que les compre el camarón y el ostión fresco. No se pierda de conocer y disfrutar como de los millones de rincones únicos y maravillosos que, como San Carlos, encierra nuestra tierra.

Fuente: México desconocido No. 148 / junio 1989

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