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Boca del Cerro en el cañón del Usumacinta (Tabasco / Chiapas)

Tan indómito y poderoso como fue en los días del capitán Juan de Grijalva, el río es una fuerza intocada que nace en las altas montañas de Guatemala.

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Tan indómito y poderoso como fue en los días del capitán Juan de Grijalva, el río es una fuerza intocada que nace en las altas montañas de Guatemala y una vez que recoge las aguas del Lacantún, el Usumacinta se interna en territorio mexicano con toda su corriente rápida y profunda hasta hacer su entrada triunfal en el magnífico cañón de Boca del Cerro.

Sigue su curso con rumbo sureste-noroeste y se abre paso por gigantescos meandros entre valles y cordilleras cortando su camino en las rocas calizas, lutitas y areniscas del Cretácico, que descansan sobre un estrato más profundo formado por depósitos del Jurásico.

Una vez que recoge las aguas del Lacantún, el Usumacinta se interna en territorio mexicano, donde se define por su corriente profunda y rápida; poco después bordea la opulenta ciudad maya de Yaxchilán, entonces sus aguas se tornan insondables, las orillas ganan altura y en el río aprisionado aparecen los primeros rápidos, el de Anaité, al que sigue El Cayo, Piedras Negras y finalmente el San José, a partir del cual se precipita entre desfiladeros abiertos a fuerza de milenios por la erosión fluvial.

TRAS UNA SINUOSA TRAVESÍA DE 200 KM

Finalmente, el sagrado río de monos hace su entrada triunfal en el magnifico cañón de Boca del Cerro, imponente obra de la naturaleza flanqueada por escarpaduras monumentales de 200 m de altura, que contrastan con el brillante color naranja del puente metálico que lo atraviesa en su lado norte. Por su belleza escénica y diversidad biológica, este cañón es uno de los atractivos más notables del municipio de Tenosique, en Tabasco, alrededor del cual giran historias sobre grutas inmensas que llegan hasta las ruinas de Palenque y túneles excavados en tiempos inmemoriales.

Para develar estos misterios, como siempre me acompañan Pedro García Conde, Amaury Soler, Ricardo Araiza, Paco Hernández y Ramiro Porter; nuestra aventura empieza en el embarcadero de San Carlos, de donde partimos en la mañana.

A TRAVÉS DEL CAUDAL

Con una anchura promedio de 150 m y un maravilloso color verde esmeralda, el caudal del Usumacinta es transitable a lo largo de varios kilómetros, lo cual permite admirar a placer las altas paredes que se alzan de lado a lado del cañón y los festones de selva que cubren hasta sus cimas más elevadas. Pedimos a nuestro lanchero, Apolinar López Martínez, que nos lleve a los rápidos de San José, para de ahí empezar la exploración río abajo.

Durante la navegación no perdemos detalle de la espléndida vegetación tropical que reviste los farallones y riberas. Antiguamente el rey de estos lugares fue el caobo (Swietenia macrophylla), que se alzaba hasta 50 o 60 m pregonando su grandeza vegetal en la selva maya. Hoy quedan algunos ejemplares en los sitios más recónditos de la Lacandonia, pero su lugar ha sido ocupado por otras especies no menos corpulentas como El Ramón, Canshán, Pukté, Mocayo y Bellota gris. En ella habitan monos aulladores, jaguares, ocelotes, tapires, venados cola blanca, murciélagos, y un sin fin de aves y reptiles.

Al acercarnos demasiado a la orilla el ruido del motor alerta a un grupo de monos aulladores (Allouatta palliata) que descansan en un árbol; indignados, los saraguatos nos dedican un concierto de gritos estentóreos que se escuchan por todo el cañón. Ningún zoológico del mundo, por moderno y funcional que sea, es capaz de ofrecer este cuadro maravilloso que disfrutamos enormemente. Más adelante, sobre una escarpada orilla y camuflado por la vegetación avistamos un venado cola blanca.

UN PAISAJE MONUMENTAL

Entre los rápidos de San José y San Joseíto exploramos una cueva, no muy profunda, pero el paisaje que la rodea es estupendo, compuesto por monumentales bloques de roca desgajados en los que abundan abrigos rocosos, arcos naturales y grietas ideales para escalar.

De nuevo sobre el río navegamos rumbo al sitio donde se localizan los túneles; a la pregunta de si conoce algo sobre ellos, don Apolinar contesta que son 12 y fueron excavados por la Comisión Federal de Electricidad entre 1966 y 1972 para estudiar la geología de la región. El cauce del Usumacinta tiene aquí una anchura que va de 150 hasta 250 m, y aunque en la superficie se observa sereno y calmo, por debajo se desplaza con una fuerza y velocidad temibles, capaz de arrastrar al fondo al más experto nadador. Quizás por esa razón las embarcaciones que surcan sus aguas son particularmente estrechas, para lograr una maniobrabilidad más ágil y rápida.

En pocos minutos estamos frente a un túnel abierto en la pared oeste del cañón, a una altura de ocho m sobre el nivel del río; el túnel es rectangular, con una galería de 60 m de longitud y dos pasajes laterales de corta extensión. Un segundo túnel se ubica en la pared opuesta. Es casi una réplica del que acabamos de explorar, pero ligeramente más grande y ancho, con una galería de 73.75 m de largo y un pasaje lateral en el lado izquierdo que mide 36 metros.

Lagartijas, murciélagos, arañas, e insectos rastreros son los inquilinos de estas cavidades artificiales no exentas de sorpresas, en cuyo inte-rior se hallan huesos de animales, estopines, cable para explosivos –permacord– y desde luego delicadas concreciones de calcita producto de filtraciones de agua saturada de gas carbónico.

LOS DOMINIOS DE PAKAL

Cerca de aquí hay dos cavernas, la primera a orillas del río. Aunque la leyenda dice que llega a los domi-nios del mismísimo rey Pakal, sólo tiene 106 m de longitud; la segunda recompensa ampliamente nuestros esfuerzos; se trata de una cavidad fósil, con galerías y salas extensas distribuidas en dos niveles, en los que hermosos conjuntos de estalactitas decoran las bóvedas a 20 m de alto. Aunque don Apolinar explica que la caverna fue descubierta por monteadores años atrás, la pedacería de cerámica en la entrada manifiesta el uso ritual que se le dio en tiempos prehispánicos.

Estos vestigios nos recuerdan que además de su importancia natural, el Usumacinta posee un enorme significado histórico, toda vez que en la Antigüedad constituyó el eje de interacción de la civilización maya de la época clásica, lo mismo que sus tributarios. Se calcula que en los tiempos de mayor esplendor de la cultura maya, hacia el año 700 de nuestra era, poco más de cinco millones de personas habitaban la región. Las ciudades de Yaxchilán, Palenque, Bonampak y Pomoná expresan la importancia arqueológica del Usumacinta, al igual que otros miles de sitios más pequeños.

Tomando en cuenta lo anterior y en un intento por preservarlo para las generaciones venideras, el gobierno del estado de Tabasco está en proceso de integrar este hermoso lugar al Sistema de Áreas Naturales Protegidas, para lo cual lo dotaría de una superficie de 25 mil ha con el nombre de Parque Estatal Cañón del Río Usumacinta.

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