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Buscando un nido. Centro Ecoturístico Las Guacamayas

Chiapas es especial, me decían todos. Había recorrido muchos caminos y nunca creí que ahí podría “arrancar” mi vida de nuevo… el sigiloso sonido de la selva.

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Los estruendosos sarahuatos, las cabañas a la orilla del río Lacantún, me llevaron a recordar el valor de las cosas simples y de la libertad, pero sobre todo, hubo una que me conmovió, la amorosa búsqueda de un nido de una pareja de guacamayas. Más que un viaje ordinario, parecía una huída. Apenas me contó un amigo de este lugar en la prodigiosa tierra de Chiapas, me propuse apresurar todo para salir de inmediato. Parecía que me habían dicho, ahora o nunca. ¡No creí que fuera tan lejos! Me sentí en una correría y caí en la cuenta de las enormes proporcionaes de nuestro territorio, lo cual me hizo sentirme orgullosa.

Nuevos aires

Mi llegada al aeropuerto de Villahermosa, Tabasco, fue muy afortunada, pues inmediatamente me encontré con un amable conductor que ofreció llevarme a la ciudad de Palenque, en el estado vecino. Suena extraño llegar en avión a diferente estado, pero es lo más cercano a la ruta que tomaría. En Palenque llegué de primero al hotel, que pronto me recibió con la primera sorpresa del viaje. ¡En el lobby había lagartos y enormes tortugas!, no había visto nada igual.

Muy temprano, al otro día, mi eventual guía pasó por mí, proponiéndome hacer un alto en la comunidad de Lacanjá Chansayab, específicamente en el Campamento Río Lacanjá, pues el viaje podría ser pesado hasta Las Guacamayas, Centro Ecoturístico, mi última parada.

Con un pie en la selva

Ya era de noche cuando salí del auto. Fue una sensación deliciosa. El aire estaba tibio, una mezcla de olores que no conocía me absorbió el seso, haciéndome feliz. Eran aromas a maderas, tierra húmeda, hojarasca, entre otras cosas que no reconocía. Inmediatamente nos dieron la bienvenida. Por una vereda me condujeron a mi cabaña. ¡Era hermosa! Lo mejor, una pequeña terraza con la que te “conectabas” a la selva. Después de dejar mi maleta, salí para cenar. Una luz a lo lejos me dirigió hacia lo que era la palapa que servía de comedor. Todo abierto para disfrutar del entorno. Tortillas recién hechas, huevitos con chorizo y frijoles negros acompañados con café con leche… ¿qué más se puede pedir antes de irse a dormir?

El sol de la mañana reveló, como en un cuento, la belleza que sólo adivinaba la noche anterior. No podía creerlo. Un día antes me sentía agobiada en el tráfico de la ciudad y mis preocupaciones y hoy estaba compartiendo espacio con una comunidad lacandona. Antes de desayunar fui a visitar las otras cabañas, que son un poco más rústicas, pero están junto a un encantador lago. Me dieron ganas de nadar en él, pero tenía que tomar camino de nuevo. Con la promesa de regresar muy pronto y disfrutar más del Campamento Río Lacanjá, nos fuimos adentrando más a la Reserva de la Biosfera Montes Azules.

Un pedacito de la jungla

El camino desmintió un mito que tenemos muchos mexicanos y extranjeros: que son peligrosas las carreteras en Chiapas. No hay nada más alejado que eso. En tres horas de viaje nunca tuvimos problemas, ni siquiera un asomo de inquietud.

Por fin llegamos a Reforma Agraria, un pequeño poblado con casitas muy lindas, con espacio suficiente entre una y otra. Todas con un gran terreno alrededor, muy verde, muy alegre, con gallos, gallinas y sus pollitos corriendo de un lado a otro. En dos minutos ya estábamos en Las Guacamayas. Pedro, el administrador del lugar, tuvo una gran deferencia conmigo, pues me tenía reservada la mejor cabaña del lugar. Como el terreno es desigual, así lo aprovecharon para hacer el Centro en desniveles y todas las cabañas están muy separadas unas de otras. Caminé por un largo puente de madera que estaba muy por encima del suelo, lo cual te da una sensación de caminar casi por las copas de los árboles, por lo que pude advertir varias clases de orquídeas.

La cabaña era fantástica. En lugar de paredes y techo tenía enormes mosquiteros, así que si abría todas las ventanas corredizas, lograba el efecto deseado: estar como “acampando”. En la terraza había flores de bienvenida y desde ahí, muy cerca, estaba el río Lacantún. Del otro lado del río estaba imponente, la selva.

Creí que no había más que disfrutar de todo eso, pero había más…

Plumas de colores y ruidos enajenantes

Después de comer y pasear por la orilla del río, me disponía a leer cuando me distraje con unos sórdidos ruidos que no había oído nunca, mas que en las caricaturas donde salía el “abominable hombre de las nieves”. Era espeluznante e iba en aumento. Cerca de mi estaba un jardinero y le pregunté qué era. “Son los sarahuatos”, dijo con una sonrisa. Me explicó que siempre “se inquietan” al anochecer y que esperara igual serenata al amanecer. Me pareció emocionantísimo pensar que había miles de monos al otro lado del río… tan cerca de mí. Los imaginé enormes y furiosos, pero son de tamaño mediano y parecen inofensivos cuando se les ve columpiándose en las ramas de algún árbol, especialmente del chicle, de donde obtienen su principal alimento. Más tarde me explicaron que aúllan con ese estruendo debido a que tienen muy desarrollado el hueso hioides de su garganta, el cual forma una caja ósea –como cámara de resonancia– que amplifica su voz. Así fue como también me desperté, con ese bullicio que lo llena todo.

Después de desayunar entre orquídeas y con vista al río, me invitaron a dar una vuelta por los alrededores prometiéndome algo muy singular. Mientras caminábamos, el médico veterinario y técnico encargado, David Gómez, me fue contando el principal objetivo del lugar. Las personas que conforman la comunidad Reforma Agraria, de origen chinanteco, comenzaron un ambicioso proyecto con la participación de la comunidad y técnicos para la conservación del guacamayo rojo (Ara macao). Los primeros trabajos fueron la identificación y protección de nidos naturales y la colocación de algunos artificiales como apoyo a la reproducción de la especie. Tiempo después se inició otro proyecto de aprovechamiento, que es la construcción del Centro donde me hospedaba, que tiene como principal atractivo la presencia de esta especie. David me dijo que se colocaron diez nidos artificiales que se monitorean, junto con los nidos naturales, y se lleva el registro de la actividad reproductiva de las parejas identificadas. Me contó que el macho es de las pocas especies que son monógamas por lo que pasan la mayor parte de su vida en compañía de su pareja, conviviendo, apareándose, buscando y haciendo nido y cuidando a su polluelo.

Después de escuchar esto, se imaginarán lo ansiosa que estaba por conocer los nidos. Poco a poco fuimos encontrando los árboles elegidos para tal fin y me los señalaban, con la esperanza de ver a las parejas. El diseño que se utilizó para los nidos artificiales es el denominado “de árbol rollizo”, el cual consiste en seleccionar un árbol de ciertas dimensiones ya caído, se cortan trozos del tamaño requerido, se parten por la mitad, se escarban por dentro, se vuelven a cerrar y se hace un orificio de entrada.

David y su hermano traían todo listo para enseñarme uno de los nidos, a través de un monitor portátil. ¡No me lo esperaba! Es así como conocí a uno de los pollos. Es una labor tan importante, sobre todo si se piensa que es una especie en peligro de extinción, ya que el comercio ilegal de estas aves se ha llevado a cabo durante décadas. Además están los depredadores naturales y el hecho de que esta especie no pelea por su nido, es decir, si llega otra ave para ocupar ese puesto, ellos se lo ceden fácilmente.

Una vez que nos quedamos los tres absortos en la contemplación del pollo, escuchamos que muy cerca estaban sus padres, así que decidimos dejarlos tranquilos.

De regreso al Centro, ninguno hablaba. El hecho de que uno de los limitantes para la reproducción fueran tantos y que esta comunidad haya sido lo suficientemente sensible a ello para darle una solución es digno de aplaudirse. Lo que parecía sólo un lugar de relajación, resultó ser un ejemplo de amor a la naturaleza, al respeto por las especies y su conservación. La imagen de la pareja, que pasa la mayor parte de su vida junta, buscando nido, se me quedó fija en la mente y ahora que volví a mi cotidianidad, siempre que quiero pensar en algo bello, cierro los ojos y la veo junta, en la puerta de su nido, en Chiapas, tierra prodigiosa que nunca olvido.

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