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Vive Experiencias Spa y relajación

Dos maravillosos refugios en Cabo Corrientes, Jalisco

Una de nuestras colaboradoras viajó a la región del occidente para descubrir Villa Azalea y El Cielito, dos hoteles que buscan conquistar a los trotamundos con sus instalaciones que miran hacia el río o a la costa.

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#ViajeraExpertaMD y periodista cultural.


Un cálido silencio, un jardín de árboles frutales creciendo despreocupados y una casa de muros amarillos fueron los primeros en recibirnos. Habíamos llegado a Villa Azalea, dejando atrás Puerto Vallarta, el mar, y la carretera que conduce hasta Barra de Navidad. Nos habían dicho que en este hotel jalisciense no hay océano que mirar por las ventanas, pero sí un río, y que los días aquí transcurren de manera vegetal, entre la granja orgánica y los ingredientes en ella cultivados, esos que después son platillos y fiesta en el paladar de los huéspedes.

Un mundo orgánico

Abierto al público este año, Villa Azalea es el proyecto de Dulce Arguero, quien imaginó un espacio donde los anfitriones fueran tanto la naturaleza como el lujo desenfadado. Siete son las habitaciones donde el cuerpo descansa. No tienen teléfono o cable, solo pantallas para que la noche venga acompañada, además de los grillos y su canto antiguo, de alguna película -en el hotel hay una extensa colección de cintas-. De las paredes cuelgan pinturas de Federico León de la Vega y Leonardo Nierman, y en los baños las manos han de perfumarse con jabones de Pineda Covalin. Un patio interior y una pequeña alberca queriendo ser fuente reúnen a todo aquel que pasa rumbo a la cocina o el comedor; mientras las esculturas móviles del artista francés Vincent Magni observan ensimismadas lo cotidiano. La sala de estar, a un costado, tiene siempre abiertas sus puertas para que entren el viento y la fuerza del verde allá afuera.

Rodeando la villa hay un jardín casi infinito, y donde antes hubo agaves -con los que se elaboró un tequila de la casa- hoy se levantan limoneros y naranjos, mangos, duraznos y mandarinas. Un invencible pino al que le han caído dos rayos comparte el suelo con los plátanos, los cafetales y las maderas recién sembradas, como la parota y el rosa morado. Crecen bugambilias por todas partes, hay petunias y aves del paraíso, y con sus raíces al aire las orquídeas se dejan estar a la sombra de los árboles. El área donde se produce composta es el comienzo del tour por la granja que Dulce hace junto con sus invitados. Luego de explicarnos cómo la tierra se vuelve fértil si es preparada con cuidado y de mostrarnos el papel que las lombrices desempeñan durante el proceso, nos condujo hasta las naves de cultivo, el sitio donde esa misma y mágica tierra (resultado de la mezcla de estiércol y aserrín, carbón, hojarasca y arena) llena las múltiples cajas de semillas.

Pocas son las veces en que se pueden cosechar los vegetales que más tarde han de comerse; así que la cesta que nos dieron la ocupamos, sonrientes, para meter en ella ejotes y tomates, zanahorias, algo de albahaca, y cuantas hojas pudimos de los muchos tipos de lechuga -mantequilla, mizuna, galáctica- que aquí crecen tan abiertas al día como si de flores se tratara. No muy lejos de las naves, un corral sirve de hogar a las gallinas y pavas; sus huevos, claro, forman parte del ritual gastronómico en Villa Azalea. Hay huéspedes que se enlistan para tomar clases de cocina al aire libre, en una zona habilitada para ello, y cuando así ocurre en la atmósfera se enredan los aromas, huele entonces a mixiote de pollo orgánico o a mousse de maracuyá.

Un lago habitado por tilapias forma parte del paisaje, al igual que la alberca, otra y más grande, prometiendo todo el bienestar que cabe en un momento de sol. Pero es el río La Puerta, al fondo de la propiedad, el que los ojos miran en busca de alivio. Cuando no es temporada de lluvias, en su poca agua se instala una mesa y la comida es servida en ese escenario humedecido. Nos tocó en suerte que así fuera y comimos así, en medio del río, con los pies mojados y un universo de diminutos peces flotando alrededor. A Dulce parece no gustarle la rutina y nos preparó cada episodio culinario en un sitio distinto: adentro, afuera, con el agua cerca o las estrellas como velas. Y probamos su crema de champiñones, el salmón al mole rosa hecho con las cosas que provienen del huerto, las pechugas rellenas de chaya y queso, el pescado con huitlacoche. Y nos sumergimos, casi sin darnos cuenta, en ese mundo orgánico, fluido, trazado apenas con pájaros y hortalizas.

Villa Azalea, en Cabo Corrientes, Jalisco / Guacamole Project

Para no perderse

En Villa Azalea se preparan mermeladas y conservas, las hay de jitomate y mandarina, de naranjita y maracuyá. También se elabora un repelente de mosquitos de aceites naturales que resulta muy necesario estando en el jardín y el río. Y no hay que olvidarse del tequila de la casa, un gusto que no se le niega al paladar. Todo se exhibe en la pequeña boutique del hotel.

El llamado del mar

Después de unos días en la granja nos despedimos de nuestra anfitriona y partimos en busca de horizontes. Por recomendación de ella, hicimos una reservación en las Cabañas El Cielito, en Villa del Mar. Atravesamos entonces El Tuito (a 15 km de Villa Azalea), un poblado de calles empedradas donde la gente le reza a San Pedro y prepara quesos en sus casas. Y luego de 44 km llegamos a la Bahía de Tehuamixtle, donde nos esperaban las nueve cabañas que hace no muchos años fueron construidas por una cooperativa de ejidatarios. Aquí el lujo tiene forma de acantilado, porque las cabañas están en lo alto y es la vista del océano que desde ellas se tiene lo único que al alma parece importarle. La playa -rodeada de vegetación semidesértica- queda allá abajo, como si fuera un país de arena al que se llega simplemente por una escalera. Su eterno acompañante es el río Ipala, ese caprichoso cuerpo de agua que con las lluvias se inunda y desborda queriendo hacerse uno con el mar. En esos momentos, el estero formado resulta perfecto para pescar o dar un paseo en kayak, y quienes sienten fascinación por las aves encuentran aquí cientos de motivos alados para darle nombre a la felicidad.

Nos dijeron que de quererlo, podíamos rentar una cuatrimoto o andar a caballo, y de regresar entre septiembre y mayo tendríamos oportunidad de liberar tortugas. Pero no era la temporada y lo único que parecía darnos contento era la idea de llenar el día con un rato de alberca. Pedimos un “cielo rojo”, una de las bebidas de la casa, hecha con cerveza y clamato, pepino picado y camarones. Y una vez en el restaurante, dejamos que el apetito volara de los ostiones al aguachile, de la sopa siete mares a los tacos de pescado.

Penny Johnson, la administradora, se sentó con nosotros a la mesa, y supimos de las cosas que en los alrededores dan sentido al turismo rural: en el rancho El Trozado, por ejemplo, puede aprenderse a ordeñar una vaca; el pueblo Cabrel detiene a quien curioso pasa deseando conocer los árboles de chicle que ahí crecen; de internarse en el paisaje serrano se llega hasta el río El Higueral; y en el poblado Bioto habita un jaguar que es posible llegar a mirar si se tiene paciencia. Con la mente poblada de aventuras, sabiendo que en este rincón de Cabo Corrientes no existen ni el teléfono ni la televisión, permitimos que la naturaleza nos regresara una vez más a nosotros mismos. El sol se apagaba en una nube lejana, nos despedimos de la tarde, nos metimos en nuestra cabaña de techo de palma y piso de barro, y nos pusimos a imaginar en lo oscuro la secreta vida de las plantas afuera, de las palmas y cactus, del jardín de rosas que hacía poco Penny nos había mostrado.

Para no perderse

A 20 minutos de Villa del Mar se encuentra Peñitas, una playa que todo surfista necesita conocer. Muy cerca queda Tehuamixtle, una villa de pescadores con sencillos restaurantes a la orilla del mar; en sus aguas es posible practicar esnórquel y desde El Cielito parten hasta ahí excursiones en lancha para observar la fauna marina. Un poco más lejos queda Playa Corrales, de olas suaves, no muy grandes, ostentando con orgullo el faro que Porfirio Díaz mandó construirle al inicio del siglo XX.

Contactos

Villa Azalea
Carretera Barra de Navidad Km. 184. Cabo Corrientes, Jalisco.
Tel. 01 (664) 231 3363.
www.villaazalea.com.mx

El Cielito
Av. Villa del Mar s/n, Villa del Mar. Cabo Corrientes, Jalisco.
Tel. 01 (331) 031 1415.
www.elcielito.com.mx

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