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Caminata por las lagunas de la meseta de El Ocotal (Chiapas)

La Selva Lacandona, ese fantástico territorio habitado por la ancestral cultura maya, ha llamado siempre la atención de los grandes viajeros, de los científicos, antropólogos, arqueólogos, historiadores, biólogos, etcétera, quienes desde hace más de cien años han ido sacando a la luz de los tesoros ocultos que la selva resguarda: sitios arqueológicos devorados por la vegetación, abundante y maravillosa flora y fauna, impresionantes bellezas naturales…

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Fotógrafo especializado en deportes de aventura. ¡Ha trabajado para MD desde hace más de 10 años!


La Selva Lacandona constituye el límite poniente de la selva tropical denominada Gran Petén, la más extensa y norteña de Mesoamérica. El Gran Petén está formado por las selvas del sur de Campeche y Quintana Roo, la Selva Lacandona de Chiapas, incluida la Reserva de la Biosfera Montes Azules, y las selvas del Petén guatemalteco y beliceño. Todas estas áreas conforman una misma masa forestal que se localiza hacia la base de la península yucateca. La selva no rebasa los 500 msnm, salvo la región lacandona, cuyo rango altitudinal va de los 100 a más de 1 400 msnm, por lo que es la más rica en biodiversidad.

Actualmente la Selva Lacandona está seccionada en distintas áreas de protección y de explotación, aunque estas últimas dominan sobre las primeras, y día con día se saquean, se explotan y se destruyen más y más hectáreas de este maravilloso ecosistema, único en el mundo.

Nuestra exploración, apoyada por el organismo Conservación Internacional, la llevamos a cabo dentro de la Reserva de la Biosfera Montes Azules; el objetivo era recorrer la región más alta y montañosa, donde están las fantásticas lagunas El Ocotal, El Suspiro, Yanki y Ojos Azules (sur y norte), y en una segunda etapa navegar por el río Lacantún hasta el mítico y legendario Cañón del Colorado, en la frontera con Guatemala.

Así que, envueltos por la neblina de la mañana, partimos de Palestina rumbo a Plan de Ayutla; en el trayecto nos encontramos a varios campesinos que se dirigían a los campos de cultivo; la mayoría de ellos tienen que caminar de tres a cuatro horas para llegar a las milpas, cafetos o árboles de chicle donde trabajan como jornaleros.

En Plan de Ayutla localizamos a nuestros guías y de inmediato nos pusimos en marcha. Conforme avanzábamos, el ancho camino de terracería se iba convirtiendo en una estrecha vereda lodosa, donde nos sumíamos hasta las rodillas. Las lluvias iban y venían súbitamente, como si atravesáramos una frontera mágica. De los cultivos pasamos a la espesura de la selva: estábamos penetrando en la selva alta perennifolia que cubre la mayor parte de la reserva. Mientras ascendíamos por el abrupto relieve, por encima de nuestras cabezas se extendía una increíble bóveda vegetal, pintada con las más variadas tonalidades verdes y amarillas que pueda imaginarse. En este ecosistema los árboles más grandes alcanzan los 60 m de altura, siendo las especies dominantes el palo de aro, canshán, guanacaste, cedro, caoba y ceiba, de los cuales cuelgan y se entrelazan larguísimas lianas, bejucos, plantas trepadoras y plantas epifitas, entre las que abundan las bromeliáceas, las aráceas y las orquidáceas. Los estratos inferiores están poblados de plantas herbáceas umbrófilas, helechos gigantes y palmas espinosas.

Después de un largo ascenso cruzando un sin fin de arroyos, llegamos a lo alto de una gran meseta: nos hallábamos en las orillas de la laguna El Suspiro, la cual está cubierta de jimbales, intrincados ecosistemas que se desarrollan en las riberas de los ríos y las lagunas, donde crecen espesos tulares, hogar de la garza blanca.

Mientras nos espantábamos los mosquitos, un arriero pasaba problemas con uno de sus burros, el cual había tirado la carga. El dueño de la bestia se llamaba Diego y era un indígena tzeltal que se dedica al comercio; sube comida, refrescos, cigarro, pan, pasta de dientes, latas, etcétera, y también es el cartero y mandadero del destacamento del ejército que está localizado en las riberas de la laguna Yanki.

Finalmente, después de ocho horas de caminar por la espesura de la jungla llegamos a la laguna Yanki, donde instalamos nuestro campamento. Ahí también nuestro amigo Diego extendió su tenderete, donde vender mercancías y entrega cartas y otros encargos a los militares.

Al día siguiente, con los primeros rayos del sol que levantaban la espesa neblina de la laguna, iniciamos nuestra exploración de la selva, guiados por tres indígenas que colaboran con Conservación Internacional. De nuevo nos internamos en la selva, primero abordamos una balsa vieja y remamos hasta una de las orillas de la laguna Yanki, y de ahí continuamos a pie, atravesando la selva.

La vegetación de esta área es muy peculiar, ya que el 50% de las especies son endémicas; los alrededores de las lagunas están cubiertos por la selva lluviosa de montaña alta, poblada de ceibas, palo mulato, ramón, zapote, chicle y guanacaste. En las montañas más altas que circundan a las lagunas crecen bosques de pino-encino.

Después de dos horas llegamos a la laguna. El Ocotal, increíble cuerpo de agua que la selva ha protegido durante miles de años, el agua es limpia y clara, con tonalidades verdes y azules.

Para el medio día regresamos a la laguna Yanki, donde pasamos el resto del día explorando los tulares que crecen en las orillas. Aquí abunda la garza blanca y es muy común ver tucanes; cuentan los indígenas que durante las tardes los pecaris cruzan nadando.

Al día siguiente volvimos a navegar por última vez la laguna Yanki, y partiendo de otro de sus extremos iniciamos la caminata hacia la laguna Ojos Azules; llegar a ésta nos tomó cerca de cuatro horas, bajando por un enorme cañón que desemboca en la laguna. A nuestro paso encontramos una planta gigantesca llamada oreja de elefante, la cual puede cubrir a cuatro personas por completo. Descendiendo por una lodosa vereda alcanzamos la orilla de la laguna Ojos Azules; para muchos la más bella por el color azul intenso de sus aguas. Prometimos regresar, tal vez con un par de kayacs y equipo de buceo para explorar el fondo de estas mágicas lagunas y averiguar algo más de sus secretos.

Sin mucho tiempo que perder iniciamos nuestro camino de regreso, por delante nos esperaba una jornada muy larga de doce horas, abriéndonos paso con machete en mano y luchando contra los lodazales; finalmente llegamos al poblado de Palestina, desde donde, en los siguientes días, continuaríamos con la segunda parte de la expedición hasta la última frontera de México: la boca de Chajul y el río Lacantún, en busca del mítico Cañón del Colorado…

LAS LAGUNAS EL OCOTAL, EL SUSPIRO, YANKI Y OJOS AZULES
Estas fantásticas lagunas están ubicadas en el norte de la Reserva de Montes Azules, en la meseta El Ocotal, y junto con las de Miramar y Lacanhá, en la porción centro-oeste respectivamente, conforman los cuerpos de agua más importantes de la reserva.

Se cree que esta zona fue un refugio de plantas y animales durante la última glaciación, y que al terminar ésta las especies se dispersaron y poblaron el reto de la región.

Estos cuerpos de agua son muy importantes para los ecosistemas, ya que las elevadas precipitaciones y la morfología del terreno permiten que se recarguen los mantos freáticos y cáusticos.

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