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Día 6: rafting, la última aventura para llegar a Copalita

Tras seis días de recorrido por la selva, bosques y cafetales, los viajeros llegaron a la costa oaxaqueña.

31-10-2016, 7:18:39 AM

Ana Elena Pola Santamaría

Día 1: Los muchos Méxicos que se cruzan camino a Copalita

Día 2: Copalita, una manera diferente de vivir el turismo

Día 3: Camino Copalita, los creadores de una ruta mágica

Día 4: Turismo de inmersión en Copalita, Oaxaca

Día 5: Mandimbo, una joya para admirar de camino a Copalita

Salimos con rumbo al río. El olor de la ropa mojada por seis días es insoportable e indefinible. No sabemos quién de los doce que somos huele peor, mas como solidaria comunidad nómada nos echamos la culpa uno a otro.

Casco, chaleco salvavidas y remo. La comunidad nómada –muégano– es separada en dos balsas, quizás como signo de que eso, de forma definitiva, va a suceder más adelante.

Ha llovido y el río lleva agua suficiente para garantizar una jornada muy entretenida de seis horas de remo. El día está soleado y hemos remado a buena velocidad: llegamos luego de tres horas a la comunidad de La Blas, bajo una palapa de palma con un diseño moderno, donde nos reciben con sopa de verduras, tamales de chipilín y agua de guayaba. La comida ha sido una protagonista esencial de esta aventura.

Volvemos a embarcarnos; quedan otras tres horas de remo. Este trayecto transcurre más holgado y tranquilo. En la balsa en la que viajo hablamos sobre Camino Copalita: Marco y Manuel describen sus razones para crearlo y continuar impulsándolo.

Lóránt Vörös

Lóránt Vörös, húngaro, yakushiel, fotógrafo, va señalando la diversidad de aves a las orillas del río porque es un especialista. David y Cristian van sentados frente a mí. El primero ha sido el integrante con mayor edad (67 años) en diez grupos de caminantes que han visitado Copalita, y lo hizo espectacular. Cristian también, ¡bárbaro a sus 56!

La otra balsa lleva a los jóvenes del grupo: de 16 a 35 años. El recorrido se nos está acabando, ya se oyen las olas del mar reventando en la arena, la adrenalina que dormía —alimentada con tamales de chipilín— vuelve a encenderse.

Superamos la última curva del río, el mar gruñe más cerca, las aves revolotean encima nuestro. Enmudecemos. Ahí está el mar. Ese mar que era una franja cuando lo señaló Marco desde la montaña. Ahí está el mar. Ruge. Revolotea. Sin acordarlo y aún en silencio comenzamos a remar más rápido. Tenemos que llegar al tramo de arena que divide al río del mar. Solo hay que llegar.

Camino Copalita: sus hallazgos, sus regalos, su visión en este momento está concentrado en ese punto. Hay que llegar. Remamos. Silencio. Las lágrimas brotan. De cansancio, de prisa, de emoción, de reto cumplido.

Se nos sale el mar por los ojos a casi todos. Hemos llegado. Desembarcamos. Nos abrazamos unos a otros de celebración. ¡Llegamos! La montaña más alta es ahora una franja fantasma terriblemente lejos.

Lóránt Vörös

También nosotros: estamos lejos de quienes éramos cuando empezamos a caminar. El mar ruge, revienta a los pies de todos. Nosotros reímos. Este instante será memoria para siempre, para todos. Un abrazo más, comunitario, nómada. Este es nuestro último cruce, nos abrazamos, para luego seguir cada uno con su cauce, como brazos de río.

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