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Conoce México Cultura y artesanías

Centro Histórico: teatro de las maravillas (Distrito Federal)

Juan de Viera, narración de la ciudad de México, denominó al mercado de la Plaza de las Armas: Teatro de Maravillas

18-08-2010, 8:47:02 AM
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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.

Nuestra capacidad de admiración se ha opacado ante el ejercicio diario de esquemas sociales. La prisa para llegar al trabajo nulifica la capacidad contemplativa. Sin embargo, los fenómenos están allí, esperando el ojo dispuesto a verlos. La belleza radica en el observador capaz de distinguirla.El Centro Histórico de la ciudad de México –y particularmente el Zócalo– conserva la quintaesencia de la ciudad. Espacio plural por antonomasia, no sólo resulta atractivo por los edificios que lo componen –la urbs– con todas las descripciones y estudios que se han hecho al respecto, sino también por el espectáculo cotidiano que ofrecen sus moradores y transeúntes –la civitas–.

Más allá de ser el receptáculo de acciones masivas concertadas como marchas –procesiones seculares con carga simbólica–, fiestas (civiles y religiosas), conciertos, etcétera, la Plaza de la Constitución es una colección inigualable de personalidades y personajes disímbolos, contrastantes, sorprendentes, inabarcables.Históricamente ha habido esfuerzos notables por aprehender este fenómeno humano. Pintores, escritores, humanistas, fotógrafos, litógrafos, viajeros, etcétera, han aguzado su mirada y se han dejado cautivar por la tragicomedia representada en un solo acto, que se abarca con una sola mirada, pero que lleva inherente el espíritu de miles. Trazos, prosas, impresos, versos y estudios concienzudos han tratado de contener el escenario en un solo lienzo, en un solo libro, en una sola metáfora. Las miradas de conjunto valen por sí mismas, pero los matices de cada personaje merecen mención aparte.

Juan de Viera (1719-1781), criollo poblano que escribió en 1777 una Breve compendiosa narración de la ciudad de México, denominó al mercado de la Plaza de Armas “teatro de maravillas” porque allí se vendían los más variados objetos del oriente (tal y como se sigue haciendo hoy en día). Tal apreciación sigue vigente y bien puede ampliar sus alcances para abarcar no sólo las escenas, sino a los actores que día con día representan papeles dignos de una descripción barroca: cargada de hipérboles y contrastada por sus alusiones realistas y metafóricas.  El observador común, en una tarde común, en el espacio común, puede trastabillar entre la realidad y el delirio si decide focalizar su atención en los personajes que lo rodean. Puede observar un anacronismo danzando si se acerca a los concheros que entre copales y plumas hacen sonar cascabeles, tambores y flautas al ritmo de una música remota que nadie de esta época escuchó jamás. Si decide continuar su recorrido, inmediatamente podría encontrarse con un superhéroe enmascarado dispuesto a hacer las delicias de grandes y –sobre todo– de chicos que se lo topan por accidente. Esta encarnación trasnochada de los valores hollywoodenses despierta genuinamente las preguntas que en el mundo cinematográfico son clichés: ¿quién es él?, ¿a qué se dedica cuando no está enmascarado?, ¿por qué se enmascara para salir a la calle?

Después de esta experiencia antropológica, y sumido en el pasmo de la reflexión sin cauce, nuestro observador común podría empezar a escuchar –entre disonancias de claxon y murmullos estruendosos de multitud– música de viento generada por acción mecánica. En efecto, los cilindreros todavía habitan el Centro Histórico. La música que ofrecen, a veces fuera de ritmo por cansancio del brazo que opera la manivela, es casi siempre el único respiro auditivo entre la marabunta ensordecedora. Son el último eslabón de una tradición en vías de extinguirse y que resiste inexplicablemente ostentando un lema de honor ininteligible: “cualquiera lo toca, pero no cualquiera lo carga”.Después de la pausa acústica viene una escena naif; el observador común (incierto de la necesidad de permanecer) podría presenciar una acción fuera del ritmo urbano, llevada a cabo en cámara lenta y, sin embargo, enclavada en el ombligo del Zócalo capitalino: existen personas dispuestas a guarecerse bajo la sombra caminante del asta bandera. El motivo para hacer esto es inescrutable; sin embargo, la hipótesis puede parecer ociosa, pero a estas alturas es indispensable: ésa es la única sombra en una plancha de cemento gigante, quien deba, tenga (¿o quiera?) permanecer ahí deberá cobijarse en ella. Ante este evento parsimonioso la contraparte no se hace esperar; de reojo se puede ver a un niño surcando incansablemente los aires, con el gesto de beneplácito que sólo el vértigo controlado y el aire en movimiento pueden otorgar. Brincar, brincar, brincar. Sólo quien ha saltado en un tomblin sabe del desfogue que ello implica. No deja de sorprender que dicha terapia opere también en plena efervescencia de transeúntes.

Al observador común (atónito ante sus descubrimientos) no le queda de otra más que acercarse a un pequeño círculo de personas que parecen haberse dado cuenta de que están presenciando un espectáculo. Y así es. Hay quien ya ha asumido plenamente las posibilidades teatrales del ágora mayor y monta una secuencia que reta a los espectadores a unirse a la imaginación desbordada. La atención es captada de inmediato porque utiliza el único recurso superior al ruido rutinario: el silencio. Los mimos dan vida a mesas, platos, sombreros, pelotas, pistolas, refrescos y toda la logística que necesiten para lograr que una fracción de los transeúntes rutinarios –convertidos en público– ejerzan una acción conjunta que rompe totalmente el esquema previo: la risa. Finalmente, la dispersión cotidiana encuentra una razón para actuar acoplados. Por encima de pasiones y frustraciones está la posibilidad de compartir la imaginación encauzada.La lista de actores del teatro de las maravillas es inagotable, se trata de un espectáculo ilimitado, cambiante, histórico, pero, afortunadamente, repetible, cotidiano, al alcance de cualquiera. El recuento presentado es necesariamente restringido, y toca al lector incrementarlo en cada visita al Centro Histórico.

Fuente: México desconocido No. 310 / 

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