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Cerralvo: la isla de las perlas (Baja California Sur)

“Sabed que a la diestra mano de las Indias hubo una isla llamada California muy cercana al Paraíso Terrenal.” Las sergas de Esplandián (Garci Rodríguez de Montalvo)

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Escribía Cortés en su Cuarta Carta de Relación relatando el viaje que hizo uno de sus capitanes a la región de Colima: “… y asi mismo me trajo relación de los señores de la provincia de Ciguatán, que se afirma mucho haber una isla toda poblada de mujeres, sin varón ninguno, y que en ciertos tiempos van de la tierra firme de los hombres… y si paren mujeres las guardan y si hombres los echan de su compañía… esta isla está a diez jornadas de esta provincia… dícenme asimismo, proseguía el conquistador, es muy rica de perlas y oro”. (Bernal Díaz del Castillo, Historia de la conquista de la Nueva España, ed. Porrúa, México, 1992.)

No es difícil imaginarse, conociendo la mentalidad femenina -aunque la de las mencionadas amazonas va más allá de lo que se pueda tener de dicho conocimiento de ésta-, que entre los sitios elegidos por las míticas mujeres estuviese ese remoto lugar, con su mar, en el que abundaban las perlas, puesto que a las amazonas -de haber existido- sin duda alguna les complacería adornarse con el paradójico producto de uno de los moluscos de aspecto más desagradable de los mares, dotado por la sabia naturaleza en su interior, quizá con el fin de compensar su fealdad exterior, con uno de los regalos más hermosos: las perlas. Sin duda alguna estas “guerreras” enredarían su cuello y brazos con hilos e hilos de éstas, engarzadas con la fibra de los magueyes que abundarían en su igualmente mítica ‘lisia”, que finalmente resultaría en una magnífica realidad mas no poblada por amazonas.

Hernán Cortés, quien ya había cumplido medio siglo, y con algunos pequeños achaques propios de éste, aunque posiblemente causados más por su azarosa vida, con dos dedos de la mano izquierda inutilizados y el brazo fracturado por la mala caída del caballo, y otra más en una pierna por una caída de una tapia en Cuba, y de la cual no se había repuesto tan pronto como su impaciencia lo deseaba, dejando una ligera cojera -secuela que se pudo comprobar al descubrir sus restos en los años cuarenta del siglo pasado en la iglesia del Hospital de Jesús-, quizá dudó de esta fantasiosa leyenda, mas manifestó desde luego su interés en promover la exploración de las tierras que bañaban el entonces llamado Mar del Sur, que se extendía allende las tierras por él conquistadas, para cuyo efecto pronto empezó a construir navíos en las costas de Tehuantepec.

En 1527 una pequeña flota financiada por Cortés y puesta al mando de Álvaro de Saavedra Cerón salió del improvisado astillero y se internó en aquel inmenso mar, en nuestros días océano Pacífico -nombre un poco exagerado-, y quien, según se supo, llegó al cabo de algún tiempo a las islas de la Especiería o Molucas, en el sureste asiático. En realidad Cortés no pretendía expandir sus conquistas por los ignotos y lejanos países de Asia, y menos aún tener un encuentro con las mencionadas amazonas; su deseo era reconocer las costas del Mar del Sur, como se ha dicho, y comprobar, según se lo indicaban ciertas tradiciones indígenas, si había islas de gran riqueza cercanas al continente.

Sucedió también que una embarcación propiedad de Cortés, y a cargo de Fortún -u Ortuño- Jiménez, y cuya tripulación se había amotinado, habiéndose concertado con otros “vizcaínos… dio vela y fue a una isla que le puso por nombre Santa Cruz, donde dijeron que había perlas y ya estaba poblada por indios como salvajes”, escribe Bernal Díaz en la obra mencionada -quien aunque ausente, indiscutiblemente estaba en todo- y después de grandes riñas se volvieron al puerto de Jalisco: “y después de una pelea que causó grandes bajas se volvieron al puerto de Jalisco… certificaron que la tierra era buena y bien poblada y rica en perlas”. De este hecho tomó nota Nuño de Guzmán, “y para saber si había perlas el capitán y soldados que envió tuvieron voluntad de volver porque no hallaron las perlas ni cosa alguna”. (Nota: Bernal Díaz tachó esto en su original.)

Mas Cortés -prosigue Bernal-, que se hallaba instalado en una choza en Tehuantepec y “que era hombre de corazón”, y enterado del descubrimiento de Fortún Jiménez y sus amotinados, decidió ir en persona a la “Isla de las Perlas” para comprobar la noticia que había aportado la nave capitana de Diego Becerra con siete supervivientes de la expedición enviada con anterioridad, y establecer ahí mismo una colonia uniéndose a él arcabuceros y soldados con tres navíos: el San Lázaro, el Santa Águeda y el San Nicolás, salidos del astillero de Tehuantepec. La armada se componía por alrededor de trescientos veinte hombres, entre ellos veinte con sus valientes mujeres, quienes -aunque esto es una mera especulación- algo habían oído acerca de las amazonas.

Después de algunas semanas de cabalgar -pues Cortés y un cierto número de hombres irían a caballo-, embarcándose posteriormente en Chametla, en las costas de Sinaloa, llegaron a un lugar que nombraron Santa Cruz, pues era el 3 de mayo (día de esa festividad) de! año de 1535. Y así, según Bernal: “toparon con la California que es una bahía”. El ameno cronista ya no menciona a las mujeres, posiblemente porque éstas, cansadas quizá, quedaron en algún sitio de la maravillosa costa esperando a sus maridos que posiblemente llegarían con perlas en sus encarcelas a fin de consolarlas por la ausencia. Mas no todo era fácil: en un momento dado Cortés tuvo que ir a tierra y, según De Gómara: “compró en San Miguel… que cae en la parte de Culhuacán, mucho refresco y grano… y puercos, ovillos y ovejas…” (Francisco de Gómara, Historia general de las Indias, tomo 11, ed. lberia, Barcelona, 1966.)

Ahí mismo dice que mientras Cortés seguía descubriendo los extraordinarios parajes y paisajes, entre éstos las grandes rocas que, formando arco, abren la puerta al mar abierto: “…hay por el poniente una gran roca que, desde la tierra se avanza por un buen trecho de mar… lo más especial de esta roca es que está horadada par- te de ella… por su parte superior forma un arco o bóveda… parece un puente de río porque además da paso a las aguas”, es muy posible que dicho arco sugiriera el nombre “California” a Cortés: “a tal bóveda o arco llaman los latinos fornix” (Miguel del Barco, Historia natural y crónica de la antigua California), “ya la pequeña playa o cala” que se halla aliado de dicho arco o “bóveda”, Quizá Cortés, a quien posiblemente le agradaría emplear de vez en cuando su latín aprendido en Salamanca, llamara a este bello sitio: “Cala Fornix” -o “cala del arco”-, transformándolo sus marinos en “California”, recordando sus lecturas juveniles de novelas, tan del gusto de la época, llamadas “de caballería”.

También la tradición relata que el conquistador llamó al mar, que al poco tiempo llevaría su nombre, y haciendo alarde de sensibilidad -que indiscutiblemente la tenía- el Mar Bermejo: esto por el color, que en ciertos atardeceres toma dicho mar, adquiriendo tonalidades entre doradas y rojas: en esos momentos ya no es el grandioso mar azul intenso o el pálido que le da la luz del día. De súbito se ha convertido en un mar de oro con un toque ligeramente cobrizo, correspondiendo al hermoso nombre dado por el conquistador.

Mas Cortés tenía otros grandes intereses: uno de ellos, quizá el más importante, además de descubrir tierra y mares, sería la pesquería de perlas y abandonó el Mar del Sur para navegar costeando al otro mar, o mejor dicho golfo cercano, al que se le daría su nombre -para reemplazarlo siglos después por Golfo de California- a fin de dedicarse a dicha actividad, en la bahía de la Santa Cruz, y teniendo gran éxito en la empresa. Además recorría los grandiosos parajes -en los cuales rara vez llovía-, compuestos de cactáceas y oasis de palmeras y esteras con exuberante vegetación, teniendo como fondo enormes montañas, diferentes a cuanto había visto. No olvidando jamás el conquistador su doble misión que sería la dé dar tierras a su rey y almas a su Dios, aunque poco se sabe de esta última en aquel momento, pues los nativos eran poco accesibles, habiendo tenido experiencias desagradables con los expedicionarios -o conquistadores- anteriores.

Mientras, doña Juana de Zúñiga, en su palacio de Cuernavaca, se angustiaba por la larga ausencia de su marido. Por lo que le escribió, según el inefable Bernal: muy afectuosamente, con palabras y ruegos que volviese a su estado y marquesado”. También la sufrida doña Juana acudió al virrey don Antonio de Mendoza, “muy sabrosa y amorosamente” pidiéndole volviese su marido. Acatando las órdenes del virrey y los deseos de doña Juana, Cortés no tuvo más remedio que regresar y se volvió a Acapulco enseguida. Después, “llegando por Cuernavaca, donde estaba la marquesa, con lo cual hubo mucho placer, y todos los vecinos se holgaron de su venida”, doña Juana seguramente recibiría un hermoso regalo de don Hernando, y nada mejor que unas perlas que los buzos extraerían de la llamada, en aquel momento, la “Isla de las Perlas” -emulando la del Caribe y, posteriormente, Isla de Cerralvo-, en la cual se había solazado el conquistador, contemplando a los nativos y a sus soldados tirarse a las profundidades del mar y emerger con su tesoro.

Mas lo arriba escrito es la versión del inefable Bernal Díaz. Hay otras variantes del descubrimiento de “unas tierras que parecían bastante extensas y estaban pobladas pero se hallaban muy adentro del océano”. Supuso la gente de Ortuño Jiménez, el expedicionario enviado por Cortés, que se trataba de una gran isla, probablemente rica, pues se reconocieron en sus costas algunos placeres de ostras perleras. Ni los expedicionarios enviados por el conquistador, quizá ni el propio Hernán Cortés, se percatarían de la gran riqueza de estos mares, no sólo en las ansiadas y maravillosas perlas, sino en la inmensa variedad de la fauna marina. Su viaje a los mencionados mares, habiendo sido en el mes de mayo, se perdió del grandioso espectáculo del arribo y de la partida de las ballenas. Sin embargo, las tierras conquistadas por Cortés iban, como las del Cid, “ensanchándose” ante su caballo y ante sus naves.

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