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Conoce México Cultura y artesanías

Colección de alhajas en el Museo Nacional de Historia

Cuando visitamos el Museo Nacional de Historia, instalado en el Castillo de Chapultepec, llaman la atención objetos que, aunque de reducidas dimensiones, destacan por su excelente diseño y valioso material.

16-08-2010, 12:42:09 PM
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¿A quién no asombran las esmeraldas extraídas de tierras colombianas que dan forma a los aretes, la cruz y el broche, montados cuidadosamente en la fina filigrana de oro? y quizá el ambiente evocador de la cultura novohispana nos permita imaginarIos enmarcando rostros y pechos femeninos.

A medida que la mirada se posa en las gargantillas, los collares, los aretes y los anillos en los que sobresale el oro, la plata, el coral, las perlas, los diamantes, los rubíes y los zafiros, cuya manufactura nos traslada a épocas y lugares distantes, despierta la inquietud por conocer las circunstancias en que esas joyas llegaron al museo. ¿Cómo las obtuvo? ¿A quién pertenecieron? ¿Desde cuándo forman parte del patrimonio nacional?  La historia de estas alhajas como piezas de museo se inicia a principios del siglo XX, cuando el antiguo Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía -que entonces se ubicaba a un costado del Palacio Nacional- adquirió la llamada Colección Alcázar.

Su dueño, el señor Ramón Alcázar, había logrado reunir más de 30 000 objetos de diversos países, épocas y estilos En 1909, el antiguo Museo intentó adquirirlos, pero la falta de presupuesto no le permitió erogar los 300 000 pesos en que su poseedor los evaluó. Ocho años más tarde, el Museo recibía sólo la cuarta parte de la colección, ya que la mayoría había sido vendida a particulares. Las 7233 piezas que describe su inventario enriquecieron notablemente las colecciones históricas y artísticas. En 1944 una gran cantidad de ellas dieron vida al Museo Nacional de Historia, Muchas son las joyas procedentes de la Colección Alcázar que el público de hoy y de antaño ha podido admirar en sus salas de exhibición, y que a través de sus materiales, diseños y técnicas de manufactura, representan el arte producido no sólo en la Nueva España o el México decimonónico, sino en países como Italia, Francia y España, lo cual demuestra el gusto por las modas europeas seguido por ciertos sectores de la sociedad mexicana en distintas épocas. 

 Sin tomar en cuenta el acervo arqueológico del antiguo museo, antes de la llegada de la Colección Alcázar fueron escasas las adquisiciones de joyería, ya que sólo se contaba con algunos objetos cuya importancia histórica estaba por encima de su valor material o artístico. Por ejemplo, en 1909 dos personas pretendieron vender al museo una sortija de oro y esmalte con las iniciales “MIM” enlazadas con la corona imperial, característica que permitía relacionarla con el exarchiduque Maximiliano de Habsburgo. Uno de los poseedores presentaba además una carta en la que se aseguraba que tal anillo había sido usado por el emperador, afirmación signada nada menos que por el señor José Luis Blasio, otrora secretario particular del emperador. 

Al parecer, el museo no tuvo los suficientes recursos financieros para tal adquisición, porque seis años después una de estas personas nuevamente propuso al museo la venta de la sortija y fijó el precio de $16,000 pagaderos en tres partes, operación que tampoco entonces se verificó. Sin embargo, antes de finalizar el año de 1917, el museo recibió un anillo y una carta donde el presidente Venustiano Carranza expresaba que la apariencia de la joya le permitía suponer que había pertenecido al “llamado Emperador Maximiliano de Habsburgo”.

Aseguraba así mismo que cuando en noviembre de 1914 el gobierno constitucionalista se hallaba en el Puerto de Veracruz, el general Cándido Aguilar le hizo entrega de un anillo, que a su vez había obtenido de un individuo desconocido que se lo ofreció en venta. Al no poder explicar la procedencia del objeto, lo dejó prometiendo regresar con otras alhajas que tenía, sin que volviera a presentarse. El presidente explicaba que como suponía que el anillo hubiera podido ser robado del museo o de alguna casa particular, creyó conveniente enviarlo al museo. 

Otro caso es el gesto de generosidad de la señora Sylvia Bell de Aguilar, quien en 1991 donó al Museo Nacional de Historia “un topacio” con el monograma del mismo emperador, y aunque de inmediato fue puesto en la sala exhibición, siete años después se le practicó un examen mineralógico, el cual permitió verificar la naturaleza de la piedra, que resultó ser un cuarzo, pues las características de ambas gemas son semejantes.  Sirvan estos ejemplos para reconocer que las piezas de colección conservadas en nuestros museos son patrimonio de todos los mexicanos y que tienen un doble valor: el material, que se puede apreciar en su apariencia, y el histórico, que subyace en ellos como testimonio de las manifestaciones sociales, políticas y culturales de épocas pasadas. 

 Fuente:  México en el Tiempo No. 34 enero-febrero 2000

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