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Colección de Textiles del Museo de las Artes e industrias Populares

Fueron años de paciente y esforzada labor donde intervinieron muchos investigadores que hoy, al evocar sus nombres, nos suenan sagrados.

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Daniel Rubín de la Borbolla, Elvira Tovar, Dorothy Cordry, Bodil Christensen y tantas otras personalidades destacadas por su que hacer antropológico, que al correr del tiempo fueron formando el acervo textil del Museo Nacional de Artes e Industrias Populares, perteneciente al Instituto Nacional Indigenista.  Esta colección reúne piezas de incalculable valor etnográfico, pues entre ellas se encuentran textiles que nos muestran técnicas de tejido ya desaparecidas, prendas que hace tiempo dejaron de usarse, y diseños en cierto momento característicos de algunas comunidades y que hoy ya no se hacen, o han cambiado de tal manera que en apariencia proceden de otro lugar. 

Son numerosas las razones por las que esta colección es un verdadero “tesoro nacional”. Sin embargo, si no existieran todas ellas, una sola, por sí misma, seria suficiente para afirmar el valor de la colección: los textiles indígenas de México están desapareciendo a un ritmo alarmantemente acelerado. No es exagerado aseverar, una vez más, que en muy poco tiempo el arte del tejido proveniente de las comunidades indígenas de todo el país habrá pasado a formar parte de su historia, perdiéndose así un elemento muy importante de su identidad cultural. EI Museo cuenta también con una significativa colección constituida por los llamados “telares de cintura ” con los que se teje la inmensa mayoría de las prendas indígenas.

Obviamente, la desaparición de los textiles acarrearía también la extinción de este instrumento que en sus remotos inicios fue un extraordinario avance tecnológico de las culturas mesoamericanas; su solución y manera de empleo debió ser producto de una larga experimentación que ignoramos cuándo y cómo se inició, dónde y en qué momento alcanzó la cúspide, evidenciada en las sorprendentes técnicas del tejido que podemos apreciar en las prendas actuales y en las que suponemos existieron, pues su belleza y calidad llamaron la atención de la mayoría de los cronistas del siglo XVI.  Hernán Cortés, elogia la calidad de las prendas enviadas por Moctezuma, y señala que a pesar de ser todas de algodón y “sin seda ” nunca había visto nada comparable. Fray Diego Durán, por su parte, describe muchas de ellas, algunas bordadas con “águilas imperiales”, es decir, bicéfalas, ya presentes en la iconografía local, y no producto de la copia del escudo de la Casa de Austria, como algunos autores suponen. También Bernal Díaz y el benemérito padre Sahagún nos legaron abundante información al respecto.    

Pues bien, a 475 años de la llegada de los castellanos a lo que hoy es el territorio nacional, las técnicas de tejido siguen siendo las mismas que vieron los conquistadores, al igual que, en su mayor parte, las materias primas que se utilizan. En algunos casos, pocos por cierto, los diseños que todavía decoran algunas prendas son idénticos a los de la ya lejana época prehispánica. Baste comparar el ornamento en el atuendo de uno de los personajes del Dintel 24 de Yaxchilán, con el diseño brocado en el huipil ceremonial que hoy se teje en la comunidad tzotzil de Magdalena, en el estado de Chiapas.  Entre un número cercano a las 1 500 piezas (tanto de uso cotidiano como ceremonial), la rica colección cuenta con huipiles, enredos, quechquémitl, fajas, ceñidores, camisas, calzones, gabanes, morrales, mantas, servilletas y lienzos de todo tipo. Algunas de ellas provienen del siglo XIX (lo cual es sorprendente) y otras han sido pacientemente recolectadas o rescatadas hace pocos años. Asimismo existen prendas tejidas con gran sencillez que contrastan con el alarde técnico de otras. 

Obviamente, la desaparición de los textiles acarrearía también la extinción de este instrumento que en sus remotos inicios fue un extraordinarios avance tecnológico de las culturas mesoamericanas; su solución y manera de empleo debió ser producto de una larga experimentación que ignoramos cuándo y cómo se inició, dónde y en qué momento alcanzó la cúspide, evidenciada en la sorprendentes técnicas del tejido que podemos apreciar en las prendas actuales y en las que suponemos existieron, pues su belleza y calidad llamaron la atención de la mayoría de los cronistas del siglo XVI.  Hernán Cortés, elogia la calidad de las prendas enviadas por Moctezuma, y señala que a pesar de ser todas de algodón y “sin seda ” nunca había visto nada comparable. Fray Diego Durán, por su parte, describe muchas de ellas, algunas bordadas con “águilas imperiales”, es decir, bicéfalas, ya presentes en la iconografía local, y no producto de la copla del escudo de la Casa de Austria, como algunos autores suponen. También Bernal Díaz y el benemérito padre Sahagún nos legaron abundante información al respecto.    

Pues bien, a 475 años de la llegada de Los castellanos a lo que hoy es el territorios nacional, las técnicas de tejido siguen siendo las mismas que vieron Los conquistadores, al igual que, en su mayor parte, las materias primas que se utilizan. En algunos casos, pocos por cierto, Los diseños que todavía decoran algunas prendas son idénticos a Los de la ya lejana época prehispánica. Baste comparar el ornamento en el atuendo de uno de Los personajes del Dintel 24 de Yaxchilán, con el diseño brocado en el huipil ceremonial que hoy se teje en la comunidad tzotzil de Magdalena, en el estado de Chiapas.  Entre un número cercano a las 1 500 piezas (tanto de uso cotidiano como ceremonial), la rica colección cuenta con huipiles, enredos, quechquémitl, fajas, ceñidores, camisas, calzones, gabanes, morrales, mantas, servilletas y lienzos de todo tipo. Algunas de ellas provienen del siglo XIX (lo cual es sorprendente) y otras han sido pacientemente recolectadas o rescatadas hace pocos años. Asimismo existen prendas tejidas con gran sencillez que contrastan con el alarde técnico de otras. 

De importante valor cultural son los tejidos realizados con algodón coyuchi (que en náhuatl se dice coyoíchcatl), clasificado botánicamente con el nombre de Gossypium mexicanum, indicando así su origen. Esta extraordinaria variedad de algodón nunca ha despertado el interés de los genetistas para lograr un mayor desarrollo de este capullo color café, cuyos tonos naturales van del crema al rojo cenizo, de tamaño tan pequeño que no permite ser hilado de otra manera que no sea a mano, por lo cual las prendas tejidas con él adquieren un valor adicional. Vale la pena señalar que la producción de esta fibra ha disminuido en forma alarmante, con sus obvias consecuencias. 

Muchas prendas de vistosos colores deben su espectacularidad a los tintes empleados en su teñido: los hay provenientes de una gran variedad de plantas y otros que deben su origen a insectos y moluscos. Los más utilizados son: la cochinilla que produce el color grana en todos sus tonos, y una variedad de caracol del que se obtiene el púrpura. En ambos casos, las prendas teñidas con estos tintes son altamente apreciadas por las comunidades indígenas.  Todas las técnicas de tejido con sus particularidades están presentes en la colección: gasa, brocado, zarga, confite, tejido en curva único en el mundo, variadísimos bordados, etcétera, obras que nos introducen no solamente a un mundo de sorprendente colorido y plasticidad, sino también a su maravilloso simbolismo relacionado con la cosmovisión de sus tejedoras. 

Existen en algunos textiles indígenas verdaderos “textos” contenidos en su ornamentación, perfectamente comprensibles para los miembros de la comunidad que los realiza y usa. Los diseños no son simplemente adornos, como solemos suponer, son mensajes que ” hablan ” de la cultura que los produce. Este lenguaje no verbalizado vive en agonía. Las abuelas lo dominaban, pero han ido muriendo y con ellas una información que jamás recuperaremos. Las nuevas generaciones visten de otra manera y una buena parte se avergüenza de vestir como Los hacen o Los hacían sus padres. Las jóvenes ya no quieren aprender el arte del tejido. Después de todo, es más fácil comprar en el mercado más próximo cualquier ropa elaborada industrialmente, “como esas bonitas que salen en la televisión “, que pasar largas horas en el telar de cintura creando una prenda única por sus características.    

Como consecuencia del terremoto de 1985, muchos edificios cercanos a la antigua iglesia de Corpus Christi -joya arquitectónica del siglo XVIII y sede del Museo Nacional de Artes e Industrias Populares- tuvieron que ser demolidos, originándose en toda el área una severa dispersión de polvo. Además, el antes Hotel Alameda, que rodea al museo, continúa en ruinas produciendo todo tipo de contaminación. El lamentable sismo, aunado a los incendios que afectó parcialmente al museo en 1988, ocasionaron en el acervo textil una serie de daños que requerían atención especial.  Gracias a las gestiones realizadas por el Instituto Nacional Indigenista ante el Museo Nacional de Antropología, esta institución recibió en custodia temporal el material dañado: la doctora Mari Carmen Serra dispuso de inmediato que su equipo técnico de laboratorios procediera a la cuidadosa fumigación del material recibido y practicara una evaluación detallada del estado en que se encontraba la colección recibida. En este proceso intervinieron los investigadores y curadores de colecciones de la Subdirección de Etnografía, quienes se dedicaron a los minuciosos estadios de cada una de las piezas. 

Hoy, la colección textil del Museo Nacional de Artes e Industrias Populares está a salvo; mucho tiempo llevó su limpieza y delicada restauración, y la institución que por ahora la resguarda, la exhibe por vez primera para darla a conocer al pueblos de México. 

Fuente: México en el Tiempo No. 3 octubre-noviembre 1994

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