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Colegio de las Vizcainas (Distrito Federal)

Actualmente no está suficientemente estudiado el papel que desempeñaron las cofradías durante los siglos XVII y XVIII en la historia de la arquitectura y el arte en la Nueva España, no solamente en su labor social, sino tambipen como promotoras de grandes obras.

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Existieron cofradías de muy diversos tipos de gente: de ricos, de clase media y pobres; cofradías de médicos, abogados, sacerdotes, plateros, zapateros, y muchos más En estas agrupaciones se unían personas que tenían intereses comunes y generalmente escogían algún santo o advocación religiosa como su “Patrono”; sin embargo, no se debe creer que estas asociaciones se dedicaban tan solo a los actos de piedad, por el contrario, funcionaban como agrupaciones con una claro propósito de servicio social o como se decía: “Sociedades de auxilio mutuo”. Gonzalo Obregón cita en su libro sobre el Gran Colegio de San Ignacio el siguiente párrafo que se refiere a las cofradías: “en la labor de estas instituciones, los socios se obligaban a pagar una cuota mensual o anual que variaba desde el medio real de carnadillo hasta un real por semana. La cofradía, en cambio, por medio de su mayordomo les administraría medicinas en caso de enfermedad y cuando morían, ‘ataúd y velas’, y como ayuda entregaban a Ia familia una cantidad que variaba entre 10 y 25 reales, aparte de Ios auxilios espirituales”.

Las cofradías en ocasiones fueron instituciones muy pudientes social y económicamente, lo que les permitía construir muy valiosos edificios, como lo fueron: el Colegio de Santa Maria de Ia Caridad, el Hospital de Terceros de Ios Franciscanos, el Templo de Ia Santísima Trinidad, Ia desaparecida CapilIa deI Rosario en el Convento de Santo Domingo, el adorno de varias capillas de Ia Catedral, Ia Capilla de Ia Tercera Orden de San Agustín, Ia Capilla de Ia Tercera Orden de Santo Domingo, etcétera.

Entre Ias construcciones realizadas por Ias cofradías, Ia más interesante de tratar, por el tema que se expondrá, es Ia de Ia Cofradía de Nuestra Señora de Aránzazu, anexa aI Convento de San Francisco, misma que agrupaba a los naturales de los señoríos de Vizcaya, de Guipuzcoa, Alava y el Reino de Navarra, así como a sus mujeres, hijos y descendientes, que, entre otras concesiones, podían ser enterrados en Ia capilla con el nombre de Ia cofradía, que existió en el Exconvento de San Francisco de Ia ciudad de México.

Desde sus primeras capitulaciones en 1681, Ia cofradía quiso tener cierta independencia con el Convento; un ejempIo: «ítem, que ningún superior o prelado de dicho Convento pueda decir, alegar o pretender que Ia dicha capilla se quite a Ia hermandad bajo ningún pretexto».

En otro párrafo se señaIa que: “la cofradía tenía absolutamente prohibido admitir donación alguna que no fuese de vasco o de descendientes… esta hermandad no tiene plato, ni pide limosna como Ias demás cofradías».

En 1682 se inició Ia construcción de Ia nueva capilla en el atrio deI Convento Grande de San Francisco; estaba situada de oriente a poniente y tenía 31 metros de largo por 10 de ancho, estaba techada con bóvedas y lunetos, con una cúpula señalando un crucero. Su portal era de orden dórico, con columnas de piedra de cantera gris, y Ias bases y entablamientos de piedra blanca, tenía arriba deI arco de medio punto de Ia entrada un escudo con Ia imagen de Ia Virgen de Aránzazu. La portada lateral más sencilla contenía una imagen de San Prudencio. Toda esta relación corresponde a Ia descripción que de Ia capilla hizo en el siglo XIX don Antonio García Cubas, en su libro El libro de mis recuerdos.

Se sabe que el templo tenía magníficos retablos, piezas y cuadros de gran valor, un retablo con Ia imagen de Ia patrona de Ia cofradía con su nicho de vidrios, y Ias esculturas de sus santos padres, San Joaquin y Santa Ana; tenía también seis lienzos de su vida y once primorosas efigies de cuerpo entero, dos de marfil, de dos cuartas, dos espejos grandes con marcos de vidrios de Venecia y dos dorados, tibores chinos y Ia imagen de Ia Virgen tenía un guardarropa muy valioso con aderezos de diamantes y perlas, cálices de plata y oro, etcétera. GonzaIo Obregón señaIaba que había mucho más, pero que seria inútil mencionarlo, ya que todo se perdió. ¿A qué manos iría a parar el tesoro de Ia Capilla de Aránzazu?

Pero Ia obra más importante realizada por esta cofradía fue, sin duda, Ia construcción deI Colegio San Ignacio de Loyola, conocido con el apelativo de «Colegio de Ias Vizcaínas».

Cuenta una Ieyenda difundida en el siglo XIX que paseando aIgunos altos personajes de la cofradía de Aránzazu, vieron a ciertas niñas holgazaneando, retozando y diciéndose paIabras maIsonantes, y que este espectáculo indujo a Ios cofrades a realizar Ia obra de un Colegio Recogimiento para dar albergue a estas doncellas, y pidieron aI Ayuntamiento Ies otorgara terrenos en Ia llamada CaIzada deI CaIvario (hoy Avenida Juárez); sin embargo, este lote no Ies fue concedido, pero se Ies entregó en cambio un solar que había servido como tianguis deI barrio de San Juan y que se había convertido en basurero; lugar preferido por Ios personajes de Ia peor caIaña de Ia ciudad (en este sentido, el lugar no ha variado demasiado, a pesar de Ia construcción deI colegio).

Una vez obtenido el terreno, se encargó aI maestro en arquitectura, don José de Rivera, diera derechura aI sitio, para edificar el colegio, clavando estacas y tirando cordeles. EI terreno era enorme pues medía 150 varas de frente por 154 de fondo.

Para empezar Ias obras fue necesario Iimpiar el solar y dragar Ias acequias, principalmente Ia de San Nicolás, para que por esta vía de agua llegaran fácilmente Ios materiales para Ia construcción; y hecho esto empezaron a llegar grandes canoas con piedra, cal, maderámenes y, en general, todo Io necesario para Ia edificación.

EI día 30 de julio de 1734 se colocó Ia primera piedra y se enterró un cofre con algunas monedas de oro y plata y una Iámina en plata señalando Ios datos de Ia inauguración deI coIegio (¿Dónde se encontrará este cofre?).

Los primeros planos deI edificio Ios realizó don Pedro Bueno Bazori, quien encomendó Ia construcción a don José Rivera; sin embargo, éste muere antes de Ia terminación deI colegio. En 1753 se pidió realizar un peritaje, «un prolijo examen, de todo Io interior y exterior de Ia fábrica deI citado colegio, sus entradas, patios, escaleras, viviendas, piezas de labor, capillas de ejercicios, iglesia, sacristía, viviendas de capellanes y sirvientes. Declarando que el colegio estaba tan adelantado que ya podrían vivir cómodamente quinientas colegialas, aunque le faltaban algunos pulimientos».

EI avalúo deI edificio arrojó los siguientes resultados: ocupaba un área de 24,450 varas, 150 de frente y 163 de fondo, cuyo precio era de 33, 618 pesos. Se habían gastado en Ia obra 465, 000 pesos y se necesitaban aún para concluirlo 84, 500 pesos 6 reales.

Por orden deI virrey, los peritos hicieron el dibujo de Ia «planta iconográfica y diseño deI colegio de San Ignacio de Loyola, fabricado en Ia ciudad de México, y se envió al Consejo de Indias como parte de Ia documentación para pedir Ia licencia real» .Este plano original se localiza en el Archivo de Indias de Sevilla y Ia documentación fue tomada por Ia seiíora María Josefa González Mariscal.

Como se puede observar en este plano, Ia iglesia deI colegio tenía un carácter estrictamente privado y estaba lujosamente amueblada con bellos retablos, tribunas y rejas de los coros. Por guardarse en el colegio una exagerada clausura y no haberse obtenido el permiso para abrir puerta hacia Ia calle, ésta no se abrió hasta 1771, año en que el renombrado arquitecto don Lorenzo Rodríguez fue encargado de realizar Ia portada deI templo hacia Ia calle; en ella el arquitecto localizó tres nichos con esculturas de San Ignacio de Loyola al centro y de San Luis Gonzaga y San Estanislao de Koska a los lados.

Las obras de Lorenzo Rodríguez no sólo se circunscribieron a Ia portada, sino que trabajó en el arco deI coro bajo también, colocando Ia reja necesaria para seguir guardando Ia clausura. Es probable que este mismo arquitecto haya remodelado Ia casa deI capellán. Sabemos que Ias esculturas de Ia portada fueron realizadas por un cantero conocido como «don Ignacio», con un costo de 30 pesos, y que los pintores Pedro AyaIa y José de Olivera fueron los encargados de colorearlas con perfiles dorados (como puede entenderse, Ias figuras aI exterior en Ia fachada estaban pintadas a imitación de los estofados; de esta pintura aún quedan restos).

En los retablos trabajaron importantes maestros talladores, como don José Joaquín de Sáyagos, maestro tallador y dorador que realizó varios retablos, entre ellos el de Nuestra Señora de Loreto, el deI patriarca Señor San José y el armazón para Ia tabla de Ia puerta Seglar con Ia imagen de Ia Virgen de Guadalupe.

Entre Ios grandes bienes y obras de arte deI colegio sobresalía Ia imagen de Ia Virgen deI Coro, importante por su calidad y ornamentación en joyas. EI patronato Ia vendió con permiso expreso deI presidente de Ia República, en 1904, en la cantidad de 25, 000 pesos a la entonces afamada joyería La Esmeralda. Triste administración la de esta época, ya que también destruyó Ia capilla de ejercicios, y uno se pregunta si valía Ia pena destruir tan importante parte deI colegio para, con los dineros recaudadospor Ia venta de Ia imagen, construir Ia enfermería que fue terminada en 1905 (Ios tiempos cambian, Ias personas no demasiado).

La construcción deI colegio es un ejemplo de Ios edificios concebidos para Ia educación de Ia mujer, en una época en que Ia clausura era un elemento importante para Ia verdadera formación femenina, y es por esto que desde el interior no podía verse hacia Ia calle. En Ios costados oriente y poniente, así como en Ia parte trasera hacia el sur, el edificio se encuentra rodeado por 61 accesorias de Ias llamadas «de taza y plato», que además de dar un sustento económico aI colegio lo aislaban totalmente, ya que Ias ventanas que dan a Ia calle en el tercer nível se encuentran a 4.10 metros de altura sobre el nível deI piso. Sobre Ia fachada principal se localiza Ia puerta más importante deI colegio, ésta fue el acceso a Ia portería, a los locutorios y, a través de un «compás», al colegio mismo. La portada de esta entrada, al igual que Ia de Ia casa de los capellanes, están tratadas de Ia misma manera con marcos de cantera moldurados y conformando acodos, de esta misma manera se enmarcan Ias ventanas y los óculos de la parte superior; y esta portada de la capilla es característica de las obras del arquitecto Lorenzo Rodríguez, quien la concibió.

El edificio, aunque barroco, presenta en la actualidad un aspecto de sobriedad que se debe, a mi parecer, a los grandes paramentos recubiertos de tezontle, apenas cortados por los vanos y los contrafuertes de cantera. Empero, su aspecto debió ser totalmente diferente cuando la cantera se encontraba policromada en colores bastante brillantes, e incluso con filos dorados; desgraciadamente esta policromía se ha perdido a través del tiempo.

Por los archivos sabemos que el primer delineador de los planos fue el maestro en arquitectura José de Rivera, aunque falleció mucho antes de la conclusión de Ias obras. AI inicio de Ia construcción, ésta se suspendió «por algunos días» y en este lapso se adquirió una casa pequeña propiedad de José de Coria, maestro alcabucero, que se localizaba en Ia esquina norte-poniente y contigua al Mesón de Ias Ánimas, y con esta adquisición el terreno, y por ende Ia construcción, tuvo Ia forma regular de un rectánguIo.

En el lugar que ocupó Ia casa de José de Coria se construyó Ia llamada casa de los capellanes, de Ia que, en obras de restauración, se han encontrado vestigios que sehan dejado a la vista como elementos didácticos.

DeI plano de 1753, cuando los peritos hicieron «un prolijo examen de todo lo interior y exterior de Ia fábrica deI citado colegio, sus entradas, paños, escaleras, viviendas, piezas de labor, capilla de ejercicios, sacristía, viviendas de capellanes y sirvientes» , los elementos de Ia construcción que menos se han modificado son el patio principal, Ia capilla y Ia casa de los capellanes. Tanto Ia casa de los capellanes como Ia gran capilla fueron dañadas por obras de adecuación deI siglo XIX, ya que con Ias leyes de desamortización esta institución dejó de prestar servicios religiosos; y así quedaron semiabandonadas la iglesia, el panteón, Ia capilla y Ia citada casa de los capellanes. En 1905 se derribó el panteón y se construyeron en su lugar Ias enfermerías nuevas. En Ia casa de los capellanes funcionó hasta hace poco tiempo una escuela de Ia Secretaria de Educación Pública que perjudicó en forma alarmante el edificio, o debido a que se modificaron Ios espacios originales y no se Ie dio el mantenimiento adecuado, Io que provocó su ruina. Tal deterioro obligó a esta dependencia federal a cerrar Ia escuela y en consecuencia el lugar permaneció en completo abandono durante varios años, el cual llegó a tal grado que no era posible usar Ias habitaciones de Ia planta baja, principalmente por eI hundimiento deI edificio y Ia gran cantidad de basura acumulada, además de que gran parte de Ia planta alta amenazaba con derrumbarse.

Hace aproximadamente dos años se emprendió Ia restauración de esta parte deI colegio, para lograr Io cual fue necesario realizar calas con objeto de determinar niveles, sistemas constructivos y posibles rastros de pintura, en busca de datos que permitieran una rehabilitación apegada Io más posible a Ia construcción original.

Se tiene Ia idea de instalar en este lugar un museo en el que pueda exhibirse parte deI gran acervo que posee el colegio. Otra área restaurada es Ia de Ia capilla y sus anexos, por ejempIo, el lugar de Ios confesionarios, Ia antesacristía, Ia sala para velar difuntas y Ia sacristia. También en esta área deI colegio Ias Ieyes de desamortización y Ios gustos operantes de Ia época tuvieron gran influencia en el abandono y destrucción de Ios maravillosos retablos de estilo barroco con que cuenta el colegio. AIgunos de estos retabllos se han podido restaurar cuando se han encontrado elementos factibles para hacerlo; sin embargo, en otros casos esto no se ha podido lograr, ya que en ocasiones no aparecieron Ias esculturas auténticas o desaparecieron estípites completos.

Hay que señalar que Ias partes bajas de los retablos habían desaparecido por los hundimientos que Ia construcción tiene en esta área.

Desgraciadamente, el monumento barroco mejor conservado de esta ciudad de México había tenido problemas en su estabilidad desde antes de terminada su construcción. La mala calidad deI terreno, que era un lodazal cruzado por acequias importantes, los embarcaderos de Ias mismas, los hundimientos, Ias inundaciones, los temblores, Ia extracción de agua deI subsuelo y aun los cambios de mentalidad de los siglos XIX y XX han sido nefastos para Ia preservación de este inmueble.

Fuente: México en el Tiempo No. 1 junio-julio 1994

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