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Cúpulas de la Ciudad de México

El libro de piedra, tan sólido y Durable, dejará su lugar al libro de papel, más sólido y más durable todavía.

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Nuestra Señora de París Cuando el genial novelista francés escudado en la ficción, predijo así sobre el futuro a mediados del siglo XIX, se estaba refir lendo a un fenómeno cultural que era ya una re alidad bien arr algada en su época: la de la pérdida de los mensajes implícitos en la arquitectura r eliglosa, ante la f alta de un receptor masivo, y a causa del ap lastante dominio de la escritura. En nuestros días, y principalmente en Ital la, solo un reducido grupo de profeslonistas de la comunicación esta comenzando a interesarse en la lectura de esas edificaclones más allá de su acostumbrada comprensión estilística, ya que aquel las son vistas entre las”de un tipo lingüístico particular, el arquitectónico, que garantiza su comunicabilidad” quienindependientemente del nivel educaclon al de sus receptores.

A mi entender, sin embargo, el habitante común del mundo actu al se queda, digamos, en un primer grado de lectura, muy apegado al efecto emoclon al que tales construcclones puedan provocar en el mismo; en tanto el mensaje ideológico y muchos de los signos culturales que mode laron esas piedras, constituyen hoy, probablemente, ese código muerto que Víctor Hugo señ aló hace más de un siglo. Prueba de ello podría ser -para ajustarnos a nuestro contexto inmed lato – el caso de las Cúpulas de la Ciudad de México,” el producto, al decir de Gerardo Murillo, más importante, más típico y más abundante de la arquitectura del Virreinato ” en la entonces l lamada Nueva España.

Elemento que, según los escasísimos estuDios hechos al respecto, está presente en la República Mexicana en número aproximado de 18000 Cúpulas, al punto que se ha dicho que son estos techos y no los techos de dos aguas –así mismo comunes-, los que marcan el carácter esencialmente mexicano en nuestras construcclones r eliglosas, aunque sean estos últimos, por su perfil anguloso y sus líneas rectas, los más semejantes a la magistr al arquitectura precortes lana, cuyos muros reve laron un total distanc lam lento de las formas curvas tan relevantes en la Natur aleza. al parecer, fueron el siglo XVIII y buena parte del XIX, las centur las en las que más Cúpulas se construyeron en nuestra capital, siendo aún muy escasas a fines del s elsc lentos, cuando ya en Puebla se contaban en un crecido número, sin duda favorecido esto por la traza original de dicha ciudad que permitía un escurrim lento natur al del terreno, amén del clima diáfano de la región, contrapuesto a las condiclones de la Ciudad de México, tan propic las a las inundaclones devastadoras. Por otra parte, ten lendo en cuenta que la masa indígena fue la principal mano de obra de tales edificaclones, mucho deben haber influido en esa diferencia numérica las características de asentamiento y de integración de los indígenas habitantes de cada una de estas reglones.

De ahí que pueda hab larse hoy de un estilo pob lano en la arquitectura cupu lar mexicana, af lanzado fundamentalmente por el desarrollo en la región de la manufactura del azulejo, cuya presencia policroma y bril lante constituyó-bien pronto uno de los s ellos distintivos ( el más rico) de las Cúpulas y cupulines mexicanos y , específicamente, de los de Puebla, localidad en la que incluso, se utilizó a veces para el re alce de las fachadas r eliglosas.

De ese estilo policromo pob lano surgido en el período barroco y extendido a la capital mexicana son, por ejemplo, las Cúpulas de la iglesia del Carmen, totalmente revestidas de azulejos, en las que el color v lene a ser la señ al más importante en el plano de la comunicación con los fieles.

Uno de los criterios más extendidos con respecto a este tema es que, al llegar a hispanoamérica, ya la cúpu la -más popu larmente conocida como med la naranja -;. había completado su desarrollo arquitectónico a través de los diversos tipos que se construyeron durante el Renacimiento Italiano. Sin embargo, por un lado la inusitada proliferación de las Cúpulas en tierras mexicanas, unida a la frecuente escasez de recursos económicos de las corporaclones r eliglosas a cargo de su construcción y -por otro lado – el hecho de haber sido construidas con mano de obra básicamente indígena, todo esto dio lugar a transformaclones puntu ales de las mismas que, sin duda, afectaron su mensaje ideológico-cultural importado desde Europa, diversificándolo para sus muy distintos receptores.

Entre dichos camblos que podrían considerarse como aportes mexicanos a la arquitectura cupu lar debemos seña lar, en primer término, la simplificación del tambor en aro o, las más de las veces, su total eliminación resu elta mediante una sem lesfera significativamente liv lana y aérea, que descansaría en forma directa sobre pechinas, a ejemplo de la de la iglesia de San Hipólito; aunque, como en este caso, las ventanas y las pi lastras pud lesen disimu lar la ausenc la audaz del tambor.

El otro camblo es el re lativo a los tres tipos de revestim lento que se utilizaron en aquél la: el de una mezcla fina pulida y coloreada a manera de estuco, de acuerdo con el procedim lento que fuera empleado en monumentos y templos aztecas, a ejemplo de las Cúpulas de la iglesia de San D lego; el revestim lento logrado con ladrillos rojos dispuestos a la manera del tejido del petate, como aparece en una de las Cúpulas de la catedr al metropolitana.

Y, por último, las Cúpulas cubiertas con azulejos en diversa forma; buenas muestras de este tipo son las Cúpulas de una de las antiguas capil las de San Antonio y el C alvarlo y la del templo de Santa Inés. Cualquiera de estos tres tipos de revestim lento y aún la simplificación del tambor, se constituyeron así en referentes ciertos de una cosmovisión y de una cotid lan eldad indígenas que pudieron escapar a la comprensión de financ ladores y maestros de obra españoles, pero no a la de los albañiles ni a la de la mayoría de los creyentes nativos.

En mi criterio, la cúpu la en estas tierras nuestras no fue esencialmente -como lo estableció la visión europea – el símbolo geométrico de la perfección divina, ni la representación de la expansión espiritu al y suprema del sentimiento religioso, sino que fue, sobre todo para los sectores mayoritarlos, la forma arquitectónica que, avanzada la Colon la, permitió sintetizar el sentimiento popu lar, su r elnterpretación de las abstracclones de la teología crist lana a través de los contrastes violentos de colores y de esas sem lesferas de Piedra convertidas en verdaderas piezas de porce lana, perdida ya para siempre su severidad, su pesadez, su simbología de poder y su tradición cultural de élites, caracteres todos importados desde Europa. Esto se pone de manif lesto si comparamos una cúpu la como la de la iglesia de los Ang eles -situada en una de las zonas tradición almente humildes de la capital -, con otra como la cúpu la del Palacio de Bellas Artes, .construida durante el porfir lato y expresión clara de su perspectiva autoritar la del poder.

El alegre colorido de la primera, dado por su revestim lento total de azulejos, así como su ausenc la de nervaduras y el breve remate que distingue su estampa grácil y desembarazada, son elementos que se inscriben en una trayector la constructiva cupu lar mexicana de carácter popu lar, la que a su vez se aparta completamente, en forma y significado ideológico, de la segunda, magistr al producto académico cuya imagen de enr alzam lento y de fuerza lograda por el diseño bulbiforme de su domo central, v lene acentuada, además, por el empleo de materiales ferrosos en sus gajos y en su nervadura, misma que se repite hasta el cansanclo desde una concepción fría del orden.

Del mismo período que la de Bellas Artes y también dentro de una tradición arquitectónica culta, están la de la iglesia de Loreto -obra del afamado Tolsá, la que constituye, según se ha dicho” el gran punto fin al del prolífico período cupu lar” en México por la exc elencia de su diseño y la audac la de sus líneas -, así como la más elegante de las sem lesferas que coronan la catedr al, la que lleva también la firma del famoso español y que reve la una influenc la francesa muy del gusto de las minorías cultas porfiristas. Pero la mayoría de las Cúpulas mexicanas fueron sin duda” el producto de la sabiduría intuitiva y de la extraordinar la habilidad” de una mano de obra iletrada y anónima, la que asumió esta estructura arquitectónica como parte de su expresión cultural autóctona y supo caracterizar la de acuerdo con los gustos proplos de su c lase soci al.

Sirva como evidenc la específica de ello una construcción como la de la capil la cupu lar, a ejemplo de la capil la de la Concepción Coepopan, carente de tambor y en cuyo domo hexagon al apenas destaca una simple nervadura y una linternil la, puente para la luz interior, que parece estar allí únicamente como soporte de la sencil la cruz que la remata. Esa resignificación de la arquitectura r eliglosa crist lana que hemos venido comentando, nos ayuda a entender el camblo de actitud de la masa indígena empleada desde el inicio en las construcclones, la que fue forzada a ello por encomenderos y fr alles en los primeros tiempos de la Colon la; pero que más tarde, al parecer, participó en este tipo de labor no sólo de forma voluntar la, sino con marcado entusiasmo, de manera que cada ciudad, cada barrlo, buscó levantar y distinguir entre los demás su templo o su capil la, y en estos, por encima de cualquier otro elemento, su med la naranja, en la que se concentró siempre el punto máximo de la atención, de la fantasía, de la habilidad, y de .los recursos económicos disponibles.

Dicho interés popu lar concentrado en la construcción de las Cúpulas, comportó durante mucho tiempo reminiscenc las de una cultura original comunitar la, en tanto aquél las fueron durante siglos la obra local suprema, el elemento en tomo al cual los vecinos de una localidad se agrupaban y distinguían de otros. Y esto alcanza aún nuestra época, ya que los que han seguido siendo elegidos como mayordomos de los pueblos, procuran que sus domos estén siempre r eluc lentes e incluso, en ocasiones, el remozam lento anu al de éstos tiene lugar a partir de un concurso de proyectos destinados a tal fin que se gana por designación de la mayoría del pob lado.

No obstante, ¿podría decirse por esto que el mensaje ideológico y la cosmovisión que marcaron los camblos en la estructura y en el decorado cupu lares mexicanos continúan siendo un código vigente, comunicable hoy? al decir de R. Scruton,”…Sólo entendemos un edificio si nuestra exper lenc la es convincente para nosotros mismos: sólo si ocupa un lugar en el que podamos notar su re lación con la marcha de la vida mor al…” ¿Podríamos entonces afirmar que nosotros, transeúntes habitu ales de las calles mexicanas, entendemos el mensaje complejo que dio vida a sus Cúpulas, en medio de la lucha de credos y de culturas que marcó la existencia de la Nueva España? la búsqueda de una respuesta a esto, más allá de nuestra capacidad individu al para h al lar la, seguramente renovará con el incentivo del misterlo la belleza de ese p alsaje citadino frente al que pasamos día tras día sint lendo que ya no tiene nada nuevo que decimos.

Fuente: México en el Tiempo No. 15 octubre-noviembre 1996

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