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De bronce, piedra y agua. Las fuentes más bellas del Distrito Federal

Al sentirnos cobijados por la sombra de imponentes fresnos, respirando el fresco aroma del mullido pasto en un soleado día de primavera, pareciera que no nos encontráramos en el corazón de una de las ciudades más pobladas del mundo.

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l sentirnos cobijados por la sombra de imponentes fresnos, respirando el fresco aroma del mullido pasto en un soleado día de primavera, pareciera que no nos encontráramos en el corazón de una de las ciudades más pobladas del mundo. Caminar por las amplias calzadas de la Alameda Central de la ciudad de México es dejar atrás el interminable ir y venir de sus millones de habitantes.

A lo largo de dos siglos la Alameda tuvo etapas de refulgente esplendor y años de total abandono, tanto que llegó a convertirse en refugio de maleantes. A finales del siglo XVIII fue remodelada por los arquitectos Manuel Tolsá, Damián Ortiz de Castro e Ignacio Castera; más tarde, las fuentes fueron colocadas en lugares estratégicos para realzar la belleza de nuestro paseo más antiguo.

Los fuertes rayos del sol, reflejados sobre los amplios cristales de los enormes edificios, contrastan con el estilo arquitectónico de las fuentes de la gran ciudad. De entre éstas destaca la hermosa y sugestiva figura de nuestra Diana. Sí, “nuestra Diana”, porque nos pertenece, y sin la cual la capital no sería la misma. Ella lo sabe y, por eso, se muestra altiva, orgullosa de sentirse admirada por curiosos turistas y por miles de capitalinos que presurosos se dirigen a sus centros de trabajo, no sin antes “echar una miradita” a su exuberante belleza.

Nos dirigimos hacia el Centro Histórico. Ahora, entre el ir y venir de quienes nos abordan ofreciéndonos los servicios de sus talleres de imprenta, admiramos la plaza de la iglesia de Santo Domingo; al fondo vemos el Portal de Evangelistas, donde los antiguos escribanos redactaban a pedimento de nuestros abuelos las perfumadas cartas amorosas o tarjetas de felicitación, o quizá bolos de bautizo. El aletear de decenas de palomas que en agitado vuelo se desplazaban hacia la torre de una iglesia nos hizo volver la vista hacia ese recinto, parte del convento que los frailes dominicos erigieron en el siglo XVI, que majestuoso se yergue con su clásico estilo barroco. Al centro de la portada destaca un altorrelieve de Santo Domingo de Guzmán, y en medio descansa una hermosa e impresionante fuente con la escultura de la heroína de nuestra independencia, la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, obra del escultor italiano Enrique Alcita, de principios del siglo XX.

A poca distancia de la plaza de Santo Domingo encontramos la de Loreto, en cuyo centro se levanta una bellísima fuente neoclásica realizada por Manuel Tolsá, de la que se dice que originalmente se hallaba en el Paseo de Bucareli, en el sitio que hoy ocupa el Reloj Chino. La fuente es impresionante, con su brocal de cantera, misma piedra del surtidor, que a su vez sostiene un hermoso tazón de bronce con bellos relieves. Cuentan los estudiosos que los jesuitas construyeron en esta plaza a mediados del siglo XVI el colegio de San Pedro y San Pablo, y también el de San Gregorio, nombre con el que se conoció el lugar hasta principios del siglo XVIII. Posteriormente fue construido el convento de Santa Teresa, y fue así como la plaza adoptó este nuevo nombre, manteniéndolo durante todo un siglo. Más tarde, a Nuestra Señora de Loreto se le edificó una fastuosa iglesia, conformando un bello conjunto colonial, y desde entonces se le impuso el nombre de plaza de Loreto. No hay mejor relajante que admirarla adornada con hermosos jardines salpicados de rocío por la fuente de Tolsá.

La presencia de España se hace sentir en la glorieta Miravalle o plaza Villa de Madrid, como también se le conoce. La colonia española donó a la ciudad de México una réplica de uno de los monumentos más emblemáticos de aquel país, pues los fanáticos del equipo de futbol del Real Madrid se reúnen en esa fuente a celebrar cada triunfo de su equipo. La hermosura de la fuente es incomparable y está dedicada a Cibeles, diosa de la fecundidad, de la tierra y de las cosechas, hermana y esposa de Saturno, madre de Júpiter, Neptuno, Plutón, Juno Ceres y Vesta. Ahí, majestuosa, sentada sobre un carro tirado por dos impresionantes leones, da la impresión de deslizarse entre agitados borbotones de agua.

En el cruce de Durango y Orizaba se encuentra la plaza Río de Janeiro, verdadero remanso de paz para sentarse a la sombra de sus frondosos árboles y admirar la fuente en cuyo centro sobresale la escultura de “el David”, réplica de una de las más reconocidas obras de Miguel Ángel Buonarotti, cuyo original se exhibe en la galería de la Academia de Florencia, en Italia.

Nuestro interés por conocer las fuentes más bellas de la ciudad de México nos llevó hasta el nostálgico y colonial centro de Coyoacán. Allí, en el hermoso Jardín del Centenario –lugar donde se celebró en el ámbito local el primer centenario de la Independencia de México, en septiembre de 1910–, encontramos una bella fuente decorada con figuras en bronce de dos coyotes, conmemorativas de la toponimia de Coyoacán: la palabra coyohuacan o Coyoacán proviene de las voces náhuatl: cóyotl, coyote; hua, que indica posesión; y can, referente al lugar, por lo que Coyoacán significa: ”Lugar de quienes tienen o veneran coyotes”. El jardín aún conserva el acceso conocido como Arcada Atrial, monumento virreinal construido en piedra labrada por creativas manos indígenas.

Al sur de la ciudad, caminando por la avenida Insurgentes y como un oasis dentro de la agitada vida capitalina, encontramos una fastuosa fuente llamada por eso Monumental, que fue inaugurada en 1942 por el presidente Manuel Ávila Camacho. Diseñada en su totalidad en piedra de cantera gris, contrasta con el azul transparente de sus aguas. A los lados la escoltan dos hermosos tazones esculpidos en la misma piedra, de donde fluyen interminables borbotones que, al caer, forman cristalinas cascadas. A esta belleza le hacen marco dos majestuosos arbotantes adornados con estilizados faroles de clásico estilo colonial.

Ha caído la tarde y una agradable sensación nos invade; la satisfacción de haber admirado las fuentes más bellas del Distrito Federal, y sentir como éstas nos salpican con la suave brisa de su historia.

Fuente: México desconocido No. 318 / agosto 2003

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