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Deportes extremos: la otra cara de Guadalajara

Unos días libres en una de las ciudades más grandes del país hicieron que dos fotógrafos de aventura armaran un itinerario para subir la adrenalina de su huésped, que no quería vivir lo típico de Guadalajara, la Perla Tapatía.

Cristóbal de Alba y Benjamín Soto

Mis buenas historias habían comenzado con la decisión de salir de la ciudad. Esta vez fue diferente: empezó con la opción de quedarme. Un viejo amigo vendría a la ciudad. La vida nos había separado hace algunos años y un viaje de negocios se estaba encargando de reunirnos nuevamente. Su solicitud de hospedaje expresaba ánimo en verme, pero también una clara decepción por tener que pasar su puente en una de las ciudades más pobladas del país. Tendría que preparar algo especial, algo que le regresara el gusto por Guadalajara.

DE CÓMO MORDÍ EL ANZUELO

Sostenía una taza de café con una mano, manipulaba el mouse con la otra, mi mirada estaba fija en el monitor y mi mente, perdida en un viaje a las montañas. Un WhatsApp me regresó a la oficina: estoy en Guadalajara. “¿Hey, Benja, puedes hablar?”, decía el mensaje. Tomé el teléfono y lo llamé sin pensarlo dos veces. “¡¿Adrián?!”. Tenía años sin escuchar su voz. Es un gran amigo de la infancia al que le había perdido la pista por completo. En un par de minutos nos pusimos al corriente: sigue soltero, está más fuerte que en la secundaria y también un poco calvo.

Estará en Guadalajara por negocios –vino cinco veces el año pasado– y parece que regresará seguido; sus visitas suelen ser tediosas y sus intentos por hacer algo diferente han fracasado. Me escribió porque intuye que puedo guiarlo para encontrarle el gusto a la ciudad. “Entonces, ¿estarías dispuesto a quedarte durante el puente en Guadalajara y enseñarme por qué elegiste vivir ahí?”, me pregunta lanzándome un reto como quien echa un anzuelo al mar. Su tono –casi irónico, sarcástico– hizo el resto del trabajo. “Te veo el viernes, asegúrate de llegar descansado”, le contesté mordiendo la carnada.

UNA CIUDAD, TRES DÍAS, CUATRO AVENTURAS

Tomé su llamada como un reto personal. Habían pasado ocho años desde que me mudé a Guadalajara y me pareció que el ritmo de la cotidianidad había convertido la ciudad en la escenografía rutinaria de una obra de teatro sin presupuesto. Quizá era hora de que recordara por qué había decidido vivir aquí. Saqué una libreta y comencé a escribir actividades y nombres. En una ciudad mundialmente reconocida por el mariachi, el tequila y las tradiciones, es difícil encontrar la información correcta para experimentar algo más allá de lo clásico. Ser fotógrafo de aventura me ha permitido conocer a muchos de los mejores deportistas de Guadalajara y con ellos descubrir lugares y actividades poco convencionales que pueden hacerse en la ciudad y sus alrededores. Contacté a cada amigo que podría acompañarnos a una aventura valiosa. Al cabo de un par de horas, había terminado. Adrián no podría imaginar lo que le tenía preparado.

EL MURO

Su última junta en la ciudad terminaba a las 18:00 horas, lo que nos dejaba poco tiempo y escasa luz para cualquier actividad en el exterior. “No hay problema. Hoy vamos al muro y mañana a roca”, le aseguré. En la ciudad hay cuatro muros de buen nivel para escalar y mejorar nuestras técnicas sin necesidad de invertir las cinco o seis horas mínimas que requeriría salir a practicar en roca natural. A tan solo unas cuadras de mi oficina está Motion Boulder, el más nuevo de los muros y un excelente lugar para conocer e interactuar con la comunidad escaladora.

“La técnica del boulder consiste en subir realizando una secuencia de movimientos difíciles ya determinados, en una pared no muy alta, sin cuerda y sin tocar los agarres de otros colores”, le expliqué. Su cara un poco perdida me dejó claro que no había sido muy buena mi explicación. “¡Tú sube por aquí!, solo toca los agarres rojos y no te preocupes por caerte que para eso está el colchón”. Le di una palmada en la espalda, animándolo a empezar. Dos horas después, Adrián estaba sentado en el piso recargado contra una pared tratando de entender qué les había pasado a sus antebrazos que se encontraban tan cansados que parecía que alguien los había inflado con una bomba de aire. “Vamos, es hora de una cerveza, que te la has ganado”, le dije. Un gesto inesperado iluminó sus ojos y en menos de dos minutos caminamos hasta el bar de jazz donde terminaríamos la noche.

[Te podría interesar: Jazz, la suave melodía que conquista Guadalajara]

“¡Hey, Benjamón!”, busco con la mirada quiénme habla sin encontrar algún rostro conocido. “¡Acá arriba!”. “Luigi, Máquina!”, contesté alegre de verlo ahí. Colgando a unos 40 metros, Luigi escalaba una ruta muy vertical y limpia. “Algo que me ha hecho fanático de la comunidad escaladora es la creatividad con la que viven el deporte”, le cuento a Adrián. Además de descubrir nuevos sectores o las líneas más divertidas para subir una pared, los escaladores tienen un talento especial para nombrar rutas, siempre ligadas a alguna experiencia o recuerdo particular del lugar. En esta zona se encuentran, por ejemplo: El Talibán, Hombre Avispa, La Puchita…

Cuando salir se vuelve imposible, en el interior de la ciudad también hay opciones, una de ellas es escalar el muro de Motion Boulder / Zenith Adventure Media

LA ROCA

Cristóbal y yo siempre nos sorprendemos por lo privilegiada que es Guadalajara para escalar en roca natural. La barranca de Huentitán y las formaciones geológicas que se derivan de ella le han dado a la comunidad escaladora oportunidad de desarrollar zonas ilimitadamente. El Cuajo, El Diente, El Escalón, Huaxtla… Cada zona tiene sus características y su estilo particular. Esta mañana habíamos elegido “Ixca”. Para llegar ahí cruzamos el fraccionamiento Las Cañadas y manejamos unos 25 minutos hasta llegar al pueblo San Francisco de Ixcatán, un poco de brecha y unos minutos caminando conducen a la sección conocida como La Principal.

Escalando Ixcatán un día de neblina / Zenith Adventure Media

“¡Caigooo!”, un grito a lo lejos interrumpió nuestra plática. Nos volvemos justo a tiempo para ver a Luigi volar un par de metros entre una protección y otra. “¿Cómo se llama esa ruta?”, le pregunté. “Adiós, Mundo Cruel” fue la respuesta. Sonreímos ante el chiste que se contó solo.

Pasamos todo el día en Ixcatán, probando rutas de un sector a otro. Poco a poco comencé a ver en la mirada de Adrián lo que yo había vivido ocho años atrás: se empezaba a crear un lazo con la ciudad…

Escalada tradicional en el Cañón de Huaxtla / Zenith Adventure Media

LOS GATOS: TABLAS LARGAS Y VELOCIDAD

“¡Despierta, anda! Tenemos que salir temprano, Mike nos espera”. Adrián estaba dormido en el sillón de mi casa y su cuerpo se veía bastante negado a colaborar con mis prisas. “¡Vamos! Hoy es día de longboard en Los Gatos”.

Subimos al carro y tomamos la avenida Vallarta hasta la carretera, manejamos por un paisaje agavero y al llegar a Amatitlán, nos desviamos a la Presa de Santa Rosa. Mike, que venía sentado en el asiento trasero observando con atención cada curva, dijo: “Aquí, oríllense”, y se bajó a preparar su tabla. “La escalada es espectacular, pero es lenta y tardada”, le explicaba Mike a Adrián, “¿quieres saber qué es lo mejor de Guadalajara? ¡El longboard!, velocidad y diversión ilimitada”. Terminé de preparar mi cámara cuando ellos abandonaron su conversación. Miguel se ajustó el cierre de su traje de cuero y bajó el protector de su casco. Esperamos que pasara un último carro por la carretera y Mike se puso entre dos de los vehículos, nosotros por delante íbamos abriendo camino mientras por detrás otro carro cuidaba que nadie se acercara demasiado. Deslizándose por las carreteras en su patineta, Mike llega a superar hasta los 80 kilómetros por hora; presenciar eso es una experiencia intensa. Adrián, Cristóbal y yo íbamos sentados en la caja de la camioneta, mientras él tomaba las curvas a toda velocidad.

Cuando por alguna razón tenía que frenar, giraba la tabla de modo casi horizontal derrapando las llantas contra el pavimento, el movimiento que se conoce como power slide. El descenso es largo, casi 10 kilómetros de pura velocidad y adrenalina. Lo repetimos un par de veces y, en las secciones menos rápidas, Adrián tuvo la oportunidad de probarse y descubrir que el equilibrio no es su fuerte.

Longboad en Los Gatos, camino a Santa Rosa / Zenith Adventure Media

SOBRE DOS RUEDAS

El último día lo dedicamos a rodar. Es innegable que una de las comunidades más fuertes de la ciudad es la de los ciclistas. Están los ruteros que usan la carretera de entrada y salida para sumar kilómetros, los urbanos que no solo se mueven al trabajo en su bici, sino que cada jueves toman las calles en pelotones de miles, acompañados de música y buena onda. Para el cross country y el enduro está el Bosque de La Primavera, como uno de los clásicos, y para el downhill hay una pista espectacular en Bugambilias. La cereza del pastel es practicar bici trial en El Diente. En esta disciplina rodar es lo menos importante, Adrián lo supo de inmediato cuando veía a los ciclistas, montados en la bici, recorrer obstáculos, subir y bajar por piedras, bardas y estructuras sin tocar el suelo. Valía la pena ser testigo de aquello que parecía sencillo, pero que requiere de muchísima habilidad y destreza.

Una de las mejores pistas de downhill se encuentra en Bugambilias / Zenith Adventure Media

LA PROMESA

Se nos acabó el puente vacacional y no pudimos enseñarle a mi amigo tanto de lo que queríamos de la ciudad. “¡Tienes que regresar! Nos falta el kite surf en Villa Corona, todos los skate parks, las pistas de bmx…”. “Sí, sí, sí, tranquilízate. Seguro tendré que volver”. Me dijo riendo mientras me daba unas palmadas en la espalda.

Entonces me di cuenta de que el “sacrificio” que había hecho para entretener a mi huésped en la ciudad me había dejado lleno de planes. Sonreí y supe que estaba en el lugar preciso. Había recordado por qué, a pesar de amar las montañas, Guadalajara es una gran ciudad para vivir.

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