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Descubriendo en bicicleta: Recorrido por Valle de los Cirios

Ésta es la quinta entrega de nuestra aventura por las carreteras de México. ¡Acompáñanos mientras mi esposa y yo pedaleamos de Bahía de los Ángeles a Guerrero Negro!

19-07-2016, 3:20:00 PM
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Embajadores de México desconocido ¡en bicicleta! #mexicoendosllantas

Lo único que nos separaba de Bahía de los Ángeles (Baja California) eran 66 kilómetros de carretera en el desierto. El mapa no mostraba ningún lugar donde pudiéramos tomarnos un refresco o descansar bajo la sombra. Lo bueno era que esa distancia bajo el duro sol de la península bajacaliforniana era de bajada, al menos así lo decía nuestro perfil en Google Maps. Annika y yo estábamos seguros de que el tramo extra valdría la pena.

Y es que no podíamos dejar pasar la oportunidad de nadar en el mar que alguna vez el renombrado explorador marítimo Jacques-Yves Cousteau nombró, “El acuario del mundo” (los especialistas calculan que alrededor del 40% de las especies de mamíferos marinos que habitan en el planeta viven en el Mar de Cortés). Y fue así como en punto de las siete de la mañana empezamos a pedalear hacia la bahía desde el Parador Punta Prieta.

Uno de los grandes atractivos que pudimos admirar al rodar por este territorio fueron cientos de cirios, una planta endémica del desierto de Baja California que crece alrededor de un metro cada 27 años y llega a alcanzar hasta los 18 metros de altura. ¡El tramo que estábamos pedaleando era parte del Área Natural Protegida “Valle de los Cirios” que se extiende por más de 25 mil kilómetros cuadrados de superficie en la península de la Baja!

Roberto Gallegos

Siempre he tenido la idea de que el desierto es como un lugar plano, arenoso y francamente aburrido. Pero rodar por el Valle de los Cirios me cambió por completo la percepción. Me asombré de toda la flora y fauna que vi tan sólo en el camino a Bahía de Los Ángeles. Entre Annika y yo habíamos visto numerosos pájaros de colores amarillo y azul, conejos, salamandras, burros salvajes, caballos y serpientes. Estuvimos al pendiente por si el desierto nos obsequiaba el privilegio de ver un puma o un coyote; después los locales nos dijeron que qué bueno que no nos topamos con ellos, que pudo haber sido lo último que hubiéramos visto en nuestro viaje. Me reí nerviosamente esperando a que ellos se rieran conmigo, pero esto no sucedió.

En el desierto descubrí un área frondosa de fauna desértica cirio, ocotillo, yuca y cardón. Me perdía al ver el océano de flora que se extendía en el paisaje de BC. Me asombraba con la inteligencia de la naturaleza que diseñó plantas y animales que pueden sobrevivir al calor extremo que se da aquí cada verano.

En el kilómetro 35 nos dieron muchas ganas de descansar. Ubicamos un árbol, al parecer era un ocotillo gigante, que proveía de sombra. Así que recostamos las bicis cerca de la carretera para que las llantas no pescaran una espina y puse mi mantel para recostarme abajo del árbol. En cuanto me acosté me picaron unas espinas, estaban esparcidas por todo el piso. ¡Nuestro anhelo de descansar bajo la sombra fue interrumpido por la naturaleza del desierto!

Así pues, seguimos pedaleando y con ayuda del viento y una pendiente bastante pronunciada llegamos a Bahía de los Ángeles. La bahía nos saludaba desde el hermoso paraje por donde rodábamos sin esfuerzo alguno para llegar al poblado.

Roberto Gallegos

El pueblo de Bahía se compone de una calle principal, un muelle público, un museo, la estación de policía, un parque, una oficina de conservación del medio ambiente y un centro comunitario. La sencillez predomina a la vista, pero de igual manera la limpieza. Ahí nos recibió Luz María, un contacto que habíamos hecho en Internet para poder ofrecer una plática sobre nuestro tema -Empatía y cicloviaje-. Ella nos llevó con su hermana Rosa, quien rentaba un par de cuartitos con vista a la bahía. Acordamos quedarnos tres noches con ella a cambio de un muy buen precio.

En Bahía de Ángeles hay mucho más cosas que hacer, que tiempo. Quisimos meternos a la bahía y rentamos una máscara de buceo, un traje mojado y un respirador para ver la vida marina. Admiré varias especies de peces de distintos colores, los que más me gustaron fueron aquellos de color amarillo y azul. Después de un par de horas fuimos a comer unos tacos de pescado, que acompañamos con una cerveza bien fría sentados frente al mar en el muelle público. Ahí observamos la gran actividad que tiene la bahía: barcos pescadores y veleros entraban y salían de manera regular.

Los locales no dijeron que habíamos llegado un poco temprano. Que si hubiésemos estado aquí dos semanas después hubieramos podido convivir con el tiburón ballena, el pez más grande del mar (puede llegar a crecer hasta 13 metros). Esta especie visita Bahía de los Ángeles entre los meses de junio y agosto, y muchos nos dijeron que se puede observar desde la playa. Nos desilusionamos un poco, pero nos dimos cuenta de que teníamos otra muy buena razón para regresar. En la tarde dimos nuestra plática y nos fuimos a dormir temprano.

Roberto Gallegos

Al siguiente día nos levantamos medio tarde, nos dimos ese lujo. A las 13:00 horas, Rosa, Luz María e Isaías pasaron por nosotros para internarnos en el desierto y descubrir algunas pinturas rupestres. El plan sonaba magnífico. Nos tomó poco más de una hora para llegar al lugar. Sabía que estábamos ahí cuando vi una muela rocosa que producía una sombra inmensa al caer la tarde. Sobre la cara de esta muela vimos decenas de pinturas rupestres, era evidente que este sitio era el refugio de muchos de nuestros antepasados.

Al día siguiente partimos muy satisfechos por haber descubierto ese lugar que nunca hubiéramos imaginado. No teníamos palabras más que de agradecimiento para Luz María, Isaías y Rosa, ellos habían sido clave en esta grata experiencia por estas tierras. Aquél día partimos en bici muy temprano por la mañana. Isaías y Rosa nos dieron un aventón en su camioneta hasta llegar a la carretera transpeninsular. Era tan temprano que en menos de 5 horas hicimos 95 kilómetros.

Nuestro último día en la Baja tan sólo pedaleamos unos 25 kilómetros. Antes de llegar a Guerrero Negro, el primer poblado de Baja California Sur, cruzamos la señal que marcaba el fin de la Baja California. Mi estado nos ha tratado enormemente bien. No cabe duda de que, a pesar de haberlo cruzado en bicicleta, aún me queda mucho por descubrir. ¡En verdad hay mucho de éste estado que aún desconozco!

Roberto Gallegos

Mi deseo es que muchas personas tengan la misma oportunidad que nosotros. Y ese deseo se va a cumplir muy pronto. Deseamos anunciar que Tasting Travels en conjunto con la Secretaría de Turismo de Baja California, nos van a apoyar para lanzar un micrositio tentativamente llamado “Baja en Bicicleta”, en el que se podrá consultar la información de toda nuestra ruta por la península.

Ahí, vamos a incluir detalles de ubicaciones exactas, dónde dormir, comprar víveres, practicar todo tipo de actividades de aventura y tips para visitar sitios históricos. Toda esta información estará disponible de manera gratuita en línea. ¡La idea es que utilices esta herramienta para planear tu próxima travesía en dos ruedas por la Baja, desde la comodidad de tu casa.

Creemos que es una excelente oportunidad para descubrir o redescubrir esta parte de nuestro México y de igual manera llevar inversión a todos los poblados que se encuentran un tanto aislados del camión o del avión. Nos vemos la próxima semana con una entrega más de nuestra aventura en bici ahora en otro estado de la República Mexicana: Baja California Sur.

Kilómetros recorridos del Parador Punta Prieta a Guerrero Negro: 279
Días desde que partimos: 20
Pinchaduras: 3
Kilómetros totales del recorrido por México: 886

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