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Ébano: la tercera raiz

EI africano, al igual que el indio, fue tratado como bestia de trabajo, arrancado de su hogar y transportado, cautivo, a un lugar desconocido.

Su destino era oscuro y trágico: además de la desventura del cautiverio, tuvo que llegar a otra cultura, a otro mundo totalmente ajeno al de su origen.  El africano se rebeló desde el momento mismo de su llegada; mucho antes que el indio abrumado por su derrota, se rebeló en las ciudades, en los trapiches, en las plantaciones, en las haciendas. El aumento de la población africana en la Nueva España estuvo ligado al decrecimiento de la población indígena, agobiada por epidemias y enfermedades.

Los africanos eran enviados para sustituir la mano de obra indígena. El africano y su descendencia no pudieron integrar a su existencia su religión, pues fue reducida, como la del indio, por el amo blanco. En cambio, las prácticas mágicas subyugaron a los españoles, a quienes convirtieron no pocas veces en tributarios de las” artes” y “facultades” del esclavo. Así, éstos lograron, de tanto en tanto, la consideración del amo que se confiaba a sus artes de curanderos y brujos. 

Aún con poca esperanza de vida y sometido a los rigores del trabajo, el africano ve en éste la posibilidad de mejorar su destino; puede, aun en condiciones de miseria extrema, comprar su libertad, cambiar de dueño, unirse a los indios para liberar a sus hijos de la esclavitud. Para comprender la herencia africana en nuestro acervo cultural, es necesario buscar al africano en la cultura popular, en la medicina tradicional, en las formas de cocinar, en la manera de bailar y de hacer música, en los refranes, en las leyendas, en los hábitos alimenticios, en la forma de construir sus viviendas (los “redondos”), etcétera.  Los elementos africanos no llegan a conformar un sistema cultural, como en otros países de América. La presencia del africano tuvo que haber incluido sus actitudes vitales frente a la realidad, su concepción del mundo.

Sobre todo en contraste con las del indio, las formas de estar y de aceptar la vida, la muerte, el nacimiento, de interpretar la música, el gusto por la palabra, la pronunciación del castellano, la pasión por el ritmo, su extroversión y una empecinada lucha por sobrevivir y por alcanzar el derecho a existir y ser aceptado. Aguirre Beltrán, a finales de la década de 1950, comentaba: “los remanentes de nuestra población africana- colonial se encuentran hoy día en las costas de ambos océanos; pero mientras que los que aún persisten en la costa del Golfo son fácilmente accesibles y, con ello, se presume, han sufrido contactos frecuentes y continuados con individuos de la cultura nacional de tipo occidental, los situados en las costas del Pacífico, por el contrario, han permanecido en un aislamiento del que apenas comienzan a salir al establecer- se en la zona vías modernas de comunicación que datan de unos cuantos años”. 

Por su parte, la maestra Luz María Montiel afirmaba que a principios de la década de 1990: “En lo relativo a la identidad del africano de Guerrero en cuanto a su origen: se le tiene por extranjero cuando se sabe que sus antepasados vinieron de África. En Veracruz se piensa que los antepasados de los africanos vinieron de Cuba; esto debido a que la inmigración de los núcleos cubanos es relativamente reciente (siglo XIX) y muy evidente su influencia en lo que concierne a la música y a los bailes populares”.   

Desde hace algunos años, en la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca se han organizado encuentros de pueblos afromestizos de la región: mesas de trabajo, conferencias, talleres, danza, música, etcétera. Producto de estos encuentros fue la inauguración en Cuajinicuilapa, Guerrero, del Museo de la Africana, primero en su género en México.  En estos encuentros son particularmente interesantes las diversas expresiones dancísticas y musicales, con ritmos como el son, el huapango, el corrido costeño, y bailes como las chilenas, los diablos, la artesa, etcétera.

Estas manifestaciones son parte de la tradición musical mexicana, son la máxima expresión de la simbiosis musical afrohispánica, y es precisamente el ritmo donde se pone de manifiesto el fuerte componente africano. En estos ritmos encontramos la característica superposición africana de diferentes esquemas métricos: “Recursos africanos de variación rítmica, esto es perceptible no sólo en México sino en toda Latinoamérica”.   

Fuente:   México desconocido No. 309 / noviembre 2002 

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