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El Archivo Histórico del Convento de Churubusco

El 17 de octubre de 1716 Diego Julián de Espinosa compareció ante el comisario del Convento de San Diego de México para responder a las preguntas de rigor que se les hacían a todos aquellos que pretendían tomar el hábito dieguino.

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En lo que hasta el año 2000 fué la Pinacoteca Virreinal, (en el lado sur de la alameda Central de la Ciudad de México) el adolescente de 15 años entró a la sala oscura, hizo la señal de la cruz y juró decir verdad a todo lo que se le preguntó. Diego Julián contestó a cada una de las preguntas, con la seguridad de que su condición de criollo no sería obstáculo para ingresar a la orden religiosa. Su padre era recaudador de los impuestos del Rey, en Xalapa, y su abuelo había sido dueño de una panadería en la Capital de la Nueva España.

Completado el expediente de Diego Julián de Espinosa, el comisario lo remitió al Convento de Santa María de los Ángeles de Churubusco, distante ocho kilómetros de la ciudad de México, en donde finalmente fue admitido el joven quien tomó el hábito en el mes de noviembre. Sin embargo, al año siguiente, sus padres, Manuel Julián y Josepha de Aguirre llegaron hasta el noviciado de Churubusco, lograron entrar al patio y con violencia inusitada sacaron a Diego a empellones, ante la mirada atónita de los frailes y de los novicios. Diego Julián no pudo hacer nada ante la fuerza y autoridad de sus progenitores. No obstante este desaguisado, perseveró en su vocación, escapó de su casa y pidió que se le re admitiera en el noviciado.

Esta historia podemos reconstruirla después de casi 300 años, gracias a un poco de imaginación inspirada en la lectura de un documento que se encuentra en el archivo histórico del Convento de Churubusco. Este acervo documental está actualmente bajo resguardo del Museo Nacional de las Intervenciones y contiene la información referente a la orden de San Diego, rama de la Tercera Orden de Franciscanos, cuyos primeros frailes llegaron a la Nueva España en 1576.

Para hablar del archivo tenemos que referimos a los dieguinos. Estos frailes llegaron a la Nueva España con el propósito inicial de establecer un lugar de tránsito para después evangelizar el este de Asia, principalmente las islas Filipinas. Así, los dieguinos fundaron conventos y casas de formación en la cuenca de México con el fin de preparar a los misioneros que surcarían el Océano Pacífico. Uno de estos misioneros, por cierto, fue San Felipe de Jesús, considerado el primer santo de origen novohispano.

El origen de la Orden de San Diego lo encontramos en las reformas que impulsó San Pedro de Alcántara, bajo la advocación de San Diego de Alcalá. De ahí el nombre de dieguinos. De España, los dieguinos pasaron al nuevo continente. Después de una estancia en San Cosme, entre 1576 y 1587, se les otorgó un establecimiento, en éste último año, que consistía en una pequeña iglesia y una casa en el poblado de San Mateo de Churubusco. Casi un siglo después, en 1676, esta iglesia se reedificó y el convento se agrandó hasta el aspecto actual. Los establecimientos mendicantes dieguinos sumaron 16 conventos que formaron la Provincia de San Diego de México, erigida como tal en el año de 1602.

Un acercamiento al archivo es, sin duda, de sumo interés tanto por su contenido, como por el aspecto físico en sí mismo del lugar. En el convento de Churubusco podemos recrear el mundo, conventual de la Colonia, recorrer los pasillos, entrar a una celda, y, desde luego, leer un documento, sentir la textura del papel e imaginar la vida monástica.

El acervo está resguardado en 17 cajas y organizado en tres grandes secciones: Gobierno, Justicia y Pecuniaria. El fondo documental consta aproximadamente de 800 documentos manuscritos, más otros cuantos impresos, todos ellos en perfecto estado de conservación, La mayor parte (casi dos tercios del total) lo forma la serie denominada informaciones de limpieza de sangre. Estos expedientes tienen una riqueza sorprendente. Encontramos documentos desde el siglo XVII hasta el XIX. En ellos se asientan las 10 preguntas que se les formulaban, ante notario, a todos aquellos que pretendían tomar el hábito. Estas eran: 1. Su nombre, de dónde era originario y el nombre de sus padres y abuelos, su origen y si eran españoles limpios, sin mancha alguna de indio, chino, mestizo o mulato. 2. Si era hijo legítimo y de legítimo matrimonio. 3. Si era de “buenas costumbres” y no sospechoso de algún crimen o perseguido por la justicia. 4. Si tenía deudas o cuentas por pagar. 5. Si tanto él como sus ascendientes eran fieles católicos y no descendientes de judíos, moros, o herejes (léase luteranos o ateos). 6. Si era libre y no ligado ni comprometido en matrimonio. 7. Si sus padres no tenían mácula alguna como esclavitud, castigos, azotes y vergüenza pública. 8. Si sus padres o hermanos necesitaban del pretendiente para su sustento. 9. Si no había tenido el hábito de dieguino o de otra orden religiosa, y finalmente, 10. i lo que declaraba era verdad.

La mayoría de esta documentación proviene del Convento de Churubusco, pero también existen documentos del Convento Mayor de San Diego, de Tacubaya, de Puebla, de Taxco, de Querétaro, y de Sultepec, entre otros. Además de esta información, también encontramos otros documentos como recibos, donaciones, testamentos, pleitos entre los habitantes de San Mateo Churubusco y los frailes por la posesión de un ojo de agua, cédulas reales, inventarios, planes de estudios, escrituras, reglamentos, informes, cartas de poder y de peticiones, litigios, quejas, avalúos, etc. Si bien pudiera parecer que el material es escaso, éste tiene un gran valor histórico porque es casi lo único que se conserva de los dieguinos.

La labor de rescate del acervo se emprendió en los años setentas de este siglo, cuando se encontró el material, y se envió a la Dirección de Restauración del Patrimonio Cultural del INAH para su limpieza, consolidación, conservación y restauración. Una vez restaurados los documentos, se regresaron al museo para proceder a su organización.

La información que hallamos en el archivo es el reflejo de la actividad del convento y del uso que se le ha dado a través del tiempo. Además de los documentos coloniales, también hay documentos del siglo XIX. Se conservan expedientes, por ejemplo, de 1821 y 1823 en donde el guardián del convento se aboca a la tarea de organizar el archivo y la biblioteca ante el peligro de una posible exclaustración.

En la primera mitad de ese siglo, el inmueble dieguino de Churubusco fue utilizado para convento y noviciado, hasta que en 1847 se convirtió en bastión de resistencia contra el invasor norteamericano. Los frailes fueron conminados a abandonar el lugar para que lo ocuparan las fuerzas de la Guardia Nacional que el 20 de agosto enfrentaron al ejército de los Estados Unidos. A pesar del esfuerzo, los mexicanos sucumbieron al ataque y la plaza fue tomada por el enemigo.

Un documento fechado en septiembre de 1847 nos revela los estragos causados por la guerra contra los Estados Unidos, y relata los “daños y perjurios” que padeció el convento. Después de la guerra, los frailes regresaron al inmueble, permaneciendo en él hasta la aplicación de las Leyes de Reforma. En la década de 1860 las órdenes religiosas fueron expulsadas y en general se desamortizaron los bienes de la iglesia. En Churubusco, los dieguinos abandonaron el lugar en 1861; sin embargo, algunos frailes permanecieron en la iglesia y ocuparon una pequeña ala del Convento que siguió abierta al culto por lo menos hasta 1884.

En los últimos años del siglo, el inmueble se usó como hospital militar para enfermos contagiosos y en 1919, se creó el Museo Histórico de Churubusco, promovido y financiado por la Universidad Nacional. En el archivo podemos encontrar recibos de las obras de adaptación, cartas, proyectos y papeles de la creación del museo histórico.

Desde el punto de vista de su función social, un archivo cuyo fin último no sea el servicio al público no puede llamarse tal. De ahí la preocupación por resguardar, organizar y poner a disposición del público y de investigadores especializados el acervo conventual. Entre las múltiples, lecturas de un archivo resalta el de las innumerables historias que podemos entresacar de él. La información que contiene este valioso acervo puede dar luz sobre distintos tipos de historia o de microhistorias, por ejemplo: conocer quiénes tomaban el hábito, de qué origen eran, qué estudiaban, cuál era la edad promedio de los novicios, cuántos abandonaban el hábito, cuántos eran criollos o novohispanos, cuántos españoles, cómo era la vida conventual, etc. Hay pues, una veta muy rica para acercarse a este archivo y así poder conocer una parte de nuestra historia y en particular de la historia de una orden mendicante que desapareció de nuestro país a principios del presente siglo.

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