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El arte cerámico de la cultura Remojadas

Los hábiles ceramistas que vivieron en la costa central del Golfo de México, en el actual estado de Veracruz, poblaron esta región a partir de la quinta centuria antes de nuestra era, cuando mucho tiempo atrás había ocurrido el final de la cultura olmeca.

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Una gran algarabía se escuchaba entre los alfareros del poblado de Remojadas: durante más de un ciclo lunar habían trabajado arduamente para terminar todas las figuras que se ofrendarían durante las celebraciones de propiciamiento de la cosecha, que incluían el sacrificio de hombres y animales.

El paisaje del centro de Veracruz está integrado por una multiplicidad de regiones ecológicas que van del ámbito pantanoso y las llanuras cos­teras, cruzadas por anchos ríos que se distinguen por su sorprendente fertilidad, a las tierras semiáridas que esperan la llegada de las lluvias para florecer; en esta área se ubican, además, algunas de las cumbres más elevadas del territorio mexicano, como el Citlaltépetl o Pico de Orizaba.

Esta cultura de alfareros, llamada en general de Remojadas, deriva su nombre del sitio donde se ubicó arqueológicamente por vez primera. Curiosamente, la cultura se extendió por dos regiones de ambientes muy contrastantes: por un lado, las tierras semiáridas donde la sierra de Chicon­quiaco desvía hacia el poniente los vientos que vienen del mar cargados de humedad, de manera que el agua de lluvia es absorbida rápidamente por el suelo calizo, de ahí que su vegetación característica sean chaparrales y matorrales que se entremezclan con agaves y cactáceas; y por otro, la cuenca de los ríos Blanco y Papaloapan, que tienen agua en abundancia y sus terrenos son aluviones muy fértiles donde es notoria la vegetación de tipo selvático.

Los pobladores de la cultura de Remojadas prefirieron para establecerse los terrenos elevados, que nivelaron hasta formar terrazas de gran amplitud; ahí edificaron sus basamentos piramidales con sus templos y habitaciones hechos de troncos y ramas con techos de paja; cuando se requería –tratando de evitar la entrada de las alimañas– cubrieron sus paredes con barro que aplanaban con las manos. Si bien en su época de esplendor algunas de estas sencillas pirámides se alzaron a más de 20 metros de altura, no resistieron el paso del tiempo y hoy, cientos de años después, apenas se reconocen como pequeños mon­tecillos.

Algunos estudiosos de esta cultura piensan que los habitantes de Remojadas hablaban totonaco, aunque esto nunca lo sabremos con exactitud, ya que cuando llegaron los conquistadores europeos, hacía muchos siglos que los asen­ta­mientos humanos estaban abandonados, de ahí que las localidades arqueológicas donde se ubican estos montículos tomen su nombre actual de los pueblos cercanos, destacando en la región semiárida, además de Remojadas, Guajitos, Loma de los Carmona, Apachital y No­piloa; en tanto, en el área ribe­reña del Papa­loapan están las de Dicha Tuerta, Los Cerros y, especialmente, el Cocuite, donde se descubrieron algunas de las más hermosas figuras de mujeres muertas en el parto, de tamaño natural, y que todavía conservan su delicada policromía.

Los alfareros de Remojadas pervi­vieron por muchos siglos con su arte cerámico, que utilizaban en las ofrendas funerarias para recrear rituales simbólicos que acompañaban a los muertos. Las imágenes más sencillas del Preclásico se modelaban con bolitas de arcilla, conformando las facciones del rostro, los ornamentos y las vestimentas, o bien se adherían a las figuras, tiras o plaquetas de barro aplanado que semejaban capas, enredos u otras prendas muy vistosas.

Usando sus dedos con gran habilidad, los artistas daban forma a las narices y bocas de las figuras, logrando efectos en verdad sorprendentes. Más tarde, durante el Clásico, descubrieron el empleo de los moldes y la confección de figuras huecas, y elaboraron llamativos conjuntos donde las esculturas alcanzaron el tamaño de un hombre.

Uno de los rasgos más significativos del arte de Remojadas fue la utilización de un betún de color negro, al que llaman “chapopote”, con el cual cubrían algunas partes de las figuras (ojos, collares u orejeras), o les daban un maquillaje corporal y facial, marcando diseños geométricos y simbólicos que las hacían inconfundibles en el arte de la región costeña.

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