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El carnaval de los huesitos. Oofrenda en miniatura

Con la certeza de que las ofrendas a los muertos son una profunda tradición donde se integran elementos paganos del cristianismo con rasgos de la mitología prehispánica.

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Los esposos Agustín Guerrero y Martha Vallejo levantaron hace seis años una ofrenda en miniatura a la mamá de él y otra a los padres de ella. Panecillos, frutas, refrescos, cervezas, flores, veladoras, quesos y otros objetos, algunos de tan sólo algunos milímetros de tamaño, atiborraron las dos pequeñas vitrinas de vidrio biselado donde se aprecian las fotos de sus progenitores. Imbuidos ya de este espíritu barroco y fecundo que engendra las artesanías mexicanas, a partir del siguiente año decidieron agregar a las ofrendas escenas del pueblo que goza la “otra vida” tal y como vivió la primera.

Así nació El Pueblo de los de Abajo, donde las calaveras asisten a la iglesia, pasean por el parque, acuden a la Feria de los Huesitos Alegres e incluso le van a llorar a sus “muertos” en el Panteón de los Hilitos. Después de cinco años de incorporar calaveritas, El Pueblo de los de Abajo debe tener no menos de mil personajes que deambulan por todas partes. Hechos de barro, los muñequitos miden entre 5 y 8 cm y son pedidos por encargo a dos artesanos: uno de Metepec, estado de México, y otro de Puebla, quienes también los pintan. Todos los escenarios, la arquitectura y los objetos de madera o de lata son hechos por don Agustín, mientras que doña Martha se encarga de elaborar miniaturas como frutas, panecillos y otros detalles, si bien algunas son conseguidas en tiendas de artesanías. Vale la pena mencionar que tanto los carteles taurinos como las tartas de la baraja y otras estampas de lograron a través de reducciones, algunas de color, hasta conseguir el tamaño adecuado. Año tras año, el pueblo crece y se incorporan nuevos elementos.

UN RECORRIDO POR EL PUEBLO DE LOS DE ABAJO 

Una visita informal a este carnaval de huesitos, el pasatiempo favorito de don Agustín y doña Martha, puede empezar por cualquier parte. Si tenemos hambre, recomendamos llegar por el tianguis donde se han instalado los puestecitos de los ambulantes. Allí podemos comer quesadillas, garnachas, tamales, elotes, pan de muerto, dulces, gelatinas… acompañados de un atole champurrado o de un refresco.  Para darle tiempo a la digestión de los alimentos, podemos pasear un rato en el paraje del pueblo, seguido junto al tianguis, para escuchar a los mariachis cantandoLa vida no vale nadao bien para apreciar la prodigiosa escultura de la patrona de El pueblo de los de Abajo, desnuda y con los huesos al aire, en competencia abierta con laDiana cazadora. Junto al parque se encuentra la sastrería El Último Tacuche, donde aquellos que llegan a cansarse de tanto muerto aprovechan para echarse una pestañita “hasta que el hueso aguante”, antes de ser enviados a la fosa común. Para los que se deleitan con la muerte, la plaza de toros y el palenque son recintos donde el combate enciente las pasiones más primitivas de los muertos.

Pero si el sabor de la sangre nos parece muy espeso, en el camino podemos deleitarnos con un raspado o una paleta que nos limpien de los gusanos inmundos adquiridos en el cementerio. Plátanos, camotes, chicharrones, papas y hamburguesas también se ofrecen en el camino hacia el camposanto de fútbol o hacia la Feria de los Huesitos alegres. En aquél se libra la eterna disputa de los equipos odiados hasta después de la muerte (Chivas contra América), mientras que en la feria los niños difuntos gozan chocando sus carros locos y estrujándose los huesos. También la Rueda de la Fortuna, las sillas Boladoras, los Caballitos y el Barco Pirata hacen gozar de la muerte a las calaveras. Y como los tiempos cambian, a los jueguitos tradicionales de dardos, canicas y “pégale al negro de chocolate”, también hay que agregar las famosas maquinitas donde los chamacos se gastan el cambio de los mandados.

Afuera del camposanto de fútbol hay un puestecito donde se vente pulque a los aficionados que, eufóricos y borrachos, gritan con mucha fuerza, o brindan por el triunfo o la derrota de su equipo. Para las sensibilidades más refinadas también hay un teatro, donde se representan obras comoDon Juan Tenorio, tragedias griegas y las clásicas de Shakespeare. Tampoco faltan declamadores que recitan poemas comoMuerte sin fin, de José Gorostiza, oDécima muerte, de Xavier Villaurrutia. Entre las curiosidades de la feria, olvidaba mencionar a la calavera que ve en su bolita de cristal la suerte que le depara el destino a cada muerto que acude temeroso a consultarla; de igual forma, la que lee las cartas: con algunos pesos de por medio, muestra el intrigado visitante los tropiezos y fracasos que le esperan en su vida eterna. Detrás de la feria se encuentra la iglesia y el Panteón de los Hilitos. En la primera hay una boda donde la suegra del novio cumple su amenaza de casar al sinvergüenza por el que su hija salió con su Domingo Siete. En el panteón, los muertos lloran a sus propios muertitos y les llevan flores, tequila, verduras y frutas, mientras el que descansa aprovecha para echar un ojo y verificar la calidad de la mercancía. Fuera del atrio marcha una procesión donde un muerto, de puro aburrimiento, se volvió a morir, y lo llevan a su nuevo condominio. Junto a la iglesia, en la parte central del altar, se encuentra la sección más importante.

Allí están las ofrendas a los padres de don Agustín y doña Martha, mismas que franquean al Árbol de la Muerte, parodia del Árbol de la Vida, fabricado por don Adrián, artesano de Metepec. Frente a las ofrendas y al árbol hay un bailongo y un banquete en cada extremo, lo que nos recuerda el deseo del rey poeta Nezahualcóyotl de no llorar el día de su muerte sino cantar y festejar en homenaje a la vida que llevó. Los padres de don Agustín y doña Martha parecen contemplar con beneplácito el fruto de la raíz que sembraron. Entre los distinguidos invitados al jolgorio está, ni más ni menos, Pancho Villa, “con sus dos viejas a la orilla”. Y para complementar los significados cosmogónicos, muy cerca del fandango los voladores de Papantla cubren una de las trece vueltas mediante las cuales el cielo se une a la tierra. De igual forma, el círculo de danzantes gira formando un reguilete solar, representación de las eras del mundo. A pocos pasos de ellos, indiferente a la música, al baile y al vuelo de los danzantes, un retratista dibuja a una calavera sonriente. Mientras tanto, la muerte continúa. 

UNA TRADICIÓN ENRAIZADA EN UN PASADO MILENARIO  

La ofrenda de muertos es resultado de un profundo sincretismo cultural. Según Raúl Guerrero Guerrero, cuando algún mexicano moría se le ofrendaba un poco de papel y comida para el tránsito por elChagnahuapan(los siete ríos) y se mataba un perrito llamadotechichi, cuyo espíritu acompañaría al del muerto. Además se colocaban objetos representativos del fallecido, como escudo, arco y flechas, en el caso de un guerrero, o un metate y un telar, si se trataba de una mujer. Durante cuatro años se repetían estas ceremonias y sólo entonces eran suspendidas. En cuanto a los españoles, la ofrenda anual a los muertos fue traída por los soldados y no por los curas. Los españoles heredaron esta costumbre de los árabes, quienes a la vez la habían tomado del pueblo egipcio en el siglo VIII cuando pasaron por Egipto en su ruta de conquista hacia la Península ibérica. Los egipcios creían que el individuo tiene dos espíritus: uno que a la muerte se va al más allá, y otro llamado elsosia, que sigue vagando en el mundo y que consecuentemente, tiene necesidad de comer algo por lo menos una vez al año. 

Fuente: México desconocido No. 261 / noviembre 1998

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