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El Conservatorio Nacional de Música en el DF

Uno de nuestros expertos te presenta una mirada a la historia de la construcción de este funcional edificio, ubicado en la capital, donde importantes generaciones de músicos se han formado desde 1946.

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La ejecución de la música ha recurrido a espacios de todo tipo antes de crearse los que ahora le son propios, y lo mismo puede decirse de los dedicados a su aprendizaje. Sin embargo, en el primer caso se inició la especialización cuando los templos adoptaron ciertas soluciones para recibir coros, órganos y diversos conjuntos instrumentales, lo que culminó en las iglesias de San Giorgio e Il Redentore, en Venecia, cuya concepción incluyó ya la audición musical como una de sus funciones.

Y fue también en Italia donde aparecieron los primeros “conservatorlos”, originalmente como extensiones de algunos orfanatorios a cargo de las órdenes religiosas, cuyos internos recibían una formación musical. El más antiguo cuya apertura se conoce es el de Santa María di Loretto, de Nápoles, fundado en 1537.

Cuicacalli

En la sociedad azteca la formación musical de los jóvenes se impartía de manera específica en los cuicacalli, auténticos equivalentes de los conservatorios europeos. Esta educación incluía aquí también la religiosa y adquiría una gran importancia social. Diego Durán nos trasmitió esta información: “En todas las ciudades había junto a los templos unas casas grandes donde residían maestros que enseñaban a cantar y a bailar, a las cuales casas llamaban cuicacalli, que quiere decir casa de canto, donde no había otro ejercicio sino enseñar a cantar y a bailar y a tañer a mozas y mozos, y era tan cierto el acudir ellos y ellas a estas escuelas y guardábanlo tan estrechamente que tenía el hacer falla cosa de crimen de lessae ma lestati.” La misma relación entre el culto religioso y la formación musical continuaría en el período colonial.

En este contexto surgió en la actual Morelia, en el siglo XVII, el que algunos consideran el primero de América, actualmente llamado Conservatorio De Las Rosas, aun cuando otros autores consideran que tal privilegio corresponde a la Academia Filarmónica, fundada en la capital del país en 1825, en los inicios mismos de nuestra vida quien independiente.

La institución que lleva el nombre de Conservatorio Nacional de Música se creó en México en 1866 (14 de enero), pero fue hasta 1944 cuando se consideró necesario hacer un edificio de gran importancia para la educación musical en nuestro país.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, México ingresó en un período de prosperidad económica que le permitió construir ambiciosos edificios públicos. Miembro fundador y vocal ejecutivo del comité era Mario Pani, prolífico arquitecto formado en la Ecole des Beaux-Arts de París y quien realizaría dos proyectos muy ambiciosos: la Escuela Nacional de Maestros y el Conservatorio Nacional de Música. Mario Pani fue miembro fundador y vocal ejecutivo del comité.

Entre vanguardia y tradición

Mario Pani, cuyo entorno familiar le permitió adquirir una formación que incluía una buena educación musical y disfrutar de relaciones que mucho le servirían en su carrera profesional, estudió en Francla en un momento en que la antigua tradición académica todavía tenía un gran peso, pero dejaba ya un espacio a las nuevas formas abstractas propias de la arquitectura contemporánea.

Sólo en Francia puede verse con tanta claridad, en las décadas que van de 1920 a 1940, la coexistencia de los esquemas simétricos de los edificios con disposición monumental heredada de la era barroca, así como las superficies desnudas de las paredes, los escuetos fustes cilíndricos de las columnas, los escasos detalles escultóricos como discreta ornamentación y, sobre todo, la ausencia de toda referencia historicista en el terreno decorativo.

Se trataba de la estrategia que Manfredo Tafuri y Francesco dal Co han definido como “una mediación tranquila entre vanguardia y tradición”. En esta arquitectura, que es la de Mario Pani, la historia, ausente en los ornamentos, aún sobrevive en la disciplina que se impone a los edificios mediante los mencionados esquemas que arrojan plantas dispuestas con relación a implacables ejes perspectivos. Esto se conocía en aquellos años como “composición” de la arquitectura, es decir, el mismo término que se emplea en la música para referirse a una cierta forma de organización de los sonidos, de acuerdo con la tradición clásica.

¿Cómo procedía Mario Pani al abordar un proyecto de las características del que aquí nos interesa? En primer lugar, definiendo un eje rector que, en la mayoría de los casos, consiste en la línea que divide un ángulo por la mitad, o bisectriz. Es decir, no necesariamente se trata de presentar una amplia fachada como primer aspecto del edificio, sino, como ocurre en una gran cantidad de proyectos suyos, de ubicar el acceso en una esquina, casi en un vértice que se convierte en un ochavo -o algo similar- para permitir ubicar en este punto la puerta principal. Y a ambos lados del eje rector que pasa por la mitad de esta puerta, arreglados como en un espejo, dos brazos simétricos. Esto le valió algunas críticas a Pani, y él mismo se refería a una en que se calificaba un proyecto suyo como “decadente, de la época francesa, de la época Pétain”, lo que consideraba injusto por no corresponder tal época a su estancia en Francla.

El edificio

Por las consideraciones anteriores se puede advertir que el proyecto del Conservatorio de Mario Pani de 1946 debe juzgarse a partir, por ejemplo, de algo que sólo un extenso recorrido por el edificio, o bien la observación de su plano de conjunto, permite advertir la rigurosa composición de una construcción tan vasta.

El terreno en que se ubica forma un triángulo cuyo extremo agudo -excepción hecha de algunas pequeñas construcciones- queda prácticamente libre, creando una plaza de acceso que conduce a la fachada principal del conjunto, convexa, monumental y simétrica. La curva central (rematada por un discreto conjunto escultórico de Armando Quezada) se extiende hacia la parte posterior del terreno, abriendo dos brazos rectos que rematan en sendos volúmenes de planta circular: uno de ellos sirve como sala de ensayos de percusiones y el otro como biblioteca.

La disposición general del edificio sugiere una “U” de brazos abiertos, pero también un diapasón, o tal vez una lira, ya que el espacio interior está vacío, para alojar un auditorio al aire libre, ligeramente hundido y rematado por una original concha acústica. A lo largo de estos brazos, alternadamente, se abren en la planta baja salones de ensayo cuyos muros exteriores, de piedra rosa con aparejo rústico, hacen una “S” alargada que recuerda de inmediato la curva de un plano, mientras otra de las paredes de cada sala y del corredor mismo están ocupadas por grandes ventanales que comunican directamente estos espacios con el jardín. La vista de la sucesión de estos muros curvilíneos, en especial desde el espacio del auditorio al aire libre, es uno de los mayores logros del proyecto de Mario Pani.

En la planta alta rematan estas rítmicas perspectivas de las salas de ensayo los dos brazos rectos, ahora con fachadas planas revestidas de piedra clara y con pequeñas ventanas cuadradas. Estos brazos de caras lisas avanzan por el exterior del conjunto hacia el centro de la fachada curva, interrumpiéndose sólo para enfatizar el vestíbulo de acceso. Este último espacio, de generosa altura, tiene como protagonista la perspectiva cambiante de una columnata, que es otro de los grandes aciertos del conjunto. El vestíbulo conduce al auditorio principal y a dos de menores dimensiones adosados al primero.

Aunque en ciertos aspectos la organización espacial del Conservatorio y de la Escuela Nacional de Maestros (de 1945) guarda una gran semejanza, no hay duda de que es mejor el primer edificio. Se puede afirmar que existe consenso sobre el hecho de que el Conservatorio podría ser la obra maestra de Mario Pani, e incluso una de las grandes obras de la arquitectura mexicana moderna. Contribuyen a esto la curiosa combinación que aquí consiguió su autor entre la composición académica del conjunto y la originalidad con la que innovó en las formas de las salas de ensayo y la manera en que tradujo al lenguaje de la arquitectura propiedades que, perteneciendo también a ésta, encuentran en la música su más plena manifestación, como los ritmos (por la regularidad de los acentos de las ventanas, de las salas, de las columnas) y las cadenclas (por el deslizamiento de las curvas que avanzan como ondas al verse en perspectiva) y por los enfáticos remates (como los que constituyen los cuerpos redondos ubicados en los extremos de los brazos, por ejemplo).

Aquí, las exigencias del funcionamiento, que se convirtieron en la proclama por excelencia de la arquitectura contemporánea, pudieron satisfacerse a plenitud (con algunas pequeñas licencias muy permisibles) y convertirse en un punto de partida para el ejercicio más libre del juego de las formas arquitectónicas.

Este equilibrio no lo consiguió Mario Pani de manera tan lograda en el resto de su obra. Y es difícil encontrar -sobre todo en una tradición arquitectónica como la mexicana- ejemplos en la arquitectura de una sensualidad musical tan lograda como la que consiguió Pani en el Conservatorio Nacional. Cualquiera diría que no cabía esperar otra cosa en el proyecto de un conservatorio… Sí, pero también puede decirse que no cualquiera puede establecer una relación tan inquietante como la que aquí obtuvo Pani entre la música y la arquitectura.

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