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El Estero del Soldado, paraíso solitario en la costa sonorense

Para los de espíritu aventurero, la alternativa son estos miles de kilómetros de playas, lagunas, esteros, barras, playones, manglares; muchos de ellos despoblados, muchos vírgenes o casi, adonde se llega por brechas o terracerías que representan de por sí un desafío.

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La costa del estado de Sonora, que posee el 10% del litoral nacional, alberga 100 “humedales costeros”, nombre con el que se denominan hoy a los cuerpos de agua que se forman junto al mar. De entre cientos de esteros y lagunas de gran riqueza ecológica que se conservan en estado natural y lejos de la civilización, el Estero del Soldado fue uno de los que más nos recomendaron por su importancia y ubicación.

Salimos de Guaymas en nuestras bicicletas y tomamos la carretera nacional núm. 15 rumbo a Hermosillo, entre trailers y camionetas, en medio de un ardiente clima desértico. En esos momentos no entendía aún qué tan especial podría ser un humedal costero y qué tanto estaba dispuesto a vivir esta aventura de subsistir –junto con mi esposa y mis dos perros—sólo a partir de lo que brinda la naturaleza.

Por un instante sentí el impulso de desviarme hacia la ciudad para enfrentarme al rito sagrado de tomar una bebida bien fría bajo un ventilador, y adormilarme con el suave golpetear de las olas, lejos, muy lejos de nuestra fresca habitación del hotel. Afortunadamente proseguí y una vez que salimos de la carretera en dirección a San Carlos y llegamos al camino de terracería –frente a los Condominios Pilar–, las cosas fueron cambiando, los sonidos de los motores y la civilización quedaron atrás, y de pronto sentí que realmente hay que escuchar para poder oír; el movimiento disminuye y toma un ritmo armónico. Una vez ahí, ya no tuve duda.

El Estero del Soldado es un santuario a la vida. La sensación de estar en un lugar totalmente aislado, a tan sólo unos cuantos kilómetros de una de las carreteras más transitadas del país, me parecía inverosímil y fascinante.

Al llegar a la playa buscamos un sitio para acampar tomando en cuenta la necesidad de agua potable, la cual debido a las altas temperaturas, significa un galón diario por persona (4.4 litros). Finalmente nos decidimos por la punta este junto a la boca del estero, donde se abre paso el Mar de Cortés, siendo éste uno de los mejores accesos, pues contrariamente a la vegetación típica del estado, el estero está rodeado por un denso manglar y resulta bastante inaccesible.

Tanto para nuestros perros como para nosotros, la boca del estero se convirtió en un oasis en medio del desierto. El agua se mantiene a una temperatura fresca a pesar de tener una profundidad máxima de un metro, entre el continuo cambio de las mareas. Al mediodía el único movimiento era el nuestro terminando de armar el campamento, pues con la temperatura, a esas horas, todo descansa excepto el calor. Éste es un buen momento para tirarse bajo la sombra del toldo y descansar o leer un buen libro, sobre todo si se sigue el ejemplo de los animales al excavar un hoyo, pues adentro la arena es mucho más fresca.

Conforme pasa la tarde, el viento cobra fuerza para no desmentir la fama que se han ganado los del Golfo de California: refresca del intenso calor y limpia el aire de mosquitos, pero si sube la velocidad levanta arena, lo cual puede ser desagradable, especialmente si a uno no le gusta condimentar su comida con ella.

El atardecer trae consigo el tráfico aéreo: garzas, gaviotas y pelícanos que vuelan de un lado para otro. Con los cambios de la marea, el movimiento de los peces convierte el estero en todo un mercado. Al final del día el viento deja de soplar y la calma va haciéndose absoluta. Éste es el instante en el que los mosquitos atacan pero un buen repelente los mantiene a raya.

La hora del crepúsculo se convierte en uno de los momentos más maravillosos del día, pues estos atardeceres de la costa de Sonora son quizá los más espectaculares que jamás haya visto. El silencio, que de pronto se hace total, prepara la oscuridad. El cielo se vuelve un lienzo tachonado de estrellas; la primera noche nos sentimos como en un planetario.

La brillantez de las constelaciones es algo mágico; nos parecía estar de pie ante el universo. Pero también parecía encontrarse a nuestros pies, entre las aguas, cuando el plancton (cierto tipo de plancton con propiedades luminosas que se excitan con el movimiento) produce fosforecencias platinadas que compiten con las estrellas.

Una fogata y sobre las brasas un buen pescado para la cena; un verdadero manjar, regalo del mar, para recuperar la energía perdida. La oscuridad absoluta en medio de un silencio maravilloso y uno cree que el estero finalmente descansa, mas la realidad es que nunca lo hace. Las aves se han ido para regresar por la mañana, pero la abundante fauna submarina empieza sus actividades.

Al amanecer el estero recibe la visita de los pescadores de la comunidad de Empalme y de algunos turistas que aprovechan este momento de quietud. Según nos comenta “Bob Marlin”, como se hace llamar un pescar profesional de Arizona –quien se dedica a traer grupos de pescadores estadounidenses–, el estero es uno de los mejores sitios para la pesca con mosca en todo el Golfo de California, aunque los visitantes son tan pocos que no alteran la tranquilidad del lugar.

No tardamos en hacer amistad con los pescadores de la localidad. Son sencillos y amables, nos cuentan anécdotas de altamar y nos convidan a caracol, algún pescado e incluso a una “caguamanta”, plato típico de la región que lleva toda clase de mariscos.

Los días se nos van casi sin darnos cuenta, pero con cada uno que pasa nos sentimos más vitales y más integrados. Recorremos el estero en kayac y nos adentramos por los manglares para aprender del complejo sistema en el que conviven aves, mapaches, zorras, roedores y algunos tipos de serpientes. La variedad de aves migratorias en este ecosistema es tan extensa que se necesitaría ser un experto para identificarlas.

Pescamos y nadamos mar adentro, en algunas ocasiones con la sorpresa de una visita, casi siempre inofensiva pero a veces “sorpresiva”, como la de un delfín que vino hacia nosotros a gran velocidad, para detenerse en seco justo a medio metro de nuestros cuerpos; nos “reconoció”, pro decirlo de algún modo, y se dio media vuelta, dejándonos petrificados.

Probamos nuestra resistencia escalando las montañas que nos separaban de la Bahía de Bacochibampo. En bicicleta subimos, bajamos y atravesamos salinas y estanques abandonados, mientras los rayos del Sol caían sobre nuestros hombros como agujas candentes.

Durante unos días nuestro único compromiso con la vida fue subsistir y contemplar este paraíso; llenarnos de quietud, recorrer y adentrarnos en un mundo que sólo en sus grandes rasgos es perceptible para el ojo y el oído, pero que está ahí, esperando nuestra atención para revelarse, y para revelarnos que podemos ser parte uno del otro, si no perturbamos, si nos destruimos, si lo respetamos.

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