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El ex Convento dieguino y su templo en San Martín Texmelucan (Puebla)

La ciudad de San Martín Texmelucan, cabecera del municipio del mismo nombre, en el estado de Puebla.

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Es poseedora –para orgullo de sus habitantes- de una de las bellezas arquitectónicas e históricas más peculiares del país. Se trata del ex convento dieguino cuyo templo está dedicado al culto de Santa María Magdalena. El edificio, que data del siglo XVII, se sitúa en el centro histórico de la localidad, al pie de la carretera libre México-Puebla, a un centenar de metros del Palacio Municipal.

El pasado histórico del ex convento y templo se remonta a las dos primeras décadas del siglo XVII, a partir de la fundación del pueblo de San Martín Tlauzinteco -ahora Texmelucan- y de la necesidad de atención religiosa que tuvieron los primeros pobladores españoles. Tal fundación se realizó con motivo de las congregaciones de indios promovidas por don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, Conde de Monterrey y Virrey de la Nueva España, conforme al mandato del rey.

El 30 de octubre de 1598 se comisionó a Juan de Maldonado y Montejo para que acudiera a los pueblos de Huejotzingo, Cholula, Tepeaca, Tehuacán, entre otros lugares que hoy pertenecen a la entidad poblana, con el fin de congregar a los naturales que estaban dispersos en las serranías cercanas ubicándolos en sitios donde previamente se habían asentado los primeros colonos labradores es pañoles. Para esa época, las ciénegas y bosques del valle de San Martín ya estaban habitados por unos cuantos campesinos hispanos, distribuidos a lo largo del incipiente Camino Real México-Veracruz; por tal motivo, la congregación quedó en un punto intermedio. El proceso duró hasta después del año 1610.

En ese lapso, el pequeño pueblo fue creciendo gracias a las ricas cosechas de trigo y al comercio de paso; sin embargo, si bien disfrutaba de cierto progreso, carecía de algo fundamental para aquellos tiempos: la asistencia de servicios religiosos. La ermita de San Martín Obispo Turonense, localizada en el actual zócalo de la ciudad, a dos calles del templo dieguino, era atendida cada domingo y día festivo por el cura o su teniente de cura, provenientes de San Salvador Tlalnepantla -hoy El Verde-, donde ya había una parroquia. Este lugar dista unos doce kilómetros al poniente de la entonces incipiente población.

Los habitantes del pueblo de San Martín, insatisfechos por las visitas esporádicas de los clérigos, acudieron a la Corona Española para solicitar la estancia permanente de religiosos. Los trámites piadosos se vieron favorecidos con la presencia de frailes franciscanos de la provincia de San Diego, conocidos como los dieguinos.

Estos padres descalzos, que tienen como patrón titular a San Diego de Alcalá, estaban de paso por el territorio de la Nueva España. Se dirigían a las Filipinas para evangelizar a los habitantes de aquellas islas. A su paso por las Indias Occidentales fundaron conventos en Acapulco, Puebla, Querétaro y otros lugares.

Los dieguinos llegaron a San Martín en el año de 1615. En realidad habían conseguido licencia para fundar su convento en el pueblo de San Salvador, pero la insistencia de los nativos de San Martín fue tan persistente que correspondió a don Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar y Virrey de la Nueva España y a don Alonso de la Mota, obispo de Puebla, elaborar los decretos para que la fundación se cambiara.

Así, los dieguinos levantaron su convento a orillas del Camino Real México-Veracruz; poco después erigieron una ermita dedicada a Santa María Magdalena, esto a petición de fray Juan de Jesús, ministro provincial, quien era muy devoto de la ejemplar y soberana penitente. De esta manera, los habitantes del pueblo serían atendidos ordinariamente.

La ermita fue finalmente sustituida por un templo construido un poco más al norte. La primera construcción era bastante rústica en sus elementos arquitectónicos y decorativos, debido a la pobreza material que profesaban los padres descalzos. La capilla había funcionado apenas unos 35 años. Los claustros del convento quedaron al costado norte y sirvieron para preparar a los evangelizadores hasta bien entrada la tercera década del siglo XIX.

Cuando los franciscanos comenzaron la construcción del templo más grande, corría la segunda mitad del siglo XVII. Las características arquitectónicas del edificio señalan que se trata de una iglesia de una nave con cúpula principal y una capilla anexa erigida y dedicada por los hermanos de la Tercera Orden Franciscana.

En el interior, sus altares y retablos son de estilo barroco mexicano. El templo ostenta una iluminación natural que, combinada con los colores de las pinturas, le dan un sello particular a la nave mayor.

Las pinturas fueron ejecutadas, en su mayoría, por Pedro Rafael Salazar, hay algunas de Juan de Villalobos, y una muy especial, localizada en la Capilla de la Tercera Orden, es obra del famoso pintor español Bartolomé Esteban Murillo. Los lienzos colaterales plasman pasajes de la vida secular y religiosa de San Francisco de Asís.

En la portada principal, la espadaña presenta elementos churriguerescos en hierro forjado. A su vez, las cruces de las cúpulas tienen un gallo recortado que hacía las veces de veleta girando alrededor del vástago de la cruz. Entre las riquezas del templo de Santa María Magdalena quizá la más importante sea el monumental órgano antiguo del coro. Este instrumento data de 1794, fue construido en la Nueva España, de acuerdo a la técnica española, que a su vez se basa en la alemana.

Anteriormente, el órgano tenía una placa con la leyenda: «Este órgano fue construido el día 9 de abril de 1794 y reformado a expensas del Pbro. Sr. Don Genaro F. E. Quiroz de esta ciudad de Texmelucan el 2 de septiembre de 1919.»

El órgano puede describirse de la siguiente manera: su fachada es barroca tardía, el estilo flamboyante del instrumento es único dentro de la organería, el diseño de la caja es más arquitectónico que musical, ya que gran parte de sus flautas no son parlantes. Como parte de la ornamentación ostenta sirenas, ángeles músicos y pinturas de rostros grotescos; cinco titanes sostienen la balaustrada que soporta el instrumento.

Este órgano es muy utilizado por músicos expertos en conciertos de música antigua. Por la rareza de su teclado, son muy pocos los que saben manipularlo, pero su fama es internacional.

La historia del convento y del templo son muy interesantes. La construcción y ampliación de ambos concluyó en 1661. Hay numerosas descripciones del lugar hechas por viajeros y cronistas que recorrieron el célebre Camino Real, como Francisco de Ajofrín, fray Baltazar de Medina, madame Calderón de la Barca y Manuel Payno, entre muchos otros.

El 2 de abril de 1861 el gobernador del estado de Puebla, general Miguel Cástulo de Alatriste, hizo concesión del templo de los franciscanos y su local anexo en favor del ayuntamiento de Texmelucan, destinándolo al culto y a obras de beneficencia. Por su parte el emperador Maximiliano de Habsburgo, ratificó la concesión el 2 de octubre de 1865. Las autoridades municipales ocuparon la huerta y los claustros en los que en 1880 instalaron escuelas de instrucción primaria. Las antiguas celdas de los frailes se convirtieron en aulas de la escuela de niños varones Miguel Gugurrón, mientras que otras habitaciones y parte de la huerta se destinaron como salones de la escuela de niñas Margarita Maza. Actualmente, los claustros están ocupados por el hospital de la Cruz Roja, en tanto que la escuela de mujeres, ahora mixta, se llama Eufrosina Camacho Vda. de Ávila.

El 30 de octubre de 1933 el gobierno federal declaró Monumento Nacional el templo de Santa María Magdalena. El conjunto arquitectónico fue remodelado durante 1953 y 1954, entonces se puso al descubierto la cantera gris y se colocaron los bellos mosaicos de talavera poblana que hoy lucen sobre la nave. Posteriormente, y ante el crecimiento demográfico de la ciudad, la parroquia de San Martín y el templo de Santa María Magdalena se dividieron la atención de la feligresía local. Así, el 16 de diciembre de 1982 se creó la nueva parroquia, atendida por franciscanos.

Por último, en torno al convento y al templo ha surgido una interesante leyenda transmitida de manera oral entre los texmeluquenses. Se dice que a partir de estas construcciones, la ciudad quedó conectada por una serie de túneles que servían para que los famosos Bandidos de Río Frío huyeran de las autoridades después de cometer sus fechorías. Sin embargo, entre lo mítico y lo real queda la demostración, y hasta el momento nadie sabe a ciencia cierta la ubicación de los supuestos pasadizos.

Fuente: México en el Tiempo No. 16 diciembre 1996-enero 1997

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