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El Jueves de Corpus (Distrito Federal)

Jueves de Corpus, santo de los Manueles y días de las mulitas, pretexto para las más inocentes bromas.

Foto:
México Desconocido

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Ese día, desde muy temprano, maromean de alegría las campanas de la Catedral en melodiosa, consonante y sonora armonía con la grave y timbrada voz de la mayor Santa María de Guadalupe, invitando a los fieles a la festividad del Santísimo Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. La Plaza Mayor está de fiesta. Las altas rejas de la Catedral Metropolitana cobijan amorosas a la hormigueante multitud de padres orgullosos que llevan de la mano a sus pequeños hijos vestidos de inditos y de inditas; calzados con huaraches, los niños cargan pequeños huacales henchidos de frutas, verduras y flores.

Numerosos fotógrafos, en interesantes escenarios imitando jacales, adornados con artesanías populares, plantas, flores, aves y burros en vez de mulas, hacen su agosto en junio fotografiando a los inocentes y felices chicos junto a sus orondos padres, para eternizar el hermoso recuerdo de ese día. Fuera del atrio, en heterogénea vendimia, lucen todos los elementos necesarios para ataviar a los pequeños: vestidos de algodón primorosamente bordados en brillante colorido, cintas, huaraches, collares de cuentas y de chaquira; sombreros, morrales y huacales; flores, verduras y frutas de verdad o de mentiritas, de pasta de almendra o de pepita.

También están a la venta hermosas y originales artesanías relacionadas con la fiesta, entre las que sobresalen las famosas mulitas de mil tamaños y formas que invaden las banquetas. Las hay de tule, de barro, de vidrio soplado y de muchos y variados materiales, desde muy grandes hasta las más pequeñas para la solapa. El origen de la fiesta es muy interesante. En el sigloxiii, la madre Juana, piadosa priora del convento Monte-Cornillón de Lieja (Bélgica), dominada por el profundo amor que profesaba a la Sagrada Eucaristía, y al no haber ninguna festividad que solemnizara la augusta institución de Jesucristo, quiso iniciarla; fue secundada por el arcediano de la Catedral de Lieja, Jacobo Pantaleón, quien el 8 de septiembre de 1246, después de ser elevado al solio pontificio con el nombre de Urbano IV, hizo extensiva esta fiesta a todo el orbe católico. En 1316, Juan XXII decretó la procesión de Corpus y su octava y el oficio divino fue redactado por Santo Tomás de Aquino.

Esta solemnidad tomó mucha importancia en México debido al carácter oficial que le dieron los soberanos y el pueblo, como ratificación del estrecho nexo existente entre la jerarquía eclesial y el gobierno civil. Los preparativos para la procesión triunfal de la Sagrada Eucaristía empezaban antes de la víspera, con el tendido de las enramadas que cubrirían el recorrido, ya que estaba iniciada la época de lluvias. Estas enramadas eran construidas gratuitamente por los indígenas que vivían en la periferia de la ciudad.

Desde el martes anterior eran cortadas ramas de encino, en los más variados tonos de verde, de los otrora espesos bosques del sur de la ciudad, las cuales se transportaban a lomo de mula hasta las calles que la procesión recorrería, para elaborar con ellas las frescas enramadas que terminaban el miércoles por la noche. Tres días antes de la procesión varios grupos de peregrinos partían desde Tlaxcala rumbo a la capital; de paso por Xochimilco cargaban sus recuas con frescas y olorosas flores —como la cacaloxóchitl (flor de cuervo)—, en blanco, rojo, amarillo y violeta, con las que elaboraban largas y graciosas cadenas rematadas con una blanca flor de yoloxóchitl (magnolia o flor de corazón), que el jueves, muy temprano, se colgaban del techo de la enramada.

Con fragantes pétalos de flor de variados colores, diseñaban hermosas alfombras que de tramo en tramo se distribuían a lo largo del recorrido.  Muchos años después, las enramadas se cambiaron por un toldo o vela de lona colocada a la altura de los techos de los segundos pisos de las casas. Todavía se pueden ver, en algunos edificios antiguos de las calles Tacuba y de la avenida Madero varias de las argollas de donde pendían los toldos.

Quién no ha gozado con los amenos relatos de Luis González Obregón en suMéxico viejoo los deEl libro de mis recuerdos, de Antonio García Cubas, quienes cuentan que la famosa procesión arrancaba de la puerta poniente de la Catedral, recorría la calle de Empedradillo, seguía a la izquierda por Tacuba y Santa Clara, daba vuelta a la izquierda por Vergara, giraba de nueva cuenta a la izquierda para recorrer la tercera y la segunda calles de San Francisco y la segunda y primera de Plateros, para cruzar por último la Plaza Mayor y entrar por la puerta principal de la Catedral, engalanada con una esplendorosa alfombra florida. En abigarrada multitud, a lo largo del trayecto se confundían charros de sombrero galoneado o jarano con los currutacos de sombrero de copa alta; chinas mexicanas y poblanas, indígenas de calzón blanco, petimetres y damas veladas.

Todos se apiñaban alrededor de los puestos de fruta y artesanías, donde se empalagaban con el dulcísimo dátil, la jugosa sandía, el oloroso melón de Jojutla, la verde pera de San Juan, el empedernido capulín o el recio chabacano y muchas otras frutas de la estación. Los padres de familia muy ufanos, como lo hacen actualmente, paseaban a sus hijos y les compraban artesanías y golosinas, las mulitas de hojarasca o tule, los quitasoles de cartón, la rellena de plátano pasado de Apatzingán y la verde tarasca de cartón policromado con rodaje de madera, carrito de juguete que transportaba encima una monstruosa serpiente verde de siete cabezas, que recordaba a la famosa hidra matada por Hércules. Se cuenta que cuando la fiesta de Corpus fue traída a la Nueva España por los conquistadores, la procesión era encabezada por extraños personajes como los gigantones, la tarasca, el diablo cojuelo, las danzas de la pluma y otras figuras grotescas. Siendo esta participación un grave desdoro para acto tan solemne, fue desapareciendo poco a poco, hasta que se abolió totalmente en tiempos del segundo conde de Revillagigedo. Muchas e interesantes descripciones se han escrito sobre estas majestuosas celebraciones, como la de 1854 en tiempos del presidente Santa Anna.

Ésta se inició con una salva de cañonazos y el alegre repique a vuelo de las campanas después de la misa solemne, llevando al frente una descubierta de gastadores, que al paso lento de sus caballos marchaba despejando el camino de aquella procesión en la que participaron tanto las autoridades civiles, militares y religiosas como las hermandades del Santísimo, además de varias cofradías y representantes de órdenes religiosas. La mitad del recorrido se anunció con atronadora descarga de cañonazos y al finalizar la procesión se escuchó el acompañamiento a coro de las campanas. Desfiló también la imagen de la Virgen de los Remedios traída desde su lejano santuario, seguida por la clerecía y el señor arzobispo, quien conducía el Santísimo Sacramento contenido en lujosa custodia, bajo un rico palio de lama de plata con bordados y flecos de oro, sostenido por ocho varas de plata que soportaban varios seminaristas, y rodeado por los coloraditos (monaguillos) que no cesaban de echar incienso. Frente a cada abanderado de los cuerpos de la guardia militar que formaban la valla se encontraba tendido un hermoso tapete de flores, ante el cual se detenía el señor arzobispo; las banderas se humillaban para recibir la bendición que daba el prelado a la nación, momento solemne en que la tropa rendía sus armas.

Todo esto se enmarcaba en las músicas que dejaban oír sus himnos triunfales, confundidas con el alegre repique de las campanas. Una tupida lluvia de obleas desmenuzadas (confeti) y pétalos de flor anunciaban la proximidad del Santísimo Sacramento con una vistosa lluvia de mil colores. Después de terminada la gran procesión, los peregrinos de Tlaxcala, quienes habían elaborado las hermosas alfombras de flores, y los indígenas que construyeron la enramada, eran obsequiados por el señor arzobispo con una misa de aguinaldo en el interior de la Catedral, a la que asistían muy bañados y vestidos de impecable camisa y calzón blanco, estrenando huaraches y sombrero, seguidos por sus recuas de mulas muy limpias y enjaezadas cargando sus morrales plenos de frutas, flores y verduras que ofrendaban en el altar.  En fuerte contraste con la procesión recién descrita, la última celebrada en tiempos del emperador Maximiliano, el 31 de mayo de 1866, fue una ceremonia que deslució mucho por la Guerra de Reforma que llegaba a su fin y por la ausencia del arzobispo, que se encontraba en Toluca.

No hubo vela y el recorrido se redujo sólo a las calles de Tacuba, San José el Real y una calle de Plateros. La escolta militar estaba integrada por destacamentos franceses, austríacos y belgas, formando valla la tropa mexicana. Posteriormente, las Leyes de Reforma prohibieron todo tipo de manifestaciones religiosas. Es muy probable que la actual manera de realizar este acto tradicional, vistiendo a los niños de inditos, sea un recuerdo de los peregrinos de Tlaxcala, fabricantes de las bellas alfombras de flores. La procesión se efectúa actualmente dentro de la Catedral, precedida por los párrocos de la Arquidiócesis de México y los niños vestidos de inditos acompañados por sus padres y seguidos por el arzobispo, quien bajo el antiguo palio lleva la custodia con la que bendice a los concurrentes a la ceremonia. Mientras, en el atrio exterior continúa la fiesta con los pequeños, los fotógrafos y la interesante vendimia. Por determinación eclesiástica, la fiesta se transfirió del Jueves de Corpus Christi el domingo siguiente. Sólo en la Catedral se continúa celebrando un jueves. Este año, por ser movible, la celebración se efectuará el 11 de junio. 

Fuente: México desconocido No. 256 

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