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El ladrillo en la arquitectura prehispánica

Los ladrillos más antiguos de los que tengo conocimiento fueron localizados durante las exploraciones que se efectuaron durante 1955 en el centro ceremonial de La Venta, Tabasco. Este particular hallazgo permite atribuir a sus constructores el descubrimiento y asegurarles una antigüedad que va del año 1 500 a.C. al 200 d.C.

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Se trata, sin lugar a dudas, de un primer ejemplo de la utilización de los ladrillos junto con la tierra y el adobe, en la construcción de uno de los primeros centros planificados de la cultura olmeca.

Sin embargo, aunque los conocimientos tecnológicos para la elaboración y el aprovechamiento del ladrillo ya habían sido introducidos, las exploraciones demostraron también que los ladrillos fueron utilizados de manera esporádica, ¿cómo explicar que una innovación tecnológica tan importante no fuera aprovechada en mayor proporción?

Es probable que el uso limitado de los ladrillos indique que el material se encontraba en una “faceta experimental”, o tal vez fue debido a que las necesidades mismas del sistema constructivo de los olmecas no los requirió en mayor abundancia, razón por la cual predominó la arquitectura de tierra y adobe reservando el uso del ladrillo sólo como un complemento estructural.

El desempeño del ladrillo como elemento de construcción, surge de nueva cuenta en Cholula. En esta ciudad, cuyo apogeo constructivo corresponde al periodo que comprende de los años 200 al 700 d.C., las propiedades del ladrillo fueron aprovechadas, aunque aquí, como en el caso anterior, en una proporción mucho menor al uso de la piedra y del adobe. No obstante, en esta zona arqueológica, el ladrillo se utilizó, tanto en algunos muros, como para formar i pisos. La presencia de ladrillos en Cholula indica que su uso fue un recurso arquitectónico cuya técnica conocieron y dominaron sus constructores y la cual desarrollaron de manera independiente, ya sea en la búsqueda de nuevos materiales, o tal vez en forma accidental. También es pertinente considerar que su utilización pudo originarse a través de las migraciones de grupos sureños en el sur de Puebla de las que nos hablan algunos documentos de tradición prehispánica y varios cronistas de la Colonia.

Hacia 1920, con el descubrimiento de los altares policromados de San Esteban Tizatlán, en el Estado de Tlaxcala, el empleo de grandes y pesados ladrillos (56 x 30 x 6 cm) demuestran ampliamente el uso de estas piezas en una construcción prehispánica, asociados directamente con inusitadas representaciones pictóricas cuyo discurso está relacionado con el autosacrificio.

En Tizatlán, el ladrillo fue utilizado como revestimiento; en los cuerpos en talud del basamento, en la escalinata, el banco del aposento y en los pequeños altares. Estos últimas fueron construidos con un núcleo de adobe y rematados por una capa de ladrillos, posteriormente se les cubrió con una capa de estuco y finalmente, sobre esta base, fueron, aplicados los diseños que representan varias escenas en el estilo de los códices del grupo Borgia. El altar ubicado al occidente ostenta al frente representaciones de Tlahuizcalpantecuhtli, a la izquierda y Tezcatlipoca, a la derecha. En los costados está representados siete glifos identificados como cráneo, corazón, escudo y mano.

Al igual que Tizatlán, Tecuaque, Ocotelulco y el mismo Tlaxcala han sido señalados como sitios en donde las cualidades físicas del ladrillo se aprovecharon para formar parte de las construcciones. Prueba de su alta resistencia y gran adaptabilidad es el hecho de que algunos ladrillos prehispánicos de Tizatlán fueron reutilizados para efectuar una reparación en el ábside de la capilla abierta que data del siglo XVI. Manuel Toussaint, quien realizó una breve descripción de este monumento, nos dice que en la parte más alta del edificio, los muros fueron completados con grandes ladrillos de procedencia arqueológica y que el ángulo noreste de la planta alta está totalmente construido con ellos, al igual que uno de los arcos cerrados de la capilla.

A propósito de los altares policromados de Tizatlán, recientemente tuve la oportunidad de conocer otro ejemplo de ladrillos utilizados con recubrimiento estucado y sobre esta base el diseño de un cráneo en una muestra que proviene del cerro del Altipetzin, ubicado en Epatlán, al sur de la ciudad de Puebla.

Por supuesto que la expresión más sobresaliente de arquitectura monumental que incorpora al ladrillo como elemento de construcción mayoritario es Comalcalco. Enclavada en medio de la exuberante vegetación de la chontalpa tabasqueña, la ciudad de Comalcalco, cuya construcción se atribuye a los maya-chontales (también llamados putunes), representa la expresión arquitectónica más destacada que recurrió a la producción de ladrillos para la construcción de los templos y palacios evocadores del inconfundible estilo arquitectónico palencano.

En Comalcalco, plataformas, muros, pilastras y bóvedas, fueron erigidas mediante la trabazón de miles y miles de ladrillos manufacturados en una amplia variedad de formas, pesos y medidas, lo cual respondía directamente a las necesidades que el propio sistema constructivo les exigía. Entre estas piezas destacan por su tamaño los ladrillos utilizados para las cornisas, cuya longitud suele comúnmente sobrepasar los 80 cm, aunque excepcionalmente han sido localizados ejemplares mucho mayores.

Desde luego que en Comalcalco no todas las construcciones son de ladrillo.

De acuerdo con los especialistas, este novedoso sistema que predomina especialmente en el conjunto conocido como la gran Acrópolis, corresponde al de su última etapa constructiva.

En el transcurso de las diferentes exploraciones realizadas en Comalcalco, el desmantelamiento de paredes y bóvedas colapsadas, se han rescatado de los escombros una de las expresiones arqueológicas más singulares del pasado prehispánico: se trata de una impresionante y en gran parte inédita colección de ladrillos, los cuales, además de tener un sentido utilitario como elemento de construcción, conservan en una de sus caras representaciones de glifos y de personajes mayas, apuntes para la construcción de templos; trazos de innegable origen infantil, varias figuras en relieve de la fauna local, y escenas de difícil interpretación, realizadas en una amplia variedad de técnicas. Los anteriores son sólo algunos ejemplos de la riqueza de motivos presente en los ladrillos de Comalcalco.

El nombre de Comalcalco proviene del náhuatl y está formado por las palabras comalli; comal, calli; casa y la partícula co; en o lugar. Su traducción literal es pues “en la casa de los comales” y por extensión, “lugar de la casa de ladrillo”. En Tabasco, además de Comalcalco, otros sitios que utilizan ladrillos en sus construcciones son Bellote, Juárez, Jonuta, Allende y El Encanto. Es claro que en la planicie costera de Tabasco, donde prácticamente no existe la piedra, el ladrillo resultó un excelente sustituto y es además un rasgo característico de la arquitectura de la región.

En lengua náhuatl, son varías las expresiones relacionadas con el ladrillo, xamitl, puede significar tanto adobe como ladrillo, en cambio xamíxcalli significa ladrillo cocido, por su parte el xancopinaloni es el molde para hacer los ladrillos, xamixcoyan es el horno para la quema de ladrillos y xantepantli significa muro de ladrillos. En el Códice Florentino podemos observar las primeras etapas de su elaboración.

Hernán Cortés identificó el uso de ladrillos en las casas del importante puerto comercial sureño de Potonchan, localizado a las orillas del Río Gríjalva, así como en el impresionante mercado de la Gran Tenochtitlán donde se vendía: “piedra labrada y por labrar, adobes, ladrillos, madera labrada y por labrar; de diversas maneras” (Cortés, II carta a Carlos V).

Para dar al lector una idea de la frecuencia y la distribución con que el ladrillo ha sido localizado en las construcciones arqueológicas, mencionaremos algunos sitios: Coixtlahuaca en la Mixteca Alta Oaxaqueña, que representa una “estación intermedia” entre las regiones sureste y poblano tlaxcalteca; Texcoco y Calixtlahuaca, en el Estado de México; Tula, en Hidalgo y Chalchihuites, en Zacatecas, donde al igual que en Ocotelulco combinan el empleo de lajas y de ladrillos. Consideremos finalmente que el ladrillo está esencialmente relacionado con el descubrimiento de la cerámica y del adobe, ya que en ambos casos, tanto la materia prima, como los procedimientos para su manufactura son muy similares, de ahí que no deba sorprendernos que un material de construcción en apariencia tan moderno resulte ser tan antiguo.

Para concluir, es conveniente recordar que los arquetipos del ladrillo, tanto en el Nuevo, como en el Viejo Mundo son muy remotos y que su descubrimiento, como todo nuevo recurso tecnológico, ciertamente modificó y estableció cambios en la sociedad que los produjo.

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