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El manejo del tiempo en la época prehispánica

Es el atardecer en el centro ceremonial del Observatorio, Tlaxiaco o Ndisi Nuu, lugar donde se ve a través del compás, el instrumento con que se miran las estrellas para conocer y predecir el porvenir.

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La oscuridad se extiende en el horizonte y un par de sacerdotes dedicados al estudio de los astros, los tay sini tinuu, se disponen a observar el cielo desde lo alto de un templo bajo.

Utilizando su compás, el más viejo de los astrónomos empieza por identificar algunos puntos del firmamento mientras explica a su ayudante la influencia que los cuerpos celestes ejercen sobre el clima y las estaciones, la siembra y la cosecha, las plantas y los animales, pero sobre todo, en el destino de los hombres.

A estos sacerdotes se les conocía también como contadores de los días o tay huisi cahui quevui; todos los datos que recababan eran ordenados en calendarios y se registraban en los libros donde estaba la cuenta de los días o tutu yehe ndahui quevui. Para ello se necesitaba primero contar con un sistema numeral, aunque en este caso sólo se utilizaban los dígitos del 1 al 13, los cuales se representaban por medio de círculos pequeños, semejantes a las cuentas de los collares, cada uno para una unidad.

Asimismo, estaba el conjunto de veinte unidades con que se contaban los veinte signos de los días o quevui, y para diferenciarlos les dieron el nombre de un animal, un vegetal o un mineral, y también el de algunos objetos culturales, como serían una lagartija y un mono, la hierba y la flor, el agua y una casa. Pero como estos signos aparecen continuamente, para distinguirlos se acompañan con números del 1 al 13, ya que una trecena de días conformaba lo que era una semana o huita, y así comenzaba la cuenta del calendario con el día 1 lagarto, 2 viento, etcétera.

Este grupo de veinte signos se repite dieciocho veces para sumar los 360 días que constituyen el año solar, a los que se añadían cinco días y a veces seis por los bisiestos, que eran los que quedaban o sobraban, los ndoo, para completar los 365 de un ciclo entero. Entonces, el año tenía 18 meses o lunas yoo, cada uno con veinte días, con excepción del último, de 5 días, que se conocía como el mes menguado o reducido Yoo Ndoco.

Ahora bien, para designar los años, a éstos se les daba el nombre del primer día con que comenzaba este periodo, pero no siempre era el mismo, sino que podía caer en los días Casa Huahi, Conejo Idzo, Caña Ndoo, y Pedernal Yuchi, que se conocen como los portadores, o los que llevan la carga o ndidzo de los años. Estos cuatro signos también se numeraban del 1 al 13, y la multiplicación de 4 por 13 proporciona los 52 años que conformaban un siglo o dziya del calendario mixteco.

Sin embargo, podía coincidir en una fecha el día “1 Conejo” en el año “1 Conejo”, por ello, para reconocer estos días se utilizaba el símbolo del año, que consiste en la figura triangular de un rayo de Sol que va amarrado o entrelazado, y al que se puede llamar dzete, ya que recuerda la diadema o mitra que usaban los señores como insignia de suprema autoridad, y que suele portar como tocado el dios de la Lluvia y el Rayo, uno de los señores del Tiempo.

Otra de las divisiones del año eran los periodos de 65 días, a manera de estaciones, llamadas huico, que quiere decir “nube”, pero también “fiesta” y “temporada”. Así, estaba la primavera, el tiempo en que brotan los retoños o huico tusi numa; el verano, tiempo de lluvias, huico dzavui; el otoño, cuando se recoge la cosecha y se siembra, huico sanu huiyu, y el invierno, tiempo del frío y las heladas, huico yuhua.

A este calendario solar se le conocía con la misma palabra para el año o cuiya, y se utilizaba para llevar el registro del tiempo de la historia, el cuándo se había fundado una ciudad o su conquista, el nacimiento de sus soberanos, sus ceremonias y bodas, las guerras y campañas, sus rituales funerarios, etcétera. Y probablemente también para el ciclo agrícola que iba relacionado con las fiestas de los meses o veintenas, para saber cuándo sembrar y cosechar, y tal vez para llevar a cabo otras actividades, como la recolección de frutos y de miel, la cacería y la pesca, la producción de la sal y el comercio y los mercados, entre otras.

Ahora bien, después de haber pasado un tiempo observando y estudiando el movimiento de los astros, los sacerdotes se dirigen al interior del templo; el anciano sabio, o ndichi, acerca un envoltorio y lo abre con cuidado para mostrar un códice con otro tipo de calendario, tal vez lunar, que consta de trece periodos de 20 días que conforman un ciclo de 260 días, cuyo origen no se conoce todavía, aunque se aproxima mucho a la suma de nueve lunaciones, el mismo tiempo en que se gesta un ser humano.

De hecho, una de sus funciones principales consistía en proporcionar el primer nombre a las personas, que era el del día en que habían nacido, y que idealmente coincidía con aquel en que se concibieron, 260 días antes. Por eso la palabra quevui, que significa “día” y “tiempo”, también quiere decir “nombre” y “fiesta”. Además de esta denominación de tipo “calendárico”, a la edad de siete años se proporcionaba a las personas otro “sobrenombre”, que al parecer hacía alusión a una cualidad o alguna filiación religiosa.

Existían unas fechas más favorables que otras, algunas indiferentes y otras más, consideradas nefastas, pero cuando se nacía en un día que no era propicio, se podía realizar un ritual para asignar como nombre el siguiente día con carga positiva. Entonces, no sólo se trataba de una forma de nominación, sino que la fecha de nacimiento indicaba el carácter y el destino de las personas. Incluso, esta creencia en la carga de los días llegaba a determinar la elección de ciertos individuos para dedicarse al culto de alguna deidad, o de ciertas actividades, como la de artesanos y escribas, sacerdotes y curanderos, guerreros y gobernantes. Con este libro ritual, utilizado por los sacerdotes adivinos o dzutu noño, también se hacían pronósticos sobre cuándo era más propicio emprender una guerra, concertar una alianza o celebrar un matrimonio, realizar un viaje comercial o un tratamiento médico, etcétera. Además, es posible que este calendario sirviera para marcar los días en que debían presentarse las ofrendas a los dioses y llevar a cabo sus ceremonias.

Así, estos calendarios, tanto el que medía el tiempo con base en el movimiento de los astros y de los ciclos de la naturaleza, como el que tenía su principio en los ciclos de la vida humana, corrían paralelos, entrelazando el destino humano con el del universo.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 7 Ocho Venado, el conquistador de la Mixteca / 

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