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El Molino de Papel de Culhuacán, en Ciudad de México

Esta es una breve descripción de los dos procesos principales para la obtención de papel en el siglo XVI: uno relacionado con la tecnología empleada para poner en marcha el mecanismo de la fabricación de papel, y el otro con el proceso mismo de la elaboración de la materia prima.

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Esta es una breve descripción de los dos procesos principales para la obtención de papel en el siglo XVI: uno relacionado con la tecnología empleada para poner en marcha el mecanismo de la fabricación de papel, y el otro con el proceso mismo de la elaboración de la materia prima.

El Molino de Papel de Culhuacán data del siglo XVI y forma parte del conjunto arquitectónico del Convento y Seminario de Lenguas de San Juan Evangelista.

Esta construcción se ubica en Av. Tláhuac, al oriente de la ciudad de México, en la Cerrada 16 de septiembre, en el conocido barrio de Culhuacán.

Este molino de papel fue fundamental para llevar a cabo la evangelización que durante el siglo XVI realizaron en este pueblo las órdenes mendicantes. Esta labor estuvo a cargo de la orden agustina, que en 1530 funda el Seminario de Lenguas de San Juan Evangelista.

El objetivo principal era enseñar a los indios la religión cristiana, y para ello era menester contar con escuelas y seminarios, siendo los religiosos quienes se encargaban de esta magna obra. Tal actividad requirió de la elaboración de los libros (misales, salmos, catecismos, etcétera) necesarios para facilitar a los indígenas la comprensión de la nueva religión, y a los españoles aprender el náhuatl.

A manera de códices se pintaron los primeros libros, en hojas de papel amate, siguiendo la costumbre de los indígenas; pero esta tarea requería de grandes cantidades de papel, además de que la nueva administración virreinal hacía imperiosa la obtención de hojas de papel como las que se usaban en Europa.

Los agustinos pronto se percataron de que utilizando algo de la tecnología que conocían podrían echar a andar un molino que produjera el papel necesario para sus objetivos. Así, en 1580 ponen en funcionamiento este molino de papel, construido en los terrenos del convento en donde aprovecharon una caída de agua y un manantial para poner en movimiento una rueda, la cual es conocida como rueda aguadora.

Esta rueda (elemento desconocido por los indígenas como medio de arrastre) tenía en su centro un eje horizontal a cuyo extremo se encontraban dos levas que levantaban alternadamente un batán de mazo de madera con clavos en las puntas, cuya función era reducir los trapos a pulpa con ayuda del agua.

Este simple mecanismo representó una importante aportación para América y pronto tuvo muchas aplicaciones.

Que la energía hidráulica provenía de una caída de agua y de un manantial en el que se levantó este molino quedó demostrado mediante una excavación arqueológica realizada en 1982, en la que quedó de manifiesto que esta temprana obra de arquitectura colonial fue el resultado de la aplicación de los conocimientos con que hasta entonces se contaba en materia de mecánica e ingeniería en el viejo continente.

Para tener un mayor control sobre la cantidad de agua que se requería para mover la rueda se construyó un canal elevado y una compuerta, que colocada unos metros antes de la misma, hacía las veces de regulador de la fuerza necesaria para acelerar o detener el proceso de la “molienda”.

Además de utilizar el agua para obtener energía, también era fundamental para el proceso de machacar los trapos viejos –materia prima utilizada para la elaboración del papel–, mismo que se realizaba en una o más pilas hasta convertirlos en una pulpa muy fina, mediante la acción de los batanes, y para el proceso de “fermentación” de los trapos.

Una vez obtenida una pasta homogénea, se distribuía en unos marcos con rejillas para colar el excedente de agua. Después de esta operación se sacaba el molde de papel, se prensaba para extraerle toda la humedad y se ponían a secar en unos tendederos. Ya secos, se alisaban y pulían con piedras, como el sílex, o con bruñidores de madera, a los que, de cuando en cuando, se les untaba sebo. Esta práctica, sin embargo, quedó prohibida, ya que al escribir sobre la superficie grasosa la tinta no se secaba o se corría con facilidad.

Fuente: México desconocido No. 295 / septiembre 2001

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